Columna de Constanza Michelson: Ni Dios ni papel higiénico

Debido a la alarma del coronavirus, compradores adquieren de manera masiva artículos de aseo en el centro de concepción. Foto: Sebastián Brogca/ Agencia Uno

"Antes que un juicio moral sobre la pulsión por acaparar, prefiero la pregunta genuina acerca de su posible significado. ¿En primer lugar, qué es una catástrofe para los seres humanos?"


“Por más alto que uno se siente, siempre está sobre su culo”, escribió Rabelais. No importa el lugar que se ocupe en el mundo, algo que se repite frente a la catástrofe es la ansiedad por comprar papel higiénico. Curioso, porque no cabe duda su irracionalidad.

Antes que un juicio moral sobre la pulsión por acaparar, prefiero la pregunta genuina acerca de su posible significado. ¿En primer lugar, qué es una catástrofe para los seres humanos? Voy a proponer una definición: es la destrucción subjetiva, incluso antes que la del cuerpo. Tomaré un ejemplo que rescató una colega acerca de la llegada de Primo Levi a Auschwitz. Agotado y sediento, intenta tomar un hielo, pero un guardia inmediatamente se lo arrebata. Por qué, pregunta el prisionero, “aquí no hay ningún por qué” es la respuesta que recibe. La catástrofe para lo humano es quedar desnudos, como cuerpos pasivos frente a aquello que se presenta como algo fuera del sentido. Aquello que no responde a ningún libro de la justicia que oriente las conductas, aquello que simplemente es.

La pandemia, y especialmente las medidas, de altura cinematográfica, tomadas para contenerla, nos sitúan en la catástrofe de la ruina subjetiva: podemos discutir políticamente el acontecimiento, acumular desinfectantes, poner a correr teorías de la conspiración y hacer matemáticas del contagio, jugar al colegio con los niños en casa. Sin embargo, aunque en algo nos calmen, ninguna de esas defensas alcanza del todo; la angustia persiste. La muerte aparece en su grandeza más radical (la propia, de los seres queridos, y más aún, esa tragedia para quienes tienen a alguien a su cuidado: el temor de no?? poder morir).

En psicoanálisis a esta dimensión absoluta se le llama lo Real, y lo que provoca es una rajadura a esa construcción humana llamada “realidad”: se nos cae el mundo. La cultura –quizá especialmente la prepotencia de la modernidad occidental– es un intento por defenderse y escapar de lo Real, esa verdad sin moral, más grande que cualquiera de nuestras ficciones. Aunque cada tanto se infiltra en nuestra vida y nos cambia –nunca sabemos bien en qué dirección– por ejemplo, una crisis de pánico es una experiencia de desamparo y, precisamente, de irrealidad. Nos deconstruye (nada que ver con las “deconstrucciones” a la medida de la voluntad, de las que hoy tanto se habla. Quizá por eso el contagio no se habla con lenguaje inclusivo, la “o” parece bastar, porque el fenómeno es dramáticamente inclusivo, sin género). Nos arroja a la posición cero de lo humano, a la pasividad más fundamental frente a lo que se nos presenta como lo otro radical, aquello con lo que no se negocia; un virus ni siquiera es considerado un ser vivo.

El retorno eterno de lo Real –porque nunca acaba– es el encuentro con lo más atávico; muchas de nuestras reacciones muestran que lo moderno nunca sustituye a lo primitivo de lo humano. Vuelvo al asunto del papel higiénico –aunque ya me parece que no tiene ninguna importancia, ya me metí en esto– que suele llevar nombres ligados a lo aristocrático y a la comodidad. Seguramente como pantalla contra el estado del cuerpo que nos iguala, no políticamente, es decir no en la igualdad de nuestra voz, sino que en la biología y sus procesos. Y lo biológico debe estar mudo, no se debe ver; el cuerpo no se profana, se decía cuando la defensa era lo sagrado, hoy le llamamos salud. Podemos ver la desnudez cultural del porno, nos puede gustar, excitar o indignar, pero es mucho más abyecto y obsceno ver un video de una cirugía, un cuerpo abierto. Esa dimensión del cuerpo grado cero es la que se nos aparece en la angustia, el cuerpo se vuelve incómodamente presente. Quizás a falta de Dios, el opio del pueblo es la asepsia, frente al pánico colectivo, compramos papel confort. En fin, da igual, frente a lo inmenso, toda defensa ayuda.

Pero hay algo que sí importa. Tras la catástrofe se rearman los fragmentos y volvemos a tomar un relato vital, una posición política. Y vendrán las disputas por la organización del mundo, la economía, la ecología, la globalización, para evitar la irrupción o, al menos, amortiguar los desastres por venir. Más allá de los grandes discursos, pienso en la forma más humilde –y más grande quizás– de cualquier política: aquella que reconoce la fragilidad. No para defenderse de ella –en eso se basa la paranoia de los estados securitarios–, sino para asumir que no hay muros, Dios ni papel higiénico que nos salve, solo la decencia y el cuidado mutuo. Ni siquiera hay que apelar a la moral para ello, esta deconstrucción colectiva nos atraviesa como una flecha en la carne, y nos hace experimentar del modo más profundo, que la interdependencia es más que un eslogan. Es Real.

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