Columna de Héctor Soto: La épica de los perdedores

Foto: Joshua James Richards / 20th Century Studios

Por las imágenes de Chloé Zhao circula una abierta fascinación por los paisajes áridos, los horizontes lejanos y los misterios de la naturaleza. Arriesgada, no le teme a la contemplación demorosa y demorada. Puede que no sea una gran narradora, porque le cuesta armar sus historias, pero tiene un sentido del espacio poco frecuente en el cine de hoy.



Es difícil dar con una biografía tan cruzada por la globalización como la de Chloé Zhao, la directora de Nomadland, la cinta que este año ganó el Oscar en las principales categorías. Fue la manera que encontró Hollywood para lavar sentimientos de culpa tras años de frivolidad e indolencia.

La autora nació hace 39 años en Beijing. Estudió ciencias políticas en Londres y después cine en la NYU. Ha dirigido solo tres películas hasta el momento y las tres reivindican mundos especialmente crepusculares de la América actual. Canciones que me enseñaron mis hermanos se ambienta en una reserva india golpeada por la pobreza, el alcoholismo y la falta de horizontes. The Rider (que está en Netflix) es la historia de un cowboy que monta caballos salvajes en competencias rurales y que vive una profunda crisis de identidad tras sufrir un accidente. Y Nomadland se interna en el mundo de los damnificados de la crisis económica del 2008. Gente que perdió su trabajo, su nivel de vida, su casa, y ahora deambula de estado en estado, en vehículos que funcionan como viviendas, saltando de un empleo precario a otro, con metas de sobrevivencia que se reducen al día, a la semana o a lo que con buena suerte pueda ofrecer un mes. La protagonista es una sesentona, sin hijos y cuyo marido murió hace años de cáncer. Lleva una vida triste, solitaria y durísima. Pero a su modo su experiencia describe un ideal de autonomía y libertad que es difícil concebir en los circuitos de la vida urbana o del consumo. Los perdedores también tienen su épica.

Foto: Searchlight Pictures / AP

Por las imágenes de esta realizadora circula una abierta fascinación por los paisajes áridos, los horizontes lejanos y los misterios de la naturaleza. Arriesgada, no le teme a la contemplación demorosa y demorada. Puede que no sea una gran narradora, porque le cuesta armar sus historias, pero tiene un sentido del espacio poco frecuente en el cine de hoy. Tampoco le teme a la reiteración. Nomadland se da vueltas una y otra vez en lo mismo: en las privaciones de ella, en las desdichas de los demás, en el paso del tiempo, en carreteras solitarias y perdidas, en las fogatas nocturnas donde se comparten recuerdos, vivencias y lágrimas. Sí, todo es melancólico y más bien deprimente. Puro lado B. El lado A de la vida es mentira.

¿Discutible? Por supuesto. Lo importante es la convicción con que Chloé Zhao asume sus sentimientos. A veces, solo a veces, se descoloca un poco. Exagera con los atardeceres esculpidos a mano por su fotógrafo Joshua James Richards. Se sobregira un tanto también con los violines de Ludovico Einaudi. Descansa asimismo demasiado en los primeros planos de Frances McDormand. Es la primera vez que trabaja con una estrella de alto nivel y hay algo un poco obsceno en que una gran luminaria como ella -porque lo es- se haga cargo de un personaje tan mínimo, tan perdedor, tan golpeado como la pobre Fern. El asunto va incluso más allá. ¿No hay una cierta asimetría entre el esteticismo de la puesta en escena y la miseria física y ambiental de estos nómades expulsados del capitalismo?

Comoquiera que sea, en su próxima película, Chloé Zhao se propone cruzar el Rubicón. Ya está trabajando en la próxima superproducción de Marvel, Eternals. Nada que ver con su mundo y todo lo contrario de lo que ha hecho hasta aquí. Es esperar que sobreviva, porque hay muchos que fueron devorados en el intento.

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