Cuando faltan las preguntas



Por Gastón Suárez y Gastón Held, Ingeniería Industrial, Universidad de Chile

Esta columna es una invitación a una aventura de solo una vez en la vida: plantearse en serio cuál es la pregunta que la Asamblea Constituyente debiera responder.

Tal vez el legado más valioso que nos pudo dejar Humberto Maturana es el amor por las preguntas. Solía repetir que el problema de la educación es que nos ponen buenas notas por las respuestas y, peor aún, por respuestas a preguntas que nunca nos hicimos. Maturana sabía del amor a las preguntas. Como estudiante de Medicina se encontró con una que jamás le abandonó: ¿Qué es la vida? La convirtió en compañera y ella le fue develando poco a poco algunos de sus secretos.

Estamos llenos de preguntas oficiosas, prácticas, meramente operacionales, “concretas”, como se gusta decir hoy: cómo hacer esto o lograr aquello. Muchas de ellas son ciertamente valiosas, y han permitido notables desarrollos tecnológicos y la materialización de importantes iniciativas. Las preguntas de verdad, sin embargo, son aquellas que les confieren sentido y valor a las primeras, ya sea que las planteemos explícitamente o no. Esas preguntas son un portal que da acceso a otro mundo, maravilloso y fascinante. Es también un portal exigente y paradojal: cuando te enamoras de una de las respuestas que allí encuentras, el portal se cierra. La fidelidad al misterio de las preguntas exige la capacidad de visitar muchas respuestas, hasta descubrir el valor y la hermosura de cada una y llegar a enamorarse, pero no de una de ellas, sino de la pregunta que te permitió conocerlas.

Es bastante evidente que la inmensa mayoría de nosotros no valora las preguntas sino las respuestas: ¿Alguien contrataría a un consultor para que le proponga preguntas? La consultoría, los expertos y las profesiones son todos parte de la “arquitectura cultural de las respuestas”. Se les valora por su capacidad de responder, ojalá rapidito. Lo que brilla por su ausencia, lo que no se valora hoy, es precisamente lo que hizo de Humberto Maturana una persona admirable: la capacidad de hacer buenas preguntas. Las respuestas son efectos: las causas son las preguntas. Solo buenas preguntas garantizan que las respuestas no sean las de una realidad que ya no existe. En un mundo que está cambiando, enfrentamos una paradoja: a una sociedad que ama las respuestas se le presenta una realidad que plantea preguntas.

Cuando trabajamos con otros, las preguntas son aún más importantes: si no nos ponemos de acuerdo en ellas, se nos hará aún más difícil concordar en las respuestas. Incontables proyectos fracasan porque desconocen las preguntas que los justifican. El mundo económico está lleno de respuestas que se memorizan en la universidad y se ponen irreflexivamente en práctica en empresas e instituciones.  Del mismo modo, la Asamblea Constituyente está asediada de respuestas; todos tienen respuestas para lo que se debiera hacer. Para que ella no sea un campo de batalla, sino uno fértil del que realmente pueda emerger un Chile mucho mejor, nos falta una pregunta. ¿Cuál es, entonces, la pregunta que la Asamblea Constituyente debiera responder?

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