Cuando la diplomacia deja de susurrar
La diplomacia clásica ha sido históricamente un ejercicio de bajo volumen y alta influencia. Los embajadores representan intereses nacionales desde la prudencia pública y la intensidad privada, persuadiendo y resguardando vínculos estratégicos sin transformarse en protagonistas del debate político interno del país anfitrión.
Sin embargo, lo que hemos visto recientemente sugiere un cambio de estilo. Las actuaciones públicas del embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, así como intervenciones de actuales y antiguos embajadores de China y de otros países, reflejan una tendencia hacia una diplomacia más explícita, directa y performativa.
Conferencias de prensa con posicionamientos visibles, declaraciones que marcan preferencias políticas y advertencias públicas respecto de decisiones soberanas configuran una forma distinta de ejercer la representación diplomática. No se trata de cuestionar el derecho de un embajador a expresar la posición de su país —eso es parte de su mandato—, sino de observar cómo el tono, el formato y el espacio desde donde esa posición se comunica modifican su impacto político.
Cuando un embajador convoca a la prensa para fijar postura frente a debates internos o advertir sobre eventuales consecuencias, la comunicación deja de ser meramente informativa y adquiere un carácter performativo: ya no solo describe la política exterior de su nación; interviene en el clima político local.
Este giro ocurre además en un momento complejo para el próximo gobierno y su equipo internacional. Buscar inversiones ya no consiste únicamente en reunirse con empresarios o fortalecer vínculos comerciales; implica armonizar política y economía, administrar tensiones geopolíticas crecientes y consensuar señales estratégicas en un escenario internacional más exigente.
Chile tiene plena prerrogativa para tomar decisiones soberanas según sus intereses, así como cualquier país puede expresar sus posiciones. Pero existe una frontera delicada entre la legítima expresión diplomática y la instalación pública de un marco discursivo que puede percibirse como disciplinante.
La diplomacia que advierte demasiado corre el riesgo de dejar de persuadir para comenzar a ordenar. Y cuando la representación comienza a parecer instrucción, no solo cambia el tono: cambia el equilibrio. Tal vez el verdadero desafío no sea decidir si este nuevo estilo es aceptable, sino preguntarnos cuánto estamos dispuestos a normalizar que la diplomacia deje de susurrar para empezar a marcar el paso.
Por Tatiana Klima, Socia Directora, Criteria Comunicaciones.
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