Cuenta Pública: La arqueología del estancamiento 1974–2026
La primera Cuenta Pública del Presidente Kast se estructuró sobre un inventario previsible. Ante ello, cabe interrogarse por su sustrato político-dogmático: el único prisma para dilucidar si el mandato transcurre por la tradición republicana o si lo mueve una pulsión refundacional setentera, característica del ciclo pendular Boric-Kast.
De esta forma, el relato presidencial operó una apropiación selectiva de las máximas de la transición. Capturó la “tijera fiscal” de Ricardo Lagos —cuyo objeto original era reducir en un 2% el gasto inercial para abrir espacio a iniciativas de alto impacto social—, asimiló la retórica de crecimiento de Eduardo Frei Ruiz-Tagle y replicó la tesis de Sebastián Piñera sobre la dignidad y centralidad del empleo como eje de la política económica.
Sin embargo, estos referentes fueron vaciados de su propósito original: promover la equidad y el desarrollo social. Esta omisión despoja de densidad a la “esperanza” prometida en el mensaje presidencial, reduciéndola a un mero artefacto discursivo. El problema radica en que este sincretismo de la transición exhibe un bache insalvable: su soterrada nostalgia por las fracturas que tensionaron la historia institucional del siglo XX.
“Queremos que Chile vuelva a ser un país de propietarios, no de arrendatarios”, una de las frases más celebradas de la jornada, parece lastrada por la histórica sentencia formulada en el Chile de los ochenta: “hacer de Chile una nación de propietarios y no de proletarios”. Si cavamos más hondo en la arqueología doctrinal, este juego de espejos proviene de la España de 1959: “No queremos una España de proletarios, sino de propietarios”. Un doble déjà vu que evidencia la persistencia de una misma matriz conceptual.
Bajo esa misma lógica, al sostener que “por años se nos quiso convencer de que un Estado más grande era, automáticamente, un mejor Estado” o que “el Estado no puede ser el principal obstáculo para que Chile vuelva a crecer”, el texto abraza el dogma fundacional de 1974. Aquella matriz sentenciaba que “el estatismo genera (...) una sociedad gris, uniforme, sometida y sin horizontes”, instalando una dicotomía rígida: la creación de riqueza como patrimonio exclusivo de los privados versus el asistencialismo ineficiente como única propiedad del Estado.
Finalmente, al buscar marcar distancia frente a la grandilocuencia de Gabriel Boric señalando que “la práctica política nos acostumbró a discursos grandilocuentes y promesas vacías”, el mandatario provocó un inevitable escalofrío analítico. Su defensa de la gestión no es nueva; es el calco exacto de la retórica tecnocrática de 1974, que prometió preferir “las realizaciones que los programas, la conducta que las simples leyes (...) la verdad de los hechos que la ilusión de las palabras”.
La aparente neutralidad de los hechos consumados y la contabilidad fiscal no logra esconder esta pesada herencia. Gobernar una sociedad compleja exige proveer un cauce emocional y normativo común con ideas del siglo XXI. Si la apuesta era apelar a una épica del pasado, el camino era enarbolar el lema “llevemos a Chile al máximo de sus posibilidades” —frase acuñada por Ricardo Lagos—, que al menos en su Gobierno logró conciliar algunas de las heridas institucionales de los setenta.
Por Cristóbal Osorio, profesor de derecho constitucional, Universidad de Chile.
Lo último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
CYBER 50% Plan Digital+$5.990 al mes SUSCRÍBETE