Por Benito BarandaEducar en solidaridad: el desafío que no puede quedar fuera

Hay discusiones que parecen técnicas, pero que –en el fondo– hablan del país que queremos construir. La llamada “megarreforma” y el debate sobre cómo compensar a los municipios por los recursos que dejarán de percibir es una de ellas. Esta vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que trasciende a las finanzas municipales: ¿qué entendemos por solidaridad?
La diferencia de compensación entre municipios como Las Condes y Cerro Navia puede parecer, a primera vista, una disputa por recursos. Pero tras las cifras hay escuelas, centros de salud, seguridad, infraestructura y, en definitiva, condiciones concretas de vida. Por eso, al discutir sobre cuánto aporta una comuna y cuánto recibe otra, en el fondo estamos discutiendo sobre qué responsabilidades de unos con otros estamos dispuestos a asumir como sociedad. Y aquí aparece una palabra que usamos mucho, pero que –paradójicamente– necesitamos recuperar: solidaridad.
No entendida como caridad ocasional; una campaña o ayuda frente a una emergencia. Solidaridad como forma de vida: comprender que el otro no es un competidor ni un extraño cuyos problemas son asunto de otros, sino alguien cuya dignidad me interpela y cuya suerte tiene que ver conmigo. Ser solidario supone reconocer que gran parte de lo que tenemos no es fruto de nuestro esfuerzo individual. Nuestras oportunidades están vinculadas a nuestras familias, comunidades, instituciones y a la sociedad que, de distintas maneras, hizo posible que llegáramos a donde estamos.
Quizás uno de los mayores desafíos de Chile sea recuperar esta idea. Y para hacerlo, no basta sólo con diseñar mejores mecanismos de distribución. Necesitamos formar personas capaces de comprender por qué vale la pena compartir.
En agosto, cuando en Chile celebramos el Día de la Solidaridad y recordamos a San Alberto Hurtado, esta pregunta adquiere especial fuerza. Su vida muestra lo que ocurre cuando los demás dejan de ser algo distante y se convierten en una pregunta personal. Su pregunta “¿qué haría Cristo en mi lugar?” no lo llevó a procesos espirituales intimistas; lo llevó a dejarse afectar por la realidad ajena y preguntarse qué podía hacer concretamente para transformarla.
Hurtado fue abogado, sacerdote, profesor, escritor y fundador del Hogar de Cristo. Pero quizás una de sus ideas más profundas es que la solidaridad se educa. Que no basta con pedir a las nuevas generaciones que sean “buenas personas”; hay que formar su sensibilidad, su capacidad de encuentro, su responsabilidad frente a las y los demás, y su disposición para poner sus capacidades al servicio de una sociedad más justa.
Es más, si miramos a San Alberto Hurtado como resultado de una educación en la solidaridad, también podemos reconocer el valor de una tradición educativa que busca formar personas capaces de mirar la realidad, discernir frente a ella y comprometerse con su transformación. La educación jesuita –de la que Hurtado fue fruto y de la que yo también soy fruto– tiene esta experiencia que aportar: la de formar personas conscientes, capaces de discernir y de poner sus capacidades al servicio de los demás.
En cada lugar y desde las diversas tradiciones que nos constituyen, Chile necesita una educación que no solo forme para competir, sino también para convivir; que no solo prepare para el progreso individual, sino para poner ese progreso al servicio de otros.
Tal vez, la discusión sobre la megarreforma y los municipios sea una oportunidad para preguntarnos qué tipo de sociedad queremos construir y qué educación necesitamos para ello. Porque una sociedad solidaria no es aquella en la que todos tenemos lo mismo; sino aquella en la que todos –quienes tienen más y quienes tienen menos– reconocemos que somos corresponsables unos de otros.
Ese es, quizás, el aprendizaje más urgente que Alberto Hurtado todavía puede hacernos al recordarlo en este Día de la Solidaridad que Chile instituyó en su nombre.
Por Benito Baranda, ex director social nacional del Hogar de Cristo, y ex alumno de Colegio Jesuita
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