El costo de retroceder en crecimiento

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

Las recientes cifras del FMI para Chile, donde se observa un fuerte retroceso del PIB per cápita, permiten relevar el alto costo que tiene para el desarrollo de los países la falta de dinamismo económico.



Las nuevas proyecciones del FMI para Chile aparentan traer buenas noticias. Tal como ocurrió con las principales economías del mundo, las estimaciones para Chile acotan la caída para este año desde un -7,3% hasta un -6%. El organismo internacional valida este relativamente mejor desempeño con el alza que ha experimentado el precio del cobre, el que se produce “en medio de un creciente optimismo sobre la recuperación económica de China, la caída de los inventarios y las interrupciones del suministro en países productores clave (Chile y Perú)”. Para el próximo año, producto del alza en la base, la proyección del FMI se reduce levemente desde 5% hasta 4,5%.

Es evidente que la sola corrección para la caída de este año no constituye motivo de celebración. Un análisis más pausado del informe entregado por el organismo multilateral revela una realidad mucho más preocupante. La brecha de Chile con los países desarrollados está lejos de acortarse a la velocidad que se esperaba. Hace algunos años, se planteó como meta alcanzar a Portugal en el nivel del PIB per cápita, pero hacia el horizonte de proyección definido por el FMI -el año 2025- la distancia con el que fuera nuestro referente está lejos de disminuir. El año pasado la diferencia entre el PIB per cápita de Chile y Portugal (a paridad de poder de compra) era de US$ 11 mil, mientras que para el 2025 esa distancia aumentaría a US$ 15 mil.

La caída en el PIB per cápita de Chile pone de manifiesto lo costosa que ha sido la crisis del coronavirus para nuestra economía, retrocediendo en varios años respecto de los logros que se habían venido conquistando en las últimas décadas. Pero en un sentido más amplio debería constituir también un poderoso llamado de atención respecto de lo clave que resulta el crecimiento para un país, y las consecuencias que se derivan para el desarrollo cuando esta variable deja de estar presente.

El débil crecimiento de la economía chilena se arrastra desde hace varios años, por lo que el denominado “estallido social” primero, y la pandemia después, han agudizado el fenómeno, cuyo origen hay que encontrarlo en una serie de regulaciones adoptadas en distintas administraciones que han terminado por afectar los motores que impulsan el crecimiento. Si bien Chile se mantiene en el segundo puesto a nivel regional, la comparación con la región en términos económicos parece una vara no demasiado exigente, considerando la disparidad de realidades que allí conviven.

Las cifras del FMI deben servir de alerta para retomar una discusión que releve el crecimiento en nuestras prioridades en el diseño e implementación de políticas públicas, porque de lo contrario la brecha con los países desarrollados no solo se ampliará en el ámbito económico, sino también en indicadores sociales. Bien lo refleja la historia reciente de nuestro país, que al alero de mejores indicadores de crecimiento, mejoraron los indicadores de empleo, de pobreza, de educación, de acceso a la vivienda, entre muchos otros, que le permitieron a Chile liderar en la región el Índice de Desarrollo Humano, medido por el PNUD.

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