Opinión

El eterno retorno del fuego amigo

Aton Chile DRAGOMIR YANKOVIC/ATON CHILE

A menos de un mes de asumir, el gobierno de José Antonio Kast ya padece el fuego amigo. Tres hitos lo confirman: el flanco comunicacional de Mara Sedini, fustigada por su propio sector; la crisis en el SernamEG, donde la derecha tradicional cercó a la ministra Judith Marín; y la rebelión de senadores como Juan Manuel Ossandón, Matías Walker e Iván Moreira ante la omisión oficial frente a la postulación de Michelle Bachelet a la ONU.

Sin embargo, reducir esto a meras “desprolijidades” de instalación es un error de lectura histórica. Este mal sistémico ya devoró las agendas de Bachelet, Piñera y Boric. No es solo falta de visión estratégica, sino el colapso definitivo del presidencialismo de coalición y de su capacidad para proyectar herencia política hacia el siguiente ciclo.

El aura del presidencialismo de Ricardo Lagos y la influencia de su Segundo Piso constituyen, todavía hoy, el estándar métrico de la autoridad. En aquel Chile, la solución a la disidencia residía en la mística —y el rigor— de la institución presidencial. En 2004, Lagos no requirió de un comité político extenuado para sofocar la bravata de Pablo Lorenzini; le bastó con ejecutar tres actos quirúrgicos: la erradicación fulminante de todo funcionario regional vinculado al diputado, un gélido desaire público donde dejó la mano de Lorenzini suspendida en el vacío y, finalmente, la forzada renuncia de este a la testera de la Cámara. Era el Presidente como hecho pedagógico del poder.

¿Qué ha cambiado? Este ciclo lo define el debilitamiento de la agencia política. Ante el fin de los partidos orgánicos, emergen cacicazgos e inquilinajes que asaltan el Estado para administrar cuotas, pero desertan ante el costo de gestión. En la derecha, este impulso fratricida —evocado en el canibalismo del caso Golborne— se agrava con la tecnopolítica digital: una mutación donde la lealtad es un lujo, la cohesión cede ante la tiranía del algoritmo y el militante de doctrina es reemplazado por el seguidor volátil.

La paradoja radica en el núcleo duro: el rechazo republicano a una coalición formal revela el pánico del “anti-establishment” a ser deglutido por la burocracia estatal. Es, en el espejo opuesto, el mismo pecado de soberbia del Frente Amplio con el Socialismo Democrático.

A esto se suma la “venganza de las élites” desplazadas. Chile Vamos, canibalizada electoralmente por el fenómeno republicano, no tiene incentivos para actuar como escudo humano de La Moneda. Al igual que los parlamentarios que desfondaron a Piñera y a Bachelet, los actores actuales operan bajo una lógica de supervivencia individual.

Todo se profundiza con los errores de diseño que también pasan factura. Si Piñera erró con su “gobierno de gerentes” y Boric con la teoría de los “círculos concéntricos”, Kast parece repetir el patrón de la insularidad donde varios de sus Ministros no tienen militancia y son fusibles sin costos para los parlamentarios.

No se trata de exigir una obsecuencia cortesana, pero la escena actual bordea el absurdo institucional. Este “eterno retorno” del fuego amigo no es un problema de caracteres, sino la evidencia de que nuestra arquitectura ya no procesa lealtades. Kast fundó su gobierno sobre una autoridad moral que hoy, sin una estructura de mando clara, choca con la realidad: en La Moneda la influencia se negocia a diario y con demasiados interlocutores. El camino será duro para su proyecto estrella, la Ley Miscelánea, donde lo colectivo sucumbirá ante la pulsión de cada facción por buscar lo suyo.

Por Cristóbal Osorio, profesor de Derecho Constitucional, Universidad de Chile.

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