El fin del Senado

FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO




SEÑOR DIRECTOR:

En el momento actual, cuando la Convención Constitucional aprobó la creación de una Cámara de las Regiones en reemplazo del Senado, que hasta ahora estaría siendo dotada de atribuciones mínimas, vale la pena recordar las palabras de Salvador Allende al asumir la Presidencia del Senado en 1966: “El pueblo y nuestra Carta Fundamental confieren su representatividad al Senado, la que garantizaremos durante nuestro mandato observando una consecuente defensa de fueros, con absoluto respeto del principio de equilibrio de los poderes del Estado y su independencia […] El Congreso, en una organización político-administrativa cómo la nuestra, tiene una indiscutida vigencia. Nuestra democracia, con todas sus imperfecciones, es el resultado de las luchas históricas del pueblo chileno”.

Lejos de entender al Senado como una suerte de espacio de resistencia elitista, cabe destacar la importancia de su existencia y la de un Congreso bicameral como adecuados balances al Poder Ejecutivo en el marco de un régimen presidencial. El argumento, por lo demás falaz, de una mayor eficacia legislativa, oculta que la combinación de presidencialismo y unicameralismo pueden generar procesos de concentración del poder que devengan en autoritarismos. Estos pueden adquirir los más diversos signos políticos, llegando incluso a volverse en contra de sus promotores. Una de las mejores garantías para llevar las demandas sociales al plano político es crear una institucionalidad que garantice la mantención de las libertades públicas y evite las derivas autoritarias.

Joaquín Fernández Abara

CIDOC-Escuela de Historia Universidad Finis Terrae

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