El futuro del conflicto en Irán pasa por Beijing
Durante años, se ha advertido que una confrontación con Irán desencadenaría una guerra regional catastrófica. Se hablaba de una escalada se descontrolada, mercados energéticos globales colapsados y otro compromiso militar eterno para Estados Unidos en la región.
Sin embargo, los acontecimientos recientes sugieren que muchas de esas suposiciones estaban exageradas. Al menos a corto plazo, los escenarios desastrosos que algunos expertos imaginan no se han hecho realidad. Casi todos los países árabes se han alineado con Estados Unidos e Israel, un escenario que pocos habrían imaginado hace una década. Europa – con las notables y embarazosas excepciones del Reino Unido y España – también apoya cautelosamente los esfuerzos para ayudar al pueblo iraní, que durante más de una década ha estado protestando a favor de una mayor libertad. En América Latina y el Caribe, 16 países acaban de firmar un acuerdo de seguridad con EEUU (Chile no firmó solo porque José Antonio Kast aún no asume la presidencia).
Pero la verdadera pregunta no es si Washington puede enfrentarse a Irán; especialmente si la confrontación con Irán no se trata principalmente de Irán.
Es verdad que en los últimos meses – luego de la decisión de Irán y/o sus representantes en Gaza de lanzar un ataque a Israel en 2023 y el levantamiento de su pueblo, especialmente las mujeres exigiendo mayor libertad – la reducción del poder e influencia de Irán se fue disminuyendo a tal punto que se produjo una ventana de oportunidad para dar un golpe decisivo. Pero una lectura más detallada de la reciente Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense publicada en diciembre, y una revisión histórica de las obsesiones geopolíticas de Donald Trump, revela que el presidente lleva décadas quejándose de la amenaza (principalmente comercial) que implicaba el auge de China.
China es hoy el mayor importador mundial de petróleo, comprando aproximadamente 11 millones de barriles al día. Es decir, la dependencia energética de China es una debilidad estratégica (por eso han invertido tanto en energías alternativas, y tal vez, por lo mismo Trump parece oponerse a cualquier innovación en esta materia).
Irán, por lo tanto, se fue convirtiendo en una parte clave de la estrategia energética de China. China compra aproximadamente unos 1,4 millones de barriles diarios de crudo iraní, lo que la convierte en el mayor cliente de Teherán. De hecho, hasta el 90% de las exportaciones de petróleo iraní fluyen hacia China, a menudo a precios favorables.
Venezuela desempeña(ba) un papel similar. Hasta comienzos del 2026, China recibía entre 400.000 y 600.000 barriles diarios de petróleo venezolano. Por lo tanto, junto con Rusia, Irán y Venezuela representaban cerca del 40% del suministro de petróleo importado de China. Hoy buena parte de ese flujo está restringido o derechamente controlado por EE.UU.
Desde esta perspectiva, los acontecimientos en el Oriente Medio empiezan a parecer menos como una crisis regional y más como parte de una contienda geopolítica más amplia.
Si el objetivo a largo plazo de Washington es frenar el ascenso de China, entonces limitar el acceso de Beijing al petróleo se convierte en una poderosa herramienta estratégica. Irán y Venezuela, en este sentido, son instrumentales para la mantención de la hegemonía estadounidense.
Sin embargo, para China, las vulnerabilidades no terminan ahí. Aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial pasa por el Estrecho de Ormuz, que conecta el Golfo Pérsico con los mercados globales. Cualquier interrupción del tráfico por ese lugar repercute en los precios de la energía en todo el mundo. No es de extrañar, entonces, que los precios del crudo hayan pasado de 70 a 100 dólares el barril en poco más de una semana. A la vez, gran parte del petróleo que sale de Oriente Medio hacia Asia también debe pasar por el Estrecho de Malaca, un paso entre Indonesia y Malasia por donde transita aproximadamente el 80 % de las importaciones de petróleo de China. En cualquier confrontación geopolítica importante, estos corredores marítimos se vuelven increíblemente estratégicos.
Pero la geopolítica energética no opera solo por vías físicas. También opera a través de la arquitectura financiera de los mercados globales.
Desde los años 70, el petróleo internacional se ha cotizado y negociado en gran medida en dólares, en lo que comúnmente se conoce como el sistema del petrodólar. Por lo tanto, los países deben mantener reservas en dólares y realizar el comercio energético a través del sistema financiero basado en el dólar.
Ese sistema le entrega a Washington una gran ventaja. Permite a las autoridades estadounidenses imponer sanciones, bloquear transacciones financieras y presionar a empresas o países que intenten eludir restricciones.
Desde la perspectiva de Beijing, la guerra actual no se trata solo sobre el futuro de un estado cliente, sino de cómo solucionar una vulnerabilidad estratégica. Por eso el futuro del conflicto actual puede tener menos que ver con cómo reaccione Irán – que básicamente ha perdido su capacidad militar convencional mientras que su círculo de aliados en la región está debilitado – que con lo que Beijing decida hacer tanto a corto como a largo plazo.
El verdadero peligro no es que Irán escale el conflicto. El verdadero peligro es que China interprete los acontecimientos en Oriente Medio como parte de una estrategia más amplia destinada a frenar su ascenso, que es precisamente lo que Trump podría estar pensado. Si China interpreta la estrategia estadounidense como un intento de presionar su suministro energético vital mediante sanciones, dominación de proveedores y control de puntos marítimos de estrangulación, no le quedará otra sino que responder con fuerza.
En ese caso, las consecuencias podrían ir mucho más allá de los mercados energéticos. Podrían acelerar la fragmentación de la economía global, profundizar el desacoplamiento financiero entre bloques rivales y empujar el sistema internacional hacia una polarización geopolítica.
Militarmente, Estados Unidos y sus aliados regionales pueden vencer a Irán. Diplomáticamente, China y Rusia han estado sorprendentemente calladas. El riesgo es que Washington pueda interpretar estos primeros triunfos tácticos como una reafirmación de su hegemonía estratégica. Sin embargo, la crisis iraní quizás algún día será recordada no como un conflicto en el Oriente Medio, sino como un capítulo temprano en la incipiente confrontación geopolítica entre Estados Unidos y China.
Por Robert Funk, Instituto de Asuntos Públicos Universidad de Chile.
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