Opinión

El inconsciente de la IA, y nuestra inconsciencia

No pienses en un elefante rosado. Muy tarde: ya lo hiciste. Hace décadas la psicología demostró que no gobernamos del todo nuestra propia mente. La noticia hoy es que a la inteligencia artificial le pasa lo mismo: cuando los investigadores de Anthropic le pidieron a Claude no pensar en un concepto, este igual se encendió en su mente —acompañado de la palabra “failure”, como si el modelo notara su propio lapsus.

La neurociencia señala que dentro de nuestro proceso cognitivo, tenemos un “espacio de trabajo global”: un canal estrecho donde algunas ideas se vuelven reportables, controlables y útiles para razonar, mientras miles de procesos corren por debajo, inconscientes —la postura, la respiración, la gramática. Anthropic encontró esa misma arquitectura dentro de Claude: un pequeño espacio donde ocurre el pensamiento deliberado y secuencial, flotando sobre un océano de procesamiento automático que ni el propio modelo ve.

Las pruebas son elocuentes. Si le piden calcular 3 al cuadrado menos 2 “en su cabeza” mientras responde otra pregunta, en ese espacio se enciende primero el nueve y luego el siete, sin escribir nada: hace el cálculo mientras piensa en otra cosa y entrega otra respuesta. Y al preguntarle por la capital de Francia no piensa solo en París, sino que en su espacio de trabajo también aparece el idioma, la moneda o el continente asociado.

Lo asombroso es que nadie programó nada de esto. El espacio de trabajo emergió solo durante el entrenamiento. Es una propiedad emergente, y sugiere que organizar la mente en una capa consciente sobre procesos inconscientes no es una rareza humana, sino una solución general de los sistemas inteligentes. En nuestro caso, fue la evolución la que llegó a esta solución, en el caso de las máquinas, fue el entrenamiento.

La verdad es que leer el estudio es sobrecogedor, y pensar en sus consecuencias, también.

Por lo mismo importa la carta wemustactnow.ai, impulsada desde Stanford: advierte que la IA puede gatillar una transformación mayor que la Revolución Industrial, pero en una fracción del tiempo, con riesgo de desplazamiento laboral masivo y, a la vez, la oportunidad de un salto en los niveles de vida. Y exige construir hoy los incentivos e instituciones para que la IA complemente a las personas. La firman dieciséis premios Nobel de economía —Acemoglu, Stiglitz, Krugman y Bernanke entre ellos—, junto con Bengio y LeCun, los padres del aprendizaje profundo, el ex CEO de Google Eric Schmidt, entre cientos de referentes intelectuales, tecnológicos y empresariales.

Para Chile la pregunta es concreta. Llevamos más de una década de productividad estancada, y sin productividad no hay sueldos que suban de forma sostenible. La IA es la palanca que buscamos hace veinte años, pero la dirección no es segura: puede complementar a los trabajadores, hacerlos más productivos y subir sus sueldos, o solo abaratar costos y presionar los salarios a la baja. La dirección que tome el mercado dada la IA está por verse, la pregunta es si seremos espectadores o haremos algo al respecto: reconversión y capacitación masiva, adopción real de IA en el Estado y las pymes, e instituciones laborales pensadas para una transición más veloz que cualquiera anterior.

Es urgente tomarnos este tema en serio, ponerlo en el centro de la agenda y tener una discusión a la altura que merece.

La IA ya desarrolló un inconsciente. La pregunta es cuándo nosotros saldremos del nuestro.

Por Tomás Sánchez Valenzuela, socio Valoriza, Director Politropia.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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