Opinión

El mensaje político del Cristo

Cristo de Mayo.

El verdadero Rey de Israel es Dios, YHWH. Él les entrega la ley. Por eso primero los gobiernan jueces. Pero luego los judíos le piden a Dios un rey, para ser “como todas las naciones”. Y YHWH les entrega una monarquía con poco futuro. El más importante entre esos reyes es David, quien fracasa como rey, pero obtiene de Dios una promesa: de su descendencia nacerá un monarca cuyo reino no tendrá fin. En el intertanto, es el tiempo de los profetas, que enseñan al pueblo de Israel que deben someterse políticamente a la espada extranjera, pues ha sido enviada por el propio YHWH para castigarlos por no cumplir con la ley divina. Así, el pueblo elegido se repliega hacia una forma religiosa, hacia la “teocracia” que describe Flavio Josefo, viviendo como huéspedes de distintos imperios, a la espera de recuperar una forma plenamente política cuando Dios intervenga a través de su enviado, su mesías, y los instale, para siempre, a la cabeza de todas las naciones. Mientras tanto, autoridad temporal (política) y autoridad espiritual (religiosa) deben permanecer bifurcadas.

El Nuevo Testamento comienza con un descendiente de David, José, camino a Belén con motivo de un censo. Va con María, su esposa, que está esperando un niño. Y ese niño es Jesús de Nazaret, el cual rápidamente comienza a manifestar rasgos proféticos. Maneja las escrituras con naturalidad y discute con los sabios. Con el tiempo se vuelve un predicador errante, seguido por discípulos. Sus opiniones son estrictamente judías, pero algunos de sus actos son desconcertantes: come con prostitutas y cobradores de impuestos, relativiza las reglas de descanso sabático, perdona a una adúltera, produce milagros y ejecuta acciones que imitan las descripciones que los profetas hicieron del Mesías, el Cristo. Habla de un reino de amor y misericordia, que atribuye a su padre, pero recalca que no es de este mundo.

Con el tiempo, su presencia se vuelve molesta para las otras facciones judías. Israel es tierra de profetas y visionarios, pero nadie había insinuado ser el elegido de Dios. Eso sin mencionar lo escandaloso que resultaba que este mesías no tuviera ejércitos ni riquezas, y que prometiera un reino puramente espiritual. Parecía una burla: el Señor de los ejércitos, que había aplastado a las tropas del faraón, no podía manifestarse como un alfeñique montado en un burrito, que en vez de tropas era seguido por un grupo de pescadores y artesanos no muy brillantes.

Las intervenciones políticas de Jesús son pocas, pero contundentes. Reafirma la tradición judía al señalar que la autoridad política del César es legítima, pero que su límite es la ley divina. Al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios. Expulsa a los mercaderes del templo, pero no de la ciudad, reivindicando el mismo principio: el templo no es el lugar para los poderes temporales. El culto al poder y al dinero, por lo mismo, es condenado con vehemencia por Jesús. Rechaza la oferta demoníaca de convertirlo en príncipe del mundo. Y le destaca a Poncio Pilatos que toda su autoridad proviene del Padre. El giro fundamental es que YHWH no vendrá a someter políticamente a todas las naciones, sino que nos invitará a un reino espiritual que no tendrá fin. Los materiales que sostienen imperios en este mundo son todos perecederos, y no es de ellos que se construye el Reino de Dios. Política y espíritu deben permanecer bifurcados hasta el final de los días, en que triunfará el espíritu.

Al igual que ocurre después con otro aspirante a Cristo judío, Bar Kochba, Jesús muere. En su caso, clavado a una cruz como un delincuente de poca monta. Pero, y esto es algo fundamental que creemos los cristianos, la muerte es incapaz de contenerlo. Jesús, el Dios hecho humano, la desborda, acabando con el castigo impuesto a Adán y su descendencia y abriendo las puertas del reino celestial a los hombres. De eso se trata la resurrección. Eso es lo que se celebra hoy. Y los cristianos estamos llamados a permanecer sosteniendo la bifurcación producida por el mensaje cristiano hasta el final de los días, cultivando un pensamiento que distinga planos, poniendo límites a los poderes de este mundo y jamás esperando de ellos la salvación.

Más sobre:CristoJesúsPablo Ortúzar

Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lo leyó en La Tercera

Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE