“Ellos”
En política, el tono puede cambiar; el lugar desde donde se habla, no siempre.
El presidente electo, José Antonio Kast, ha buscado instalar un registro moderado: menos confrontación, más institucionalidad. El giro es deliberado, pero hay algo que el tono no corrige porque reside en la estructura mental del discurso. Ese lugar se delata en una palabra mínima pero decisiva: “ellos”.
Tanto en el Foro Económico Internacional como en la Cumbre Transatlántica de Bruselas, el futuro mandatario habla como presidente electo. No hay cambio de rol que explique registros distintos y, sin embargo, el contraste es evidente.
En el foro latinoamericano, el discurso se articula desde una lógica de Estado. La unidad no es consigna emocional, sino responsabilidad institucional. Se subraya que gobernar no es administrar una trinchera, sino conducir una nación. Se habla de acuerdos desde miradas distintas y de representar al país en su conjunto para proyectar responsabilidad regional.
En Bruselas, frente a una audiencia ideológicamente afín, el registro se desplaza hacia la confrontación. Aparece la distinción entre un “nosotros” —que encarna la libertad y el sentido común— y “ellos”: quienes promueven “ismos” o recurren a la violencia verbal o digital. Violencia digital que, cabe decir, también fue ejercida por actores que a partir del 11 de marzo pasarán a ser autoridades. Aquí, el “otro” deja de ser adversario democrático para convertirse en una amenaza que debe ser enfrentada en una “batalla cultural”.
No es un desliz retórico; es una definición política.
Cuando quien debe gobernar habla de “ellos”, traza una frontera que nunca es neutra. Supone un “nosotros” previo —legítimo y correcto— que observa al resto desde una superioridad moral.
Es similar al error que marcó el inicio del Frente Amplio y que se ha evidenciado cada vez que se ha perdido de vista al resto del país para hablarle a su propio mundo, con discursos o medidas que le hacen sentido únicamente al sector que representan.
No hay contradicción entre discursos, sino coherencia en la lógica: el lenguaje se adapta a la audiencia, pero la estructura permanece. La unidad se formula como principio hacia afuera; la confrontación se organiza como identidad hacia adentro. Esta dualidad adquiere un peso crítico a las puertas del poder.
No es lo mismo un discurso partidario para movilizar a los propios, que una intervención de quien representará a toda la ciudadanía. El desafío de un presidente no es solo modular el tono según el contexto, sino definir desde qué lugar hablará. Adaptar registros es estrategia; sostener coherencia entre rol y discurso es una exigencia del liderazgo.
Cambiar el tono es un gesto; cambiar el lugar desde donde se habla es una definición. Cuando ese lugar oscila entre el dirigente que convoca a los suyos y el jefe de Estado que debe integrar a quienes no lo eligieron, lo que está en juego es la señal sobre el tipo de conducción que se pretende ejercer.
Por Tatiana Klima, periodista.
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