Opinión

Empresa y sociedad: una responsabilidad ineludible

Jonnathan Oyarzún/Aton Chile JONNATHAN OYARZUN/ATON CHILE

El debate empresarial ha tendido a concentrarse en variables como regulación, impuestos e inversión, pero ha dejado en segundo plano una cuestión decisiva: la calidad humana y social del país en que la empresa existe. No es un asunto marginal, es importante.

La empresa depende, radicalmente, de la categoría humana de las personas que la integran y del entorno social que la sostiene. Cuando ese cimiento se erosiona, la empresa también lo hace. Y, actualmente, Chile enfrenta el patente deterioro de su tejido social. Esa degradación es visible en tres ámbitos cruciales: educación, familia y natalidad.

La crisis educacional es manifiesta. Un país que no forma bien a sus jóvenes compromete su futuro cultural, cívico y económico. No hay crecimiento sostenido posible con déficits sistémicos en aprendizaje. Pero, la educación consiste también en formación de hábitos, carácter y criterio. Si escasea, se debilita la posibilidad misma de sostener organizaciones exigentes. Sin capital humano de alto nivel, la empresa verá reducida su capacidad de innovar, competir y crear valor.

A ello se suma el progresivo debilitamiento de la familia. Se trata de un hecho constatable, con consecuencias prácticas. La familia es el principal espacio donde se adquieren disposiciones esenciales para la vida social: responsabilidad, confianza, compromiso. Cuando estas faltan en su origen, ninguna política empresarial logra compensarlas.

Finalmente, la caída de la natalidad introduce una dimensión todavía más inquietante. Un país que deja de tener hijos comienza, literalmente, a quedarse sin futuro. Menos jóvenes implica menos trabajadores, menor dinamismo y una presión creciente sobre las estructuras económicas. La empresa, tarde o temprano, enfrentará esa realidad en forma de escasez de talento y menor crecimiento.

Frente a este panorama, la tentación es mirar hacia el Estado. Pero sería un error. La empresa no es un actor pasivo en este acontecer. Por su propia naturaleza, organiza personas, desarrolla cultura y modela prácticas. Posee, por tanto, un lugar relevante en el entramado social.

Esta realidad exige superar una comprensión reducida de la responsabilidad social empresarial. No se trata de acciones reputacionales ni de filantropía; dice relación a cómo se hace empresa: a las condiciones laborales que se ofrecen, al vínculo con la educación, a las posibilidades reales de vida familiar que permite.

El punto de fondo es claro: sin educación de cierta excelencia, familias fuertes y nuevas generaciones, no hay desarrollo esperable. Y sin este, la empresa ve ensombrecido su horizonte.

El desafío exige lucidez para reconocer la envergadura del problema y magnanimidad para asumir que la solución requiere del mundo empresarial como actor central. Porque la empresa no solo participa de la sociedad, la configura. Y ahora, más que nunca, esa responsabilidad resulta ineludible.

Por Álvaro Pezoa, Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial ESE Business School, Universidad de los Andes

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Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lee La Tercera.

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