Eran 30 pesos, no 30 años

¿Cómo podemos avergonzarnos de ser uno de los países que más ha reducido la pobreza en el mundo en los últimos 40 años? ¿Por qué tenemos que pedir perdón por haber tenido una democracia estable y un ordenamiento jurídico respetable hasta el 18 de octubre?



Esta semana se cumplieron 30 años desde el retorno a la democracia. Tres décadas del progreso más excepcional que haya tenido Chile en toda su historia y donde económica, social y políticamente hemos avanzado como ningún otro país latinoamericano, dejando atrás el subdesarrollo y sumándonos a la vanguardia de las naciones desarrolladas del mundo.

Sin embargo, en el contexto del estallido de violencia en el que nos encontramos desde el 18 de octubre, la elite política ha olvidado todo el progreso de las últimas décadas y ha decidido desmarcarse de los gobiernos de izquierda y de derecha que le dieron sustento a la transición. De la soterrada disputa entre autocomplacientes y autoflagelantes que se daba al interior de la ex Concertación, o las diferencias entre pinochetistas y antipinochetistas que buscaba trazar un cordón democrático al interior de la derecha; se ha dado paso a un consenso cuasi unánime de vergüenza por el pasado y de arrepentimiento por el rol que le cupo a cada uno en nuestra historia reciente.

¿Cómo podemos avergonzarnos de ser uno de los países que más ha reducido la pobreza en el mundo en los últimos 40 años? ¿Por qué tenemos que pedir perdón por haber tenido una democracia estable y un ordenamiento jurídico respetable hasta el 18 de octubre? ¿Cómo no sentirse orgulloso de tener las mejores Universidades y la mejor educación del continente? Ni hablar de los sistemas de pensiones o de salud, o de nuestro índice de desarrollo humano o competitividad, que bajo cualquier estándar nos sitúa como líderes de la región y hasta hace poco, con grandes perspectivas de futuro.

“No son 30 pesos, son 30 años”, es el lema de la revolución que se armó en las calles y a la cual la izquierda se sumó feliz vislumbrando la oportunidad de volver al poder. Arguyendo la desigualdad y los abusos como principal causa, culparon a la Constitución y al modelo de Pinochet como los responsables de todos los males que aquejan a la sociedad y cifraron en este levantamiento violentista, las esperanzas de un mejor futuro. Con el paso de los días, se sumó la oposición más moderada, embriagada por la masividad de la protesta y la falta de reacción del gobierno. Finalmente, el carro fue lo suficientemente amplio para convocar a parte de la derecha que, seducida por los cantos de sirena y los datos de encuestas truchas, vio en el estallido una oportunidad para desmarcarse de sus principios y vender las convicciones al fragor de la calle.

Pero se equivocan rotundamente, porque a la primera línea no le importan los 30 pesos ni las bajas pensiones; no le afectan las condonaciones al CAE ni se verá beneficiada por el sueldo mínimo garantizado. A ellos solo les interesa destruir el país, paralizar a los emprendedores y lograr forzar una falsa igualdad de la población, donde no importa el mérito ni el trabajo esforzado, sino que se premia al que no innova, crea ni sueña. No hay alternativas a ninguno de los males que denuncian, porque su misión no es plantear propuestas, sino destruir las ya existentes.

Las deudas y desafíos que aún tiene Chile no se resuelven incendiando el país ni botando los cimientos de un modelo económico y social exitoso. Solo en los últimos cinco meses, nuestra economía retrocedió varios años, nuestra deuda pública aumentó exponencialmente y nuestra reputación institucional e internacional se cayó al suelo. La paz y la tranquilidad en las calles se perdieron, nuestras calles están irreconocibles y la polarización entre chilenos se ha extremado a niveles insostenibles.

Toda esta experiencia nos debería hacer reflexionar y rectificar nuestro errado rumbo antes que sea muy tarde. El 26 de abril arriesgamos mucho más que 30 pesos: estamos poniendo en jaque el futuro del país por los próximos 30 años. Los chilenos tenemos una oportunidad única para reconstruir nuestro futuro, conscientes de los errores y deudas, pero rechazando cambiar el modelo de prosperidad que teníamos por uno lleno de violencia e incertidumbre. Ojalá que Chile despierte de verdad, no de un pasado tenebroso como celebran algunos, sino de la pesadilla en la que estamos desde el 18 de octubre.

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