Opinión

¡Es el empleo, estúpido!

Hay algo incómodo en reconocer que un gobierno por el que uno no votó puede estar avanzando en la dirección correcta. Pero así son las cosas. El éxito de la administración de José Antonio Kast dependerá, en buena medida, de la tramitación del Plan de Reconstrucción Nacional anunciado el miércoles pasado. Es un programa ambicioso y, en lo esencial, bien orientado. Se pueden discutir detalles —y habrá que hacerlo—, pero el diagnóstico de fondo es difícil de refutar. Más aún en un país que lleva años creciendo poco, con empleo estancado y acumulando frustración. Chile no está para experimentos retóricos: está para retomar la senda del crecimiento y la prosperidad.

El problema no es el plan. Es cómo se ha explicado. En la batalla de cuñas y redes sociales, la oposición ha logrado instalar su marco. No por superioridad analítica, sino por algo más simple: claridad. Y en política, la claridad —aunque sea simplificadora— suele derrotar a la precisión. A veces incluso la caricatura le gana al dato.

Y ahí está la falla. Ni el presidente ni sus ministros han sido capaces de explicar convincentemente lo central. En vez de insistir en el núcleo del programa, han permitido que la conversación derive hacia asuntos secundarios, a veces francamente irrelevantes. Se discuten detalles técnicos, se abren flancos innecesarios, se improvisa. Todo, menos lo obvio. Porque el eje es evidente: este es un plan proempleo. Si se implementa como se ha anunciado, Chile debiera generar muchos más puestos de trabajo y con salarios mucho mejores. Eso —y no otra cosa— es lo que debiera repetirse hasta el cansancio. No es sofisticado, pero funciona. De hecho, suele ser lo único que funciona.

En 1992, Bill Clinton derrotó a George H. W. Bush con una disciplina que hoy parece olvidada. Bajo la conducción de James Carville, la campaña se redujo a una sola idea: “It’s the economy, stupid”. No había espacio para distracciones ni para debates laterales. El gobierno de Kast podría ahorrar tiempo —y errores— si internalizara esa lección: ¡Es el empleo, estúpido! No hay segunda consigna. Y, visto lo visto, tampoco debiera haberla.

Los números son suficientemente claros como para incomodar. Una rebaja del impuesto corporativo podría generar del orden de 200 mil empleos adicionales. Si, además, el crecimiento sube del 2% al 4%, eso agrega otros 100 mil puestos de trabajo. En total: cerca de 300 mil empleos más que en el escenario de continuar con la inercia de los últimos 12 años. No es una revolución, pero tampoco es trivial. Es, en buen chileno, la diferencia entre quedarse pegado y avanzar.

Y no es solo empleo. También salarios. La evidencia —incluyendo trabajos de Austan Goolsbee, el principal asesor económico de Barack Obama— sugiere que una baja de la tasa corporativa de 27% a 23% podría traducirse en aumentos salariales por encima de la tendencia. Este es el resultado de mayor inversión, mayor productividad y mayor competencia por trabajadores. Es decir, exactamente lo que se supone que debiera buscar cualquier política económica seria. Lo demás es literatura.

Pero en vez de insistir y machacar estos números, el gobierno ha permitido que la discusión derive hacia el terreno favorito de la oposición: el distributivo. Allí la consigna es simple y eficaz —que la rebaja solo beneficia a los más ricos—. Es un argumento políticamente rentable, porque apela a percepciones inmediatas, pero intelectualmente pobres. Lo notable no es que se repita, sino que no se le haya enfrentado con la misma claridad con que se formula. En política, cuando uno no define el marco, termina jugando en el del adversario. Y eso rara vez termina bien.

Y sí, las empresas también ganan. No hay misterio en eso. Tan poco misterio, que el propio Mario Marcel propuso reducir la tasa corporativa con exactamente estos objetivos. Estamos, por tanto, ante un caso bastante evidente de “win-win”, en el lenguaje que el propio Gabriel Boric ha utilizado. Ganan los trabajadores, ganan las empresas, gana Chile. ¡Un triple win! Lo curioso —por no decir algo peor— es que se haya preferido discutir la caricatura antes que el mecanismo. En economía, cuando se reemplaza el mecanismo por la caricatura, el debate deja de ser útil y pasa a ser ruido.

Queda, por supuesto, el punto incómodo: la recaudación. Es altamente probable que, al menos en el corto plazo, haya una caída de ingresos fiscales. Pretender lo contrario sería poco serio. Pero hacer como que no existe tampoco ayuda.

La pregunta relevante no es si eso ocurrirá, sino cómo se enfrentará. Y aquí tampoco hay mucho espacio para la creatividad retórica: habrá que recortar ineficiencias, enfrentar la corrupción y ordenar el gasto. No como consigna, sino como política concreta. Todo lo demás es evasión. Dicho en simple: el Plan Maestro está ahí, pero el gobierno debe decidir si seguirá jugando en el marco del adversario o si empezará a hablarles a quienes necesitan, hoy mismo, un contrato de trabajo. El resto es música.

Por Sebastián Edwards, economista.

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