Es lo que hacen los dictadores
Que las dictaduras aprendieron otros caminos distintos a los golpes de Estado es algo que ya sabíamos. A través de la expansión del poder del Ejecutivo, tiranos y dictadores del mundo van cooptando todos los mecanismos que le ponen control a su poder, tanto de manera interna como externa. El principal dilema de las dictaduras, dicen los expertos, es el constante balance entre acallar la presión popular y romper con el disenso en las élites, y eso implica que el poder debe concentrarse y los espacios de oposición, volverse irrelevantes. Si tuviéramos que buscar ejemplos de cada uno de estos pasos, bastaría mirar lo que está ocurriendo en Estados Unidos. Y la cercanía ideológica y de estilo entre Trump y el futuro gobierno de Chile, debiera preocuparnos.
El reciente asesinato de una ciudadana norteamericana a manos de la policía de inmigración (ICE), sirve como el perfecto caso de estudio. Desde una policía dedicada a perseguir a inmigrantes indocumentados (“la migra”), el organismo ha evolucionado a convertirse en una verdadera policía política paramilitar, a cargo del presidente. Esto es parte del repertorio de muchos gobiernos totalitarios en el mundo, como las camisas pardas en el régimen nazi, las milicias paramilitares de la Stasi, o los Feyadines de Saddam Hussein. Todos estos gobiernos han creado (o reestructurado) sus propios organismos de seguridad que funcionan al margen de la ley.
El nivel de control sobre este organismo ha llegado al punto en que no tiene ningún tipo de contrapeso político. De forma infructuosa, líderes locales y gobernadores estatales han tratado de poner límites a su accionar, dadas las evidentes violaciones al debido proceso en que han incurrido. Su mandato ya no se limita a temas migratorios y, como demostró el asesinato de la semana pasada, incluye el control de los ciudadanos norteamericanos. Al ser confrontados con la evidencia de distintos videos, el gobierno de Trump optó por la clásica estrategia que le ha funcionado por años: mentir y tergiversar. Ahora, la víctima es presentada como una terrorista por el simple hecho de no estar de acuerdo con el accionar de ICE. Su militancia política se convierte en sospecha sobre su lealtad patria y sus convicciones personales se vuelven en justificativo para un asesinato. Es la deshumanización del adversario, algo que ya conocimos de cerca en la dictadura chilena.
Pero las acciones de Trump no van a terminar ahí. Hoy supimos que está atentando directamente contra la independencia del banco central (Reserva Federal), al acusar de delitos a su presidente. Con ello, no sólo marca el tono de quién tendrá que suceder al actual presidente cuando termine su período en mayo, sino que demuestra que está dispuesto a ocupar todo su poder para pasar por encima de instituciones y contrapesos. No tiene pudor en hacerlo fuera de su país (es cosa de ver su postura sobre Venezuela o Groenlandia), ni tampoco tiene pudor en hacerlo de forma interna.
Hay que decirlo claro: estas son las estrategias de un dictador. Y por ello es importante preguntarse cuál es la reacción que nuestros propios líderes tienen ante estas acciones. Así como los líderes de la izquierda chilena han tenido que rendir examen, correctamente, sobre Venezuela, Nicaragua o Cuba, debiéramos exigir lo mismo al gobierno entrante sobre los líderes autoritarios de su sector. Las estrategias de destrucción democrática no tienen signo político, la defensa de la democracia tampoco debiese tenerla.
Por Javier Sajuria, profesor de Ciencia Política de Queen Mary University
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