Opinión

Gobernar sin cheque en blanco

Foto: Mario Téllez MARIO TELLEZ

Gobernar Chile hoy es más difícil que hace una década. El poder político está más fragmentado, la sociedad más desconfiada y las decisiones crecientemente condicionadas por tensiones internacionales. El buen gobierno parece estar menos centrado en cumplir a cabalidad su programa que en demostrar capacidad de conducción frente a dinámicas complejas e incertidumbre.

El primer desafío de Kast será la seguridad, cuya principal debilidad es la enorme expectativa generada. En los últimos años el Congreso aprobó cerca de setenta leyes destinadas a fortalecer las herramientas del Estado frente al crimen. Ese nuevo marco legal amplía las capacidades, pero la eficacia dependerá de su implementación y de cómo policías y tribunales interpreten estas facultades. Las leyes tardan en mostrar resultados y en seguridad ese desfase suele ser mayor. Probablemente algo de pirotecnia inicial ayude a instalar una imagen de éxito, pero si los resultados no afloran con la rapidez prometida, la frustración y el juicio ciudadano pueden ser lapidarios.

En materia económica, Kast asumirá con condiciones relativamente favorables: precio del cobre alto, inversión al alza e inflación estabilizada. Sin embargo, la obsesión por reducir el gasto fiscal más allá de lo razonable puede ahogar una buena gestión. La modernización del Estado no pasa necesariamente por recortes, sino por mejorar procesos y reasignar recursos. El desafío mayor está en el empleo, donde factores estructurales como la calificación de los jóvenes, el envejecimiento de la población y las dinámicas migratorias dificultan una recuperación rápida. Estos problemas no se resuelven únicamente con estímulos de corto plazo. Se requiere avanzar hacia una estrategia de desarrollo capaz de proyectarse más allá de un solo mandato.

Asimismo, gobernar sin mayoría parlamentaria es hoy un problema estructural. En un Congreso fragmentado, la capacidad de diálogo y negociación se vuelve un recurso central de gobernabilidad. Kast no se ha caracterizado por promover acuerdos amplios y ahora deberá moverse en una cancha que le resulta ajena. Los gobiernos que logran sostener reformas en contextos institucionales complejos suelen construir acuerdos graduales más que imponer transformaciones abruptas. Si insiste en la llamada “batalla cultural”, podría terminar sacrificando gobernabilidad tanto en el Congreso como ante una ciudadanía que rechaza que los políticos definan lo culturalmente válido.

El desafío de la política exterior para un país como Chile es mantener autonomía dentro de márgenes razonables, negociando con inteligencia frente a los intereses de las grandes potencias. Un alineamiento absoluto con Estados Unidos o China implicaría desaprovechar la posibilidad de ser un actor estratégico en un mundo de cambios. Mejorar nuestra posición exige mayor rigurosidad en el análisis de inversiones en ámbitos sensibles para la seguridad y acuerdos transversales sobre el tipo de proyectos que el país está dispuesto a impulsar.

Tal vez el desafío más profundo del nuevo gobierno sea comprender el carácter transitorio de la confianza electoral. Cuando la ciudadanía observa la política con escepticismo, los triunfos no representan cheques en blanco. Boric lo experimentó en carne propia y Kast, en un escenario similar, deberá asumir que las cosas rara vez ocurren como se planifican y estar dispuesto, si la situación lo amerita, a corregir drásticamente el rumbo para evitar un naufragio político.

Por Daniel Grimaldi, director ejecutivo de Fundación Chile21

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