Hipérboles
El Presidente Kast aclaró que su compromiso de campaña de expulsar trescientos mil inmigrantes ilegales había sido una hipérbole; es decir, una exageración que buscar remarcar una idea, pero que no puede tomarse literalmente. Esto dio lugar a una serie de críticas, algunas atendibles, referidas a la credibilidad de los mensajes de campaña.
Sin embargo, el episodio debiera analizarse con detención y con una mirada más amplia. Desde la aparición de la televisión, como medio de comunicación presente en prácticamente todos los hogares, la política comenzó a evolucionar al menos en dos dimensiones esenciales: se volvió un fenómeno de masas y mutó hasta convertirse en una actividad altamente emocional. Internet y las redes sociales han llevado esto a un nivel que todavía no logramos apreciar en toda su profundidad.
Lo que no produce impacto no sirve, porque no tiene alcance, para usar el lenguaje propio de las redes. Y, por cierto, el impacto no lo producen las grandes ideas, nada que haga funcionar la corteza cerebral. El éxito se alcanza estimulando áreas mucho más primitivas en la evolución biológica: odio, resentimiento, miedo y el creciente arte de “desmarcarse”, para llamar la atención. Ahí están los grandes captadores de popularidad y, consecuentemente, de votos.
Que el programa de debate político más influyente se llame “Sin filtros” es un verdadero signo de estos tiempos, porque en definitiva qué son “los filtros”, sino el respeto al adversario, a las ideas ajenas y a ciertas consideraciones sociales que permiten una convivencia sana. Pero nada de eso tiene rating, la disyuntiva parece ser sumarse o resignarse a la irrelevancia del nicho más o menos elitista. Es evidente que para el que tiene vocación política la disyuntiva realmente no existe.
En esto, como en tantas otras cosas, la hipocresía campea, porque afirmar que con el proyecto de ley de reconstrucción “la derecha está legislando para los ricos” o decir cosas como que el gobierno sube el precio de los combustibles mientras les rebaja los impuestos a las grandes empresas, son afirmaciones bastante peores que la citada hipérbole, pero que se insertan en la misma lógica propia de un contexto en que el debate en serio no rinde. Exacerbar emociones es lo que la lleva.
Los medios de comunicación tampoco están libres, la búsqueda de rating, de “clicks” o de visitas, han encaminado las pantallas hacia la crónica roja, hacia los periodistas opinólogos y hacia la búsqueda casi neurótica de alguna denuncia escandalosa, sin importar que luego nada se compruebe y vayan quedando vidas dañadas en el camino.
Así, la sociedad tiende a la fragmentación y el poder a una suerte de deslegitimación crónica. Dos características que vuelven muy difícil la convivencia y que por todos lados agrietan la democracia, volviéndola peligrosamente frágil. Lo de la derecha “iliberal” es un concepto ingenioso, pero este negocio ya lo inventó Marx con la lucha de clases hace mucho rato.
El que esté libre de hipérboles que lance la primera piedra.
Por Gonzalo Cordero, abogado
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