Impuesto al lujo: mala economía

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Cambios tributarios requieren un debate bien informado y evaluar los potenciales impactos no solo en la recaudación fiscal, sino también en la productividad y en los incentivos para contratar, ahorrar, invertir y emprender.



Entre las nuevas indicaciones ingresadas por Hacienda al proyecto de financiamiento de la Pensión Garantizada Universal, destaca un nuevo impuesto a bienes de lujo: con una tasa de 2%, gravaría la propiedad de helicópteros, aviones, yates y automóviles, de manera adicional al permiso de circulación o equivalente.

En general, un impuesto al lujo es un cargo sobre las ventas o un recargo que se aplica a determinados productos o servicios considerados no esenciales o a los que sólo tiene acceso la población más pudiente.

Estos impuestos son relativamente populares políticamente hablando porque sólo afectan a una minoría de la población. Sin embargo, debemos preguntarnos si son una buena fuente de financiamiento permanente y cuáles serían sus potenciales efectos no deseados.

En la teoría económica, los bienes de lujo pueden categorizarse como bienes Veblen, en honor a Thorstein Veblen, quien desarrolló el concepto de consumo conspicuo: bienes cuya demanda aumenta a medida que sube el precio, pues su mayor valor los hace más codiciados.

Dado que los impuestos aumentan el precio de un bien, este impuesto debería traer una mayor demanda por los bienes definidos como de lujo. Sin embargo, en la práctica, la demanda por bienes de lujo tiene alta elasticidad respecto al ingreso, que sumado al efecto sustitución hará que la demanda disminuya bruscamente con el impuesto.

En otras palabras, personas que anhelan un Mercedes Benz del año, con los nuevos impuestos, podrían contentarse con un Suzuki Swift del año. Es por esto que en general los economistas señalan que este tipo de impuestos no son buenos recaudadores, dados los cambios en el comportamiento de los agentes.

Un ejemplo histórico es el famoso “impuesto sobre las ventanas” que se fijó en Inglaterra en 1696: la idea era que las personas con casas más grandes tenían más ventanas y, por lo tanto, debían pagar más impuestos que los que tenían viviendas modestas, pero los ricos de todo el país taparon rápidamente la mayoría de sus ventanas y al final no se recaudó mayormente con esta política.

Esto no es todo. Los impuestos al lujo también pueden tener efectos negativos en industrias específicas que pueden llevar a pérdidas importantes de empleo. Un ejemplo paradigmático de esto es el llamado “impuesto sobre los yates” que se promulgó en Estados Unidos en 1991 para reducir el déficit federal, y que abarcaba jets privados, pieles y joyas, además de los yates. El impuesto se suprimió en 1993 por su escasa recaudación, pero por sobre todo por su efecto negativo en la industria de los yates, que tendió prácticamente a desaparecer, y, con ello, terminó con muchos puestos de trabajo.

Aunque en Chile probablemente no se producen muchos de estos productos, en el margen sí pudiese perjudicar importantemente a importadoras y concesionarios.

Cambios tributarios requieren un debate bien informado y evaluar los potenciales impactos no solo en la recaudación fiscal, sino también en la productividad y en los incentivos para contratar, ahorrar, invertir y emprender.

Es deseable además que sean resultado de un consenso amplio, para generar condiciones de certeza. Para ello debemos estar por sobre las presiones y motivaciones de corto plazo y, al contrario, que nos guíe el bienestar del país a largo plazo. Así evitaremos implementar impuestos que recaudan poco o nada y que pueden distorsionar industrias y eliminar empleos, que justamente es lo que más nos debería importar en estos momentos de crisis económica.

* El autor es decano Facultad de Economía y Empresa UDP.

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