Incierto panorama político en Perú

La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Perú no solo evidenció los preocupantes efectos del descrédito de la política en ese país, sino que adelanta una polarizada campaña para el balotaje.



Como es habitual en los comicios peruanos, los electores decidieron su voto en la última semana de campaña. Y el resultado del domingo sorprendió a todos. Es cierto que el estrecho margen que marcaban en las encuestas los candidatos que lideraban la carrera por la Presidencia, hacía imposible adelantar el desenlace y cualquier combinación era posible. Sin embargo, también es un hecho que el ganador de la primera vuelta, Pedro Castillo, tenía menos de 3% en los sondeos a comienzos de marzo pasado -y obtuvo finalmente 19%- y Keiko Fujimori no superaba el 7% en ese mismo periodo -y llegó al 13,3%. A la luz de esa experiencia, adelantar hoy el eventual resultado final del balotaje en junio próximo resulta igual de imposible.

Los dos candidatos evidencian la polarización de la sociedad peruana y el profundo descrédito y desconfianza de la ciudadanía en su clase política. Pero junto con ello, Castillo y Fujimori son producto de una profunda fragmentación del sistema de partidos peruano y de una alta volatilidad del voto; si bien se ubican en las antípodas políticas, resulta prematuro adelantar que la lógica izquierda-derecha sea la única que determine el resultado final de la elección en junio próximo.

Más allá de sus propuestas radicales por nacionalizar las empresas del sector minero y energético, o estatizar los fondos de pensiones de las AFP, el candidato izquierdista de Perú Libre logró captar en sus últimos días de campaña el descontento de una parte de la sociedad peruana con la política tradicional y aglutinar a parte importante del voto regionalista. Además, su discurso conservador en lo valórico sintonizó también con grupos populares donde han penetrado con fuerza los movimientos evangélicos. Por ello, pese a que en términos numéricos los candidatos de izquierda sumados apenas llegan al 26%, es difícil descartar que variables valóricas y regionalistas o el rechazo a la corrupción y a la política tradicional terminen incidiendo en el resultado de la segunda vuelta.

Castillo se enfrentará, además, a la candidata con mayor tasa de rechazo de todos los aspirantes a la presidencia de Perú. Entre un 65% y un 70% de los peruanos aseguraban hace solo dos semanas que nunca votarían por Keiko Fujimori en segunda vuelta. La variable fujimorismo-antifujimorismo ha marcado las últimas elecciones peruanas y fue decisiva para que incluso Ollanta Humala pudiera llegar a la presidencia en 2011. Y si bien la candidata de Fuerza Popular tiene a su favor que esta vez tendrá al frente al candidato más radical que ha enfrentado en cualquier elección -y que sumados los candidatos de derecha alcanzan más del 50%-, también es cierto que su figura está desacredita, y enfrenta un proceso por lavado de activos y un pedido de condena a 30 años de cárcel.

Perú viene saliendo de uno de los periodos más inestables de su historia, con cuatro presidentes en cinco años y un conflicto abierto entre el Ejecutivo y el Congreso. Frente a ello, el resultado del domingo, lejos de aclarar el panorama, vino a ahondar la incertidumbre, porque más allá de lo que representen ambos candidatos, cualquiera sea el próximo Presidente, deberá gobernar con el Congreso más fragmentado de la historia y sin mayoría parlamentaria.

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