La apuesta de Constant
Después de que en 1815 Napoleón Bonaparte fuera definitivamente derrotado y confinado a otra isla de la que no pudo regresar, y los monarcas europeos se organizaran en sus grandes congresos itinerantes a fin de evitar nuevas revoluciones y liderazgos como el de ese corso anticristo, a pesar de todos los cambios suscitados sobre la faz de la Tierra, entre ellos, la caída del Imperio Español en América, cundió la tesis de que la “libertad” —sí, ese grito de lucha, había sido la mayor responsable de tantos trastornos-. Eran los tiempos de la Restauración, época de trepadores enmascarados que un escritor conservador como Honoré de Balzac denunció en toda su hipocresía, con libros contables a la vista, sin por eso promover ninguna nueva revuelta.
En ese invierno polar de la libertad, un exludópata, el inspirado filósofo y novelista de ocasión que fue Benjamin Constant, ofreció un discurso memorable, uno que dejó a sus oyentes boquiabiertos. Corría el año 1819 y los reaccionarios presionaban al rey Luis XVIII para que retrotrajera el mundo al antiguo idilio roto por la Revolución Francesa.
En este célebre discurso que todavía se estudia en miles de universidades (mmmm… supongo), Constant hizo una de esas distinciones que aclaran la turbiedad del acontecer. Dijo que habían existido dos tipos de libertad: una de los antiguos y otra de los modernos. La primera era la de las sociedades pequeñas que conseguían sus recursos mediante la guerra. La segunda, la de las sociedades grandes que hacían lo propio mediante el comercio. Una era grupal, colectiva, heroica. La otra, individual, contractual, hasta íntima.
El problema de la Revolución es que era completamente anticuada en su concepto de libertad. Asumía que la soberanía debía ejercerse a través de una totalidad que, en los tiempos modernos, era ya imposible de reunir. Muchos confundían al pueblo —o sea, el universo de los representados— con las multitudes, y acaso los grupúsculos, que se hacían llamar así o que, por falsa inspiración, reclamaban su representación súbita.
Y la apuesta de Constant era que la libertad moderna, esa imposible de capturar, se haría cada vez más preponderante, se volvería incontrarrestable. En la medida que el comercio se expandiera, las guerras tenderían a disminuir. Se ha dicho que la apuesta de Constant no resultó. La ruleta de la historia siguió girando y los conflictos bélicos nunca se han extinguido. Sin embargo, el punto no era ese. Constant no se jugó por un acontecimiento escatológico. Dijo, en cambio, que la libertad de los modernos era preferible y que, reforzada, emergería entre las ruinas que dejan las guerras. La libertad moderna era para él una flexible acróbata que salta de allá para acá, y que tenía la capacidad de aterrizar, lograr esa confianza del intercambio y continuar volando. No tenía que ser forzosamente esa anciana desconfiada y materialista que el ingenioso Bertolt Brecht imaginó en el margen de los campos de batalla de la Guerra de los Treinta Años con su carromato a proveer despojos, como si fuera su verdadera fisonomía.
Por Joaquín Trujillo, investigador CEP
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