La crisis de gobernabilidad y el desfonde de Chile Vamos

Sin una coalición ordenada y una agenda compartida, se hace muy complejo lo que resta de mandato. Al Mandatario es a quien cabe tomar la iniciativa para revertirlo.



La aprobación por parte de la Cámara Baja del segundo retiro de fondos de las AFP, parece ser la gota que faltaba para dar cuenta no solo del desorden en que se encuentra sumido el oficialismo, sino también la escasa capacidad que muestra el gobierno para ordenar sus filas, contar con una agenda propia y en definitiva gobernar.

Es un hecho que La Moneda se encuentra en un escenario muy complejo, dado que cuenta con una minoría en un Parlamento hostil y marcadamente populista, situación que le ha impedido contener muchas iniciativas. En ese sentido, es un hecho que al Congreso le cabe una responsabilidad muy relevante en este cuadro de desorden, cuando un sector mayoritario está legislado proyectos sin pensar en los daños que se provocarán a futuro, procurando ganar una popularidad que hasta ahora les ha resultado esquiva.

Lo anterior, sin embargo, no exime de responsabilidad al gobierno. En primer lugar, por algo básico: la incapacidad de alinear a sus propios parlamentarios, algo que quedó demostrado en la votación del segundo retiro, el cual contó con el apoyo de 48 diputados oficialistas, número tres veces superior al que se registró respecto del primer 10%. En otras palabras, parece evidente que la capacidad de coordinar y poner orden en las filas se ha ido deteriorando muy aceleradamente; ello está llevando a que algunos ya diagnostiquen que Chile Vamos se está desfondando.

Esta situación de desorden también queda en evidencia en las críticas públicas y privadas que se están vertiendo al interior del oficialismo, donde junto con acusar al Ejecutivo por falta de estrategia e iniciativa -algunos de sus parlamentarios han reprochado fuertemente al gobierno por no vetar o recurrir al TC frente a proyectos que dañan al país o desfiguran el ideario del sector-, también se plantean recriminaciones a los integrantes del comité político. Al ministro de Hacienda, por ejemplo, lo tildaron de ser “un fantasma”, al tiempo que al titular de la Segpres le han enrostrado tener un discurso ambiguo y su total incapacidad para alinear a Renovación Nacional, partido en el cual milita.

Frente a todo esto, el gobierno, más que liderar, parece deambular en un papel que cada día se parece más al de un observador de una agenda política que ya no controla, sin que haya claridad respecto a la estrategia que tiene para lo que resta de su período, donde se concentran enormes desafíos en salud, en economía y en política por el proceso constituyente y las elecciones que vienen. Por ende, corregir esto es urgente no solo para este sector político, sino también para el país.

No se trata de una tarea sencilla, pero es un hecho que para lograrlo ante todo se requerirá que el oficialismo alcance acuerdos básicos. Sin una propuesta que respalden todos los partidos de Chile Vamos es impensable tener la fuerza necesaria para impulsar una agenda. En esto, no hay que esperar que la sola llegada de Rodrigo Delgado al Ministerio del Interior signifique una solución al problema. Se trata del tercer Jefe de Gabinete en menos de un año y la evidencia muestra que esta es una tarea que no puede enfrentar solo. Lo mismo puede decirse del resto de equipo político de La Moneda. Más cambios solo profundizarían la confusión y no aseguran mejores resultados.

Y si bien esta es una responsabilidad que tampoco debe recaer solo en el Presidente, es indudable que es el único que puede convocar a un acuerdo en torno a algunos ejes fundamentales para el resto de su gestión. Una agenda simple, corta y efectiva, que logre encausar al gobierno y aunar al sector. Solo así se sentarán las bases no solo para volver a tener una identidad, sino también para algo fundamental: intentar generar acuerdos con los sectores moderados de la oposición, que no es otra cosa que el primer rol de un gobierno.

En esto, los partidos de Chile Vamos también tienen que hacer su aporte, toda vez que son protagonistas -y no víctimas- de lo que está pasando, donde el costo político que habrán de pagar si no logran alcanzar acuerdos será considerable. Una coalición ordenada y una agenda compartida es un requisito fundamental y básico para cualquier mandato.

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