Por Guillermo LarraínLa economía necesita de las humanidades

La exclusión de humanidades de áreas prioritarias de Fondecyt parece economicista. Las disciplinas técnicas podrían parecer más rentables que la historia o la filosofía y quizá alguien piensa que esta es la fuente de la baja productividad. El problema no está en reconocer la escasez, sino en cómo se define el retorno.
Es razonable que un país tenga prioridades científicas. Parte del desarrollo de Asia ha sido conectar la formación de capital humano con una estrategia productiva. En Corea y Taiwán la política de formación de científicos e ingenieros estuvo vinculada a objetivos de industrialización y al desarrollo de sectores estratégicos. China ha seguido una lógica semejante. No hay nada extraño que Chile quiera formar más especialistas en IA, litio, astronomía. El problema es que esa prioridad mute en una concepción radical: que el conocimiento relevante es el técnico al punto de negar el financiamiento a las humanidades.
A pesar de su aparente economicismo, tal idea es difícil de sostener desde la economía. Adam Smith era profesor de Filosofía Moral. Su reflexión sobre los mercados formaba parte de una reflexión más amplia acerca de la moral, la justicia, las normas que hacen posible la convivencia y el comportamiento humano. La economía política nació preguntándose simultáneamente cómo se produce la riqueza y qué tipo de sociedad permite producirla.
Eso fue hace más de dos siglos. Algunos economistas han olvidado esto y pretenden que la nuestra sería una ciencia exacta, solo porque descubrimos cómo hacer modelos matemáticos sofisticados y… exactos. En las últimas décadas hay un cierto retorno a los orígenes. Kahneman destruyó el homo economicus y le devolvió al individuo su humanidad. North puso a las instituciones en el centro de la explicación del desarrollo económico y sostuvo explícitamente que instituciones y sistemas de creencias evolucionan conjuntamente. Acemoglu, Johnson y Robinson mostraron que las diferencias institucionales son causa fundamental de las diferencias de prosperidad entre países.
Las instituciones no son máquinas que se diseñan mediante conocimientos técnicos. Una Constitución expresa concepciones sobre los derechos, la autoridad y la justicia. Instituciones aparentemente económicas —la empresa, el mercado financiero, el sistema tributario— funcionan dentro de marcos de confianza, normas sociales, tradiciones jurídicas y expectativas respecto del comportamiento de los demás.
Hay aquí una paradoja profunda. Un país puede formar grandes ingenieros y tomar malas decisiones colectivas. Puede aumentar su eficiencia pero deteriorar la confianza que posibilita la cooperación y ser menos productivo. La oposición entre disciplinas “productivas” y humanidades está mal planteada. La ingeniería puede ampliar el conjunto de cosas que un país puede hacer. Pero las humanidades ayudan a comprender por qué las queremos hacer y bajo qué reglas comunes.
Por Guillermo Larraín, FEN U. de Chile
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