Opinión

La revolución silenciosa de Kast: la virtud cotidiana

JAVIER TORRES/ATON CHILE

En medio de la contingencia y de las urgencias hay una dimensión menos visible, pero decisiva para el destino de un país: la cultura cotidiana. Ésta puede ser fuertemente influenciada por los gestos, el lenguaje, los hábitos y las prioridades que las autoridades encarnan día a día, moldeando silenciosamente el carácter de la vida social.

En sus primeras intervenciones, el Presidente Kast ha puesto énfasis en un conjunto de principios que constituyen, precisamente, un marco de cultura vital: unidad, autoridad, orden, deber, trabajo bien hecho, servicio, austeridad, sobriedad, paz. No se trata solo de palabras. Son orientaciones que, si se viven con coherencia, tienen la capacidad de irradiar hacia la ciudadanía y reconfigurar prácticas habituales profundamente erosionadas.

Chile ha experimentado en los últimos años una innegable fatiga institucional y cultural. La desconfianza, la polarización y la normalización del uso de la violencia han debilitado la idea de un proyecto común. En ese contexto, la insistencia en el orden y la autoridad no debiera leerse únicamente en clave de seguridad, sino también como una invitación a recuperar formas básicas de convivencia: respeto por la ley, cumplimiento de la palabra dada, reconocimiento del otro como parte de un mismo cuerpo social.

Lo mismo ocurre con la apelación al deber, al trabajo bien hecho y al espíritu de servicio. En una época que premia la inmediatez y relativiza la responsabilidad, volver a poner en el centro la excelencia diaria no es un gesto menor. Es una forma de reconstruir confianza desde lo concreto, desde aquello que cada persona puede hacer mejor en su propio ámbito.

La austeridad y la sobriedad, por su parte, tienen un valor ejemplar especialmente relevante en quienes ejercen el poder. No solo porque contribuyen a un uso más cuidadoso de los recursos, sino porque transmiten una señal: el servicio público no es un espacio de privilegio, sino de responsabilidad. Estas disposiciones pueden reducir brechas simbólicas profundas existentes entre autoridades y ciudadanos.

Pero quizá el elemento más decisivo sea la unidad. No como consigna vacía, sino como intención real de construir un horizonte compartido. La unidad no elimina el conflicto, pero lo encauza; no borra las diferencias, pero las ordena en función de un bien común.

La historia muestra que las transformaciones duraderas no se sostienen únicamente en buenas políticas públicas, sino en valores y costumbres virtuosas que las hacen posibles. Por eso, resulta crucial que el Presidente y su equipo de colaboradores no solo los enuncien, sino que los vivan de manera consistente. El buen ejemplo permanente, más que el discurso, tiene una fuerza pedagógica incomparable.

La cultura cotidiana no ocupa titulares, pero define destinos. Si esta nueva impronta logra arraigarse, puede ser el cimiento de una vida social más justa, amable y humana. En ella se juega, en importante medida, el futuro de Chile.

Por Álvaro Pezoa, Director Centro Ética y Sostenibilidad Empresarial, ESE Business School, Universidad de los Andes

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