Por Rodrigo Herrera-CamusLa ciencia es vital

Escribo esta columna en mi calidad de Director del Núcleo Milenio de Galaxias (Mingal), pero también desde una pieza de hospital donde recibo tratamiento para una enfermedad crónica autoinmune. Ninguna de estas dos realidades en mi vida sería posible sin el apoyo del Estado —un apoyo que, a esta altura, para mí es vital.
Puedo explicarlo. Si no fuera por los avances científicos en medicina y por la Ley Ricarte Soto, mi calidad de vida estaría amenazada y probablemente ya se habría deteriorado de forma irreversible. Cada vez que comienza la infusión del medicamento, pienso en todos los profesores, investigadores, estudiantes y equipos de trabajo que pusieron sus capacidades y recursos —muchas veces con sacrificios personales y económicos— para que hoy exista un tratamiento capaz de disminuir la progresión de la esclerosis múltiple que me aqueja. Y pienso también en la esperanza que me da saber que esa comunidad extraordinaria de colegas científicos, que no conoce fronteras ni desafíos imposibles, seguirá trabajando para encontrar una cura, para que las generaciones futuras puedan tener una mejor vida que la mía.
Aquí aparece el primer punto que me gustaría subrayar: nada de esto sería posible sin financiamiento público para la ciencia. Ha sido ese financiamiento el que ha contribuido, a lo largo y ancho del mundo, a estudiar esta enfermedad y desarrollar los tratamientos que hoy existen. Y ha sido también la alianza entre lo público y lo privado la que hace posible que esos medicamentos se desarrollen, y yo pueda recibirlos aquí, al fin del mundo.
Y la gran mayoría del tiempo, cuando no estoy en el hospital, tengo el privilegio y la alegría de dirigir un centro de investigación llamado Mingal (www.nucleomingal.cl), financiado por el Estado a través de la Iniciativa Científica Milenio del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. El objetivo de MINGAL es estudiar cómo se formaron y evolucionaron las galaxias en el Universo; cómo el cosmos fue construyendo, pacientemente, estructuras tan hermosas como nuestra propia Vía Láctea.
No voy a mentir: esta investigación, en términos de aplicaciones inmediatas a problemas “reales” del ciudadano común —como, por ejemplo, tratar mi enfermedad— parece no tener impacto alguno. Sin embargo, quisiera pedirles una oportunidad para explicar por qué creo que el Estado debe financiar este tipo de ciencia, desde dos dimensiones distintas: la del desarrollo y la humana.
Desde el punto de vista del desarrollo, Chile está camino a convertirse —si es que ya no lo es— en la capital mundial de la observación astronómica. La inversión en observatorios y capital humano realizada en suelo chileno por organizaciones internacionales como el European Southern Observatory o el Carnegie Institution for Science supera con facilidad los miles de millones de dólares, y seguirá creciendo con la construcción del Extremely Large Telescope y otros proyectos de gran envergadura. ¿Quién trabajará en Chile con estos instrumentos de clase mundial para empujar las fronteras del conocimiento? Gracias al financiamiento que recibe Mingal, hoy somos capaces de atraer y contratar a astrónomos y astrónomas jóvenes y talentosos que, tras doctorarse en universidades de primer nivel en el extranjero, regresan a Chile para contribuir a su desarrollo. Pero quizás lo más importante: estos investigadores forman a la siguiente generación. En MINGAL, estudiantes de pregrado y postgrado de universidades chilenas trabajan junto a astrónomos de clase mundial, adquiriendo herramientas y una forma de pensar que trasciende la astronomía, y que Chile necesita para competir en cualquier área del conocimiento. Con los fondos de MINGAL, por ejemplo, dos de nuestros estudiantes de Valparaíso viajaron a Alemania para visitar al Premio Nobel de Física 2020, Reinhard Genzel. Otras dos investigadoras de Concepción fueron a exponer sus resultados en uno de los centros astronómicos más importantes del mundo, la Universidad de Cambridge, en Inglaterra. Son tan solo dos ejemplos entre muchos.
Otro rol clave que cumplen los Centros de Investigación Milenio es su capacidad descentralizadora. En el caso de Mingal, la mayor parte de nuestro equipo trabaja desde las regiones del Biobío y Valparaíso. Desde allí analizamos observaciones obtenidas en los grandes observatorios del norte de Chile, publicamos en las revistas científicas más prestigiosas del mundo y colaboramos con los principales centros astronómicos internacionales. En otras palabras, el financiamiento público de la ciencia no solo produce conocimiento: también permite producirlo desde regiones. Y esto importa. Chile solo podrá crecer y desarrollarse plenamente si ese desarrollo incorpora verdaderamente a las regiones. Un país que concentra sus oportunidades, capacidades e instituciones en la capital termina concentrando también su futuro, mientras el resto observa desde la distancia.
En mi opinión, existe otro argumento igualmente importante que se suma al desarrollo: el humano. El financiamiento público de centros de investigación permite algo que rara vez aparece en los indicadores de productividad científica o económica: inspirar. Ya sea que el foco de la investigación esté en los océanos, el cerebro, los virus o el Universo, estos centros llevan conocimiento y curiosidad no solo a rincones apartados del país, sino también a sectores de la sociedad que históricamente han tenido poco acceso a la ciencia y a las oportunidades que ella abre. En el caso de MINGAL, eso incluso significó viajar con telescopios hasta el remoto archipiélago de Juan Fernández.
Pero no se trata solo de acercar el conocimiento, sino también de construirlo colectivamente a través de la ciencia ciudadana. Próximamente lanzaremos en MINGAL un portal llamado Manos a la Ciencia, que invitará a estudiantes de todo Chile a clasificar miles de galaxias reales según su forma. Parece una tarea sencilla, pero detrás de ella existe una pregunta científica profunda: ¿por qué el Universo produce tanta diversidad de galaxias? Las clasificaciones realizadas por niños y jóvenes chilenos serán un insumo real para las investigaciones de nuestro equipo. Y eso es precisamente lo importante. Necesitamos encender en nuestros niños y jóvenes esa chispa: la de hacerse grandes preguntas, la de entender que no todo está descubierto, la de imaginar que ellos también pueden contribuir al desarrollo de la humanidad.
Volviendo a la pieza de hospital desde donde escribo, cuando termina mi infusión y regreso a casa, pienso en ambas cosas: en el medicamento que frena mi enfermedad y en todo el trabajo que puedo continuar realizando junto a mis queridos colegas descifrando galaxias desde Chile. Dos mundos que parecen lejanos, pero que comparten un mismo origen: la búsqueda de conocimiento sostenida por el Estado.
Por Rodrigo Herrera-Camus, Director Núcleo Milenio de Galaxias (Mingal), académico del departamento de astronomía de la Universidad De Concepción.
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