Por Felipe RetamalEmotiva, sólida y teatral: la memorable noche de Candelabro en La Cúpula
Con una puesta en escena propositiva y un público en silencio reverencial, Candelabro presentó en La Cúpula Deseo, carne y voluntad como una obra total: ambiciosa, política y profundamente generacional. Sin mayores aspavientos ni invitados innecesarios, el grupo montó una de las presentaciones más destacadas del año.

La luz baja y el humo emerge suave entre la oscuridad. Como si fuera un monaguillo blandiendo el incensario tras el párroco, una humeante entrada de Nahuel Alavia, de alguna manera santiguando el escenario, arrancó el primer aplauso de la noche. Mientras el frío del otoño tardío bajaba por Santiago, Candelabro mostraba de entrada que el lanzamiento de Deseo, carne y voluntad, elegido por Culto como el mejor disco chileno de la temporada 2025, sería una noche especial.
Fue una presentación que en la noche del miércoles 20 se sintió como una ceremonia, pero a la vez fluyó con pasmosa ligereza. A ratos pareció algo fuera de tiempo. Aunque el álbum salió en el tercer trimestre de la temporada pasada, su lanzamiento programado meses después no es lo habitual en el negocio. Pero lo más importante es que encuentra al grupo en una posición distinta, un nuevo referente local que ha consolidado su lenguaje.
Por ello, es que el breve espacio de La Cúpula, que recibe a dos mil y fracción personas de pie, supone un desafío y una reflexión; un guiño a la historia del grupo como una fuerza emergente del rock alternativo, pero que está por dar el paso. Según el fallecido Charles R. Cross, comparándolo con el ascenso de Nirvana, ese es el mejor momento de una banda.

El espectáculo, que tuvo la dirección de Javiera Donoso y Germán Pavez (quien estuvo a cargo de la dirección del video de Prisión de carne) se montó en actos. Todo en torno al disco. Aquel es el eje de comienzo a fin, ejecutado en estricta secuencia.
Apenas Luis Ayala -vestido como monaguillo- toca el intrincado riff de Domingo de Ramos -que seguro se meterá entre los recordados del rock chileno- una mesa con sus respectivos parroquianos se ubicó en el centro, como compartiendo el vino y el pan. Un momento que fluyó y se vio como una referencia a las fotos promocionales del disco, y asimismo a la chilenidad de una familia de clase media. Y dejaba en claro que el show tendría un relato paralelo con un sentido teatral. Mientras, Carlos Muñoz pasaba al piano blanco de inspiración Jaivesca montado a un costado, dejando en claro que es un músico natural.
La mesa salió del escenario con igual discreción como entró. Señal del siguiente momento, el de la Confesión. Una estructura que emulaba un confesionario, con blancos visillos, sirvió de espacio para Matías Ávila, cuando sonó la introducción de Prisión de carne. Dentro, en una cabina, la silueta de Javiera Donoso apareció a contraluz para sorpresa del público. Una suerte de sacerdotisa entregando la absolución, mientras la batería de Franco Arriagada desparrama síncopas. Se quedará ahí para cantar Tumba.
La iluminación fue clave en la narrativa del espectáculo generando ambientes. Y también sirvió para destacar los momentos de los músicos. Sucede cuando María Lobos toca su solo de saxo en Prisión de carne. El segmento confesional cierra con Matias y Javiera cantando Ángel -la primera canción trabajada para el disco- sentados frente al confesionario, como en una plaza.

Entre bloque y bloque, el silencio del público era estremecedor. Casi como un público de teatro. Aunque sonó algún que otro grito, la atención era tal que nadie parecía querer interrumpir. Tramo siguiente, el del Juicio, tuvo a la fuerza del grupo como eje. El grito de Matias Avila introduce Pecado, la canción surgida a partir de la imagen de un pordiosero que cruzaba la calle desnudo en Estación Central -además la única canción compuesta al piano por Ávila-. Señal para las banderas que aparecen flameando entre el público en la cancha y las plateas, luciendo la estrella que se ve en la portada del álbum.
El ritmo intenso de la canción, un guiño al ska, enciende al respetable juvenil. El mosh es inmediato. Su letra, de las más políticas de la noche, parece cantarse sola. El recitado final (“Este, ese y aquel tienen familias felices y bien hechas…”), tuvo a Matías Ávila en un estrado al estilo de una parroquia como si estuviera haciendo la primera lectura o el salmo responsorial, mientras suenan los bronces llenos de carácter -con un cierto aire balcánico que le suma misterio- detrás. Luis deja la guitarra y se acerca a las primeras filas a gritar la línea final, la de Dios no elige a su pueblo, el pueblo elige a su Dios. Y al sonar el último acorde, el respetable dedica un grito, duro, desahogado e intenso contra el presidente José Antonio Kast.
El bloque cierra con los dos siguientes cortes: Tierra Maldita, que suena cruda. Mientras María tocaba el solo de saxo, Nahuel hacía el gesto de la absolución hacia el público. Los bronces son claves en el sonido de Candelabro; llevan a la música del grupo a un rincón exótico y familiar a la vez. Y reencuentra la ambición de Congreso y Fulano en un marco más accesible para las nuevas generaciones. Después, bañado en una luz azul que lo tomaba desde atrás, Matias Avila cantó la canción que da título al álbum.

Las luces bajan para el cuarto bloque y final, el de la Asunción. Si en La Voz de los 80 está No necesitamos banderas como una declaración frente al momento social, en Deseo, carne y voluntad, ese lugar lo llena Fracaso. Tras un cambio de vestuario -todos de blanco excepto Carlos Muñoz que mantuvo el negro- regresan al escenario. La petición “dame algo en que creer, no lo soltaré”, suena como un desahogo generacional. Parte de lo que explica el impacto que ha logrado Candelabro.
María Lobos deja por un momento el saxofón y arranca cantando Tres Flores Blancas, alternando con Javiera. Una sillón de madera adornado con flores sirvió de apoyo para Matías. Fue retirado después, mientras sonaba Cáliz, por dos discretas chicas vestidas de negro. Cuando el tema se apaga, Carlos le pone una máscara blanca a Matias Avila, de alguna manera emulando a un hombre sin rostro. Luego, es tomado de los brazos y es sacado del escenario.
Reaparece, momentos después, resucitado y luciendo la máscara. Canta el tema final José, desde la parte superior de las escalinatas en las plateas, luego baja, camina y canta entre los espectadores. Un final impactante para un show que, aunque teatral, tuvo una puesta en escena sin demasiado aspaviento. El álbum está pensado a la manera de una obra total. Ni más, ni menos. La música además es potenciada por el sonido de sala de Gonzalo “Chalo” González, un hombre esencial en el rock chileno de los últimos 30 años; su oreja estuvo a disposición de Los Prisioneros en aquellos memorables hitos del Estadio Nacional y en el regreso de Los Bunkers, incluyendo la gira acústica.

Un intermedio da tiempo a la banda para dar unas palabras. Matías Ávila no repite el discurso más político de la presentación en Lollapalooza y opta por saludar a su padre que venció al cáncer, y aprovecha de presentar a cada uno de los músicos.
Candelabro ya ha tocado el disco completo y el bis se dedica a material del primer disco, el pandémico Ahora o nunca (2023); el contraste con el material de Deseo, carne y voluntad, es muy marcado. En ese debut sonaban como otro grupo indie más salido de la escena de Rojas Magallanes, pero el salto posterior denota una notable madurez compositiva para lo jóvenes que son. Clave fue la consolidación de su alineación y el trabajo colaborativo. Y lo que le faltaba a la noche, la petición espontánea del público terminó incluyendo la animada Dedo Chico. Ya acercándose la hora de cierre del metro, el espectáculo finiquita con Madre. La sensación compartida es la de haber visto un concierto memorable; una sensación análoga al haber visto a Los Prisioneros en el Estadio Chile o a Los Bunkers en el Providencia. Una noche de rock y ambición artística que mostraron a un septeto sin miedo a explorar.

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