¿Puede la derecha ser feminista?
Si se cruzan el reciente 8M con la llegada al poder de José Antonio Kast, la pregunta del epígrafe surge casi de manera natural. Pero no porque quepa exigirle a un eventual “gobierno de emergencia” que se declare feminista. La cuestión es más de fondo: se vincula con si en el ethos de la derecha cabe realmente el feminismo. Y, aunque siempre existen excepciones que confirman la regla, los comentarios que suelen escucharse sugieren que el feminismo es percibido como una causa ajena y eminentemente de izquierda.
De hecho, en estos días pudo apreciarse que muchos de esos comentaristas —incluyendo a algunas mujeres— asocian el feminismo con su peor versión: una versión estridente, performativa y provocadora, más orientada a impactar mediáticamente que a ofrecer una reflexión intelectual o una propuesta sustantiva. Sin embargo, esa no es la única cara del feminismo. Existe también una tradición reflexiva y propositiva que puede rastrearse en numerosos autores a lo largo de la historia, especialmente desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Pensadores como Mary Wollstonecraft o John Stuart Mill defendieron la igualdad entre hombres y mujeres desde la libertad individual. En términos simples, entendían la igualdad femenina como la extensión o vindicación de los mismos derechos de que ya gozaban los hombres. Más tarde, en el siglo XX, autoras como Betty Friedan o Susan Moller Okin contribuyeron a renovar esa reflexión al denunciar algunas formas más sutiles de subordinación femenina, tanto dentro como fuera del espacio doméstico.
Esta distinción no es importante por un simple capricho intelectual, ni solo porque la teoría feminista contenga reflexiones profundas dignas de estudio académico. También lo es en términos políticos. ¿Posee la derecha, considerada en su conjunto, un discurso de fondo capaz de fundamentar políticas públicas relacionadas, directa o indirectamente, con las mujeres? ¿Podrá ella responder a los argumentos que, tarde o temprano, provendrán de ciertos feminismos de izquierda, algunos de ellos abiertamente esencialistas y críticos de la democracia liberal? ¿Puede ese discurso encontrarse fuera del feminismo, incluso fuera del feminismo liberal?
Si con el paso del tiempo la noción de “emergencia” termina convirtiéndose en una herramienta omnicomprensiva, resulta difícil pensar que la situación de las mujeres pueda solo abordarse desde un enfoque asistencialista o ejecutivo, sin un repertorio conceptual más amplio. Inevitablemente habrá que optar: o se defiende, desde un marco conceptual sustantivo, la igual libertad de las mujeres; o, quizás bajo la excusa de la emergencia, se termina reforzando —por no decir restaurando— el rol accesorio y subordinado de ellas en la sociedad. La buena noticia es que no es necesario optar entre conservadurismo y socialismo. Basta romper, como tanto insistiera Karl Popper, con el mito de que el origen determina el destino. En este desafío consiste, precisamente, la diferencia entre una sociedad abierta y una sociedad cerrada. También para la mitad del género humano.
Por Valentina Verbal, Horizontal
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