Quedarse en los conceptos
A propósito de la controversia sobre la expresión “Estado en quiebra”, el Presidente Kast insinuó que no conviene enfocarse (“quedarse”) en los conceptos. La vocera de Gobierno reprodujo luego la misma consigna: “No nos vamos a quedar en la discusión de un concepto”. Estas declaraciones no parecen casuales. Esconden una doctrina: los conceptos serían un artefacto intelectual inútil, algo que enreda un debate político en lugar de aclararlo. ¿Por qué no quedarse en el plano de lo llano, simple e intuitivo? ¿Por qué preferir los conceptos si podemos sustituirlos por ideas sencillas y flotantes, funcionales a los deseos y expectativas de hablantes y oyentes?
Hay múltiples razones, individuales y sociales, para aferrarse a los conceptos, con la misma porfiada voluntad con la que un náufrago se aferra a una tabla de salvación. En primer lugar, los conceptos permiten crear orden ahí donde solo hay facticidad inconmensurable. Ellos evitan el caos mental. Tienen funciones cognitivas. Sirven, como reza un dicho español, para “tener una cabeza bien amueblada”. Permiten encasillar y dar consistencia a las distintas partes de un mundo complejo. Los conceptos integran redes de relaciones y redes de sentido. De ahí que un concepto nunca exista solo y fuera de una concepción del mundo.
En segundo lugar, los conceptos cumplen también funciones colectivas. Ordenan la realidad social y se comportan como puentes entre lo cognitivo y lo institucional. A través de ellos vinculamos ciertos hechos (v. gr. un asesinato) con determinadas consecuencias político-jurídicas (v. gr. un juicio o una pena). Dotados como están de un grado aceptable de unidad estructural y de estabilidad histórica, los conceptos confieren previsibilidad y objetividad a las decisiones adoptadas al interior de una comunidad política.
Vaciar de contenido un concepto, volverlo extremadamente elástico o sustituirlo por otras nociones menos estables o robustas puede implicar desarmar o corroer las bases de un engranaje institucional. Corromper los conceptos, por consiguiente, es el primer paso para corromper o corroer las instituciones. Veamos lo ocurrido en EE.UU. Donald Trump ha declarado sin empacho alguno que, para eludir la exigencia institucional de contar con aprobación legislativa para desplegar acciones armadas fuera de su país, ha preferido utilizar la fórmula “operaciones militares” en lugar del concepto “guerra”.
Es peligroso degradar los conceptos o equipararlos con las meras intuiciones o percepciones. Si bien en una democracia, cada persona puede adscribir y defender libremente cualquier creencia, eso no implica que todas las ideas sean igualmente válidas o que los conceptos sean per se maleables. Tras los conceptos hay tradiciones de pensamiento bien asentadas que les dotan a aquellos de una especie de presunción de validez cultural. Para derrotarla, racionalmente hablando, se requiere bastante más que una idea mañanera, un eslogan ocurrente o una percepción personal.
Por Yanira Zúñiga, Profesora Instituto de Derecho Público Universidad Austral de Chile
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