Resolución de conflictos estatales: ¿qué costos conlleva no contar mecanismos adecuados de solución?

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Hablemos sobre los costos que envuelven las decisiones. Se ha discutido bastante si era predecible el conflicto que sacude al país en estos días, desde mi perspectiva la pregunta debiera ser otra: ¿Por qué aún no contamos con los mecanismos adecuados que colaboren en la gestión y solución de aquellos? ¿Es inocuo este vacío? Ciertamente no, pues se traduce en cuantiosos costos económicos y emocionales de toda la ciudadanía.

Hemos transitado en penumbras, sin saber qué ocurrirá, si se irá a resolver el conflicto o no, cómo y quién podrá hacerlo. Mientras tanto, vamos perdiendo certezas y seguridades que dábamos por descontadas, y que han terminado mermando –de algún modo- nuestra calidad de vida. Desde fuera podemos observar cómo se ofrecen soluciones intuitivas que han resultado en la práctica contraproducentes, a ratos ininteligibles y, muchas veces, poco eficientes, por lo que estimamos que se requiere un mecanismo claro que trace un punto de partida para poder avanzar y recobrar el camino de la confianza.

En otras palabras, lo relevante ahora no es si el conflicto pudo haberse evitado o no, sino qué hacemos como país para resolverlo y en esto se torna imprescindible el diseño de un dispositivo que trace escenarios probables frente a determinadas decisiones y los procedimientos que debieran emplearse en la solución de aquel. En suma, responder con qué recursos deberemos contar para salir de este escenario del mejor modo posible. Esta decisión, sin duda, redundaría en una mejor intelección y razonamiento del conflicto y permitiría alcanzar soluciones aceptables que no generen un efecto rebote.

No es tarde para ello. Entender el conflicto como inherentes a la condición humana, nos ha permitido avanzar en mejores diseños sobre su manejo y posibles soluciones. Despejar las distintas variables a considerar, jerarquizarlos de acuerdo a su grado de importancia o premura, establecer interlocutores válidos, son eslabones que resultan a todas luces insoslayables.

Debemos recordar que aun cuando el conflicto tiende verse desde una perspectiva negativa, pues puede generar rupturas, también es cierto que desde la otra vereda lo podemos percibir como un nutriente elemental para alcanzar mejores estándares de convivencia. En otras palabras, bien resuelto puede traducirse en una herramienta de crecimiento. Desde este punto, los conflictos podemos entenderlos como una tensión poco saludable, pero también como la base de una necesaria reflexión y avance en cualquier campo de las relaciones humanas. Sin conflicto no hay progreso, ni menos aún transformación, pues este necesariamente nos saca de nuestra zona de confort y nos alienta a revisarlo desde diversos puntos de vista.

La inercia provoca que no se mire de frente al conflicto, lo que conlleva que no se gestionen ni correcta ni oportunamente sus posibles soluciones. Aquí anidan varios elementos, como la incomprensión de estos o los naturales miedos que provocan resistencia en el actuar. A partir de ello, se intenta eludir el problema, ocultarlo bajo la alfombra, pero estas conductas lejos de aminorarlo sólo aumentan su volumen, llegando incluso a dimensiones irracionales, haciendo más difícil su solución. En otras palabras, la omisión no es gratis, por ello los implicados deben tener la suficiente razonabilidad para afrontar el o los conflictos a tiempo y evitar una explosión que puede dejar huellas más profundas.

La ausencia de este mecanismo se conecta con una inadecuada gestión de los conflictos (forma), respuestas insuficientes (fondo), y las consiguientes responsabilidades de quienes adoptan las decisiones (consecuencias). En vista de ello, instaurar un dispositivo adecuado debiera ser un paso obligado de toda organización pública o privada, sobre todo los que atraviesan al Estado. Su ausencia sólo puede anudarse a una falta de visión, liderazgos mal entendidos o ejercidos, problemas de comunicación, o mera desidia.

Desde una perspectiva más acuciosa, una amplia literatura ha esbozado que todo conflicto sigue un camino más o menos estructurado. Estas fases son, a grandes rasgos, la incubación, manifestación, explosión, agotamiento y resolución. Primero se asienta es la oposición o contraposición, donde las partes son conscientes del conflicto y suelen involucrarse emocionalmente en el mismo. En este punto, el conflicto se intenta delimitar y se establecen distintas actuaciones en aras de promover su solución. Luego de ello, viene una etapa donde las intenciones de las partes deben depurarse y leerse adecuadamente. En este contexto, debemos considerar que las posturas de las partes no navegan por aguas quietas, de manera que no son fijas ni estáticas, sino que pueden cambiar de acuerdo con cómo evoluciona la respuesta esperada, ceder en algunas materias o transar en otras en función de la pronta solución. Quedarse en un lugar rígido no permite avanzar.

En la siguiente fase el conflicto se torna más visible, pues ya se han incorporado acciones, declaraciones y otras reacciones. Estos comportamientos suelen entenderse desde el prisma de las demandas e intenciones, sin embargo también es frecuente que se tomen desvíos de lo planteado originalmente, de manera que la flexibilidad es otro elemento a considerar. Finalmente, la interacción entre las partes permitirá llegar a un resultado que podrá ser calificado como positivo o negativo, dependiendo de las expectativas, costos y beneficios. En el primer caso, esto se puede traducir en una nueva frontera donde las relaciones se reanuden de forma satisfactoria, mientras que en el segundo se entenderá que el conflicto no ha sido resuelto del todo y seguirá madurante subterráneamente hasta que vuelve a emerger. Esto suele afectar el funcionamiento de las personas, grupos y organizaciones a corto y mediano plazo.

En este escenario, no sólo resulta prudente sino necesario, dar este paso y dibujar este mecanismo de solución. En el centro del debate debemos plantear las preguntas que resultan medulares: primero, de quién, cómo y cuánto recaudamos por impuestos como Estado, y en qué gastamos o invertimos lo que hemos recaudado; y dos, cómo queremos que el Estado y sus instituciones se organicen y estructuren en estos tiempos (Constitución Política). Para que las soluciones sean atendibles debe fijarse una meta factible como es la modernización del Estado, y construirse desde la participación ciudadana para validar y legitimar estos acuerdos, siendo función del Estado proveer los canales adecuados para estos efectos. En ello, y siguiendo a S. Weil, debemos tener presente que la rivalidad entre los seres humanos sólo puede ser superada cuando cada individuo pone un límite a sus propios deseos.

En suma, debemos aprender a mirar al conflicto desde la eficiencia y la conservación de las relaciones humanas, lo que evidentemente conlleva una nueva lectura del mismo, pues no se trata de perder o ganar, sino de consensuar las soluciones más apropiadas para cada caso. Desde luego no se trata de algo sencillo, ni menos aún puede considerarse factible que se solucione en un breve tiempo. Naturalmente el debate deberá plantearse de forma escalonada y por conductos institucionales. Lo relevante ahora es que las personas conozcan cuáles serán los pasos a seguir para ordenar las expectativas y aprovechar esta oportunidad.

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