Semilla ancestral de la revancha




SEÑOR DIRECTOR

Aunque para escribir una Constitución lo que se necesita es un papel y un lápiz, la Convención Constitucional ha decidido tomarse tres meses y medio para comenzar a redactar el contenido de fondo.

Por ello, es hora de recordar que existen dos formas principales de entender una Constitución. Una, decimonónica, la concebía solo como un documento sin valor realmente vinculante, en el cual se plasman los grandes objetivos políticos y sociales que debe perseguir la comunidad política. Sin embargo, el horror de los totalitarismos del siglo XX enseñó a Europa que una Carta Fundamental debe ser, además, un documento de valor jurídico destinado a limitar el poder.

Sin embargo, la permanente reivindicación de un importante número de constituyentes en favor de la violencia como herramienta política; el tratamiento de facto que otorgan a la minoría de convencionales de derecha; su negativa a permitir la entrada de la prensa a sus sesiones o no incluir en su reglamento cuestiones centrales para la vida e independencia de las personas, tales como la protección del que está por nacer, el derecho de los padres a educar a sus hijos, o la libertad de enseñanza -al mismo tiempo que se cuidan de enfatizar temas como la protección de la semilla ancestral-; son indicios que dan a entender que podría estar flotando una tercera forma de entender la Constitución. En este caso, ella no es un límite jurídico al poder, ni tampoco un documento meramente político. La ven como un documento que con la fuerza del Derecho, se asegurará de que los objetivos de transformación social fijados por sus redactores se cumplan, sin posibilidad de oposición.

Si usted es un amante de la libertad, es hora de vigilar de cerca la actividad de la Convención.

Rodrigo Poyanco Bugueño

Académico e investigador

Facultad de Derecho U. Finis Terrae

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