Opinión

Terrícolas ancestrales

Lanzamiento Artemis II. Foto: NASA

Cuando era niño, en el lugar donde vivía, un cerro imponía toda su presencia (en realidad, aún hoy lo hace, aunque de adulto se omitan esos detalles). Para ascenderlo, debíamos seguir un sendero, atravesar un alambrado e internarnos en un frío huerto de olivos. Como tras aquel cultivo corría un canal cubierto de arbustos, necesitábamos hallar el puentecito más cercano, situado junto a la casa de una señora independiente y sospechosa de brujería llamada Demófila (nombre que sugiere un linaje más bien democrático).

Una vez cruzado el cauce, comenzaba una larga senda zigzagueante que avanzaba de este a oeste entre cactus y diversos matorrales, principalmente litres, espinos, quillayes y guayacanes. Algunos tramos resultaban muy empinados, pero el relieve más abrupto era el contiguo a una gruta que albergaba una imagen de la Virgen María. Debido a que la gente, durante décadas, encendía velas allí, el suelo rocoso se volvía sumamente resbaladizo.

Tras detenernos en la gruta, en ocasiones continuábamos la travesía con el fin de alcanzar una enorme cruz situada en la cima. Las rutas que conducían a ella eran más complejas y exigían sortear otro canal. Como el terreno era muy empinado y estaba repleto de espinas, muchos niños preferían regresar. Quienes lográbamos llegar al pie del madero podíamos contemplar, hacia abajo, los diminutos tejados de las viviendas y los potreros de distintos matices, según estuviesen cultivados o no. Si nos sorprendía el ocaso, quedábamos frente a frente con el sol, sintiéndonos protegidos por la tensa estructura.

Y una vez conquistada esa cumbre, se hacía evidente que existía otra más alta, solitaria e imponente, donde un gran peñón parecía partido en dos. Algunos persistíamos hacia allá, por huellas muy borrosas. Decíamos: La Virgen, Jesús, Dios.

Esta escena, que podría pertenecer a cualquier sector rural enclavado en la cordillera de los Andes, me recuerda siempre lo siguiente: aquella inmensa cruz (y aclaro que esta no es una columna de post Semana Santa) había sido emplazada allí por alguien cuyo nombre nadie recordaba. Todos los que subíamos nos preguntábamos cómo lo habría logrado. Tal vez, pensé ya de mayor, trasladó los materiales y la construyó en el sitio mismo; quizá la arrastró con animales, como bueyes o mulas.

El hecho es que estamos rodeados de hitos de este tipo, desde esa cruz —de las que hay tantas— hasta las pirámides de Egipto. Los nuevos habitantes del planeta parecemos indignos de muchos logros de nuestra propia especie. Incluso ahora, con motivo de la misión Artemis II que ha ido a rodear la Luna, ha resurgido la hipótesis mediocratizante que sostiene que el ser humano nunca pisó esa fisgona de la Tierra y que todo fue un montaje de gringos.

Y es que las proezas de la humanidad han sido una mezcla de técnica, ingenio, astucia, valentía, perseverancia. La técnica puede ser emulada; las otras virtudes, menos.

Esos logros persisten como si nos recordaran que la historia no progresa exponencialmente, y que debemos hacer grandes méritos para empinarnos hacia los talones de nuestros mayores.

Por Joaquín Trujillo, investigador del CEP

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