Es tiempo de grandezas, no de pequeñeces

Manifestación en Santiago



La histórica marcha que tuvo lugar el viernes en Santiago -así como en otras regiones del país- ha constituido un punto de quiebre en nuestra sociedad, pues el malestar que se quiso visibilizar nos ha interpelado a todos. El hecho de que más de un millón de personas se haya manifestado pacíficamente en Plaza Italia y la Alameda constituye un valioso gesto cívico y prueba el inmenso poder que tiene el derecho a movilización cuando éste se ejerce en paz.

La enorme heterogeneidad de quienes se manifestaron supone que estamos en presencia de demandas muy diversas, cruzadas por un elemento en común que es el malestar respecto de las inequidades que persisten en nuestra sociedad. No hay líderes visibles en esta protesta, sino que nace desde la misma ciudadanía, y por lo mismo pretender apropiarse del movimiento o asociarlo con determinada visión ideológica resultaría sencillamente absurdo. Precipitarse en afirmar que la voz de los manifestantes ha de entenderse como un puro hastío hacia el actual modelo es antojadizo y soberbio -¿quién podría estar en condiciones de interpretar hoy correctamente el mensaje que allí se expresó?-, pero suponer que no hubo un llamado potente a corregir aspectos sustanciales del modelo -especialmente en lo que toca a cómo distribuir mejor los frutos del crecimiento- y que en muchos existe un sentimiento de malestar sería también un profundo error. Quizás si algo pudiera afirmarse sin temor a equivocarse es que ha sido una interpelación no a un sector específico, sino a todo el sistema político, social y empresarial del país, para que se haga cargo de estas demandas.

La tarea que ahora se inicia para procesar este conjunto de demandas y darles un adecuado cauce institucional, tal que dé respuestas efectivas, es ciertamente de proporciones, el mayor desafío sin duda desde el retorno de la democracia. Si a la generación post 90 le correspondió la delicada misión de llevar a puerto la transición, a la nuestra le tocará la tarea -no menos delicada- de cuidar nuestra democracia y generar a partir de este movimiento un mejor país del que ya tenemos. El riesgo de equivocarse en los diagnósticos y por esa vía causar daños irreversibles también existe, y por ello no se debe perder de vista las profundas dimensiones que están en juego.

Son tiempos que exigen generosidad, altura de miras, espíritu cívico y dejar de mirar exclusivamente los intereses propios. Aquello supone grandeza y la ciudadanía sabrá valorarlo. Por el contrario, todos aquellos que quieran sacar un rédito político de esta situación habrán perdido la oportunidad de aportar a las soluciones en un momento histórico. Los irresponsables llamados del Partido Comunista para que renuncie el Presidente de la República -buscando con ello provocar deliberadamente una crisis política-, los bochornosos incidentes protagonizados esta semana en la Cámara de Diputados, la mezquindad de algunos partidos de oposición -en particular del PS- de restarse a los diálogos con el gobierno son algunos ejemplos de falta de grandeza que tanto reclama el momento actual.

Los empresarios también tienen un rol muy importante que jugar. La falencia en el cumplimiento de ciertas reglas éticas sin mayor sanción -acrecentando la sensación de que se trata de grupos privilegiados- o la excesiva preocupación por los intereses propios, desconectándose de la realidad social, debe llevar también a una profunda introspección, y su misión ahora es cómo ayudar a que los frutos de una economía libre permeen mucho más.

Tras esta semana de movilización, se abre una nueva etapa en el país, y la principal misión recae ahora en la conducción del Presidente de la República. El Mandatario parece haber comprendido que para enfrentar los cambios que se requieren precisa de un nuevo diseño de gobierno. Es acertado entonces que haya solicitado a todos sus ministros poner su cargo a disposición, donde será indispensable que el nuevo gabinete sintonice mejor con el Chile que emerge.

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