Buen trabajo, ¡te ves muy linda!

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No elegimos en qué país nacemos, ni en qué región, pero absorbemos el acento de nuestro hogar como si fuera la forma natural de hablar. Lo convertimos en parte de nuestra identidad y en un punto de comparación respecto a los demás acentos de nuestro idioma.

Yo crecí en Perú y recuerdo que me sonaba extraño el acento chileno. Cuando recién llegué a vivir a Chile hace casi 20 años, me decían que hablaba cantadito, pero yo siempre sentí que mi forma de hablar era normal. Tras casi dos décadas inmersa en el acento chileno, durante un viaje a Lima –ciudad que fue mi hogar por muchos años– le percibí por primera vez el acento a los lugareños, ¡hablaban cantadito! Así como yo hablé y sigo hablando para algunos también.

Al igual que el acento, el género y la cultura en la que nacemos, tampoco los elegimos. Pero con el tiempo vamos absorbiendo normas sociales, que reforzamos con la educación y que yo acepté durante décadas como lo normal. Con esas estructuras en mente viví como hombre durante 36 años antes de reconocer ante el mundo que soy una mujer trans.

Desde el universo masculino que habitaba a través del nombre de Alejandro, las cosas se percibían diferentes. Internalicé como valor el mérito –esfuerzo y éxito bajo las reglas existentes– y desde ahí juzgué mi entorno. En lo laboral Alejandro era un hombre exitoso. Como ingeniero industrial trabajaba en el área de consultorías de una empresa importante y, si bien en mi área las mujeres no eran mayoría, en mi trabajo siempre han habido chicas. Incluso como Alejandro lograba percibir que habían cosas que sólo les sucedían a las mujeres en el ámbito laboral pero nunca las asocié con dificultades. Yo me remitía a mis reglas aprendidas, asumiendo que eran equivalentes y justas también para ellas. Cualquier diferencia de resultados profesionales era por falta de esfuerzo y mérito.

A veces veía cómo los jefes se les acercaban de formas diferentes, pero no lograba ver que eso era un problema. Por el contrario, creía que era para ellas una especie de ventaja porque podían darse predilecciones o porque recibían un trato más amable. Y era lo que se decía. La tipa llegó fácil al cargo porque era bonita. Esa típica excusa que todas hemos escuchado que por una parte objetiviza a la mujer pero que, por otra, menosprecia cualquier esfuerzo que haya hecho. Porque su logro nunca se explica por el mérito sino que llegó donde llegó porque es atractiva.

Ya desde el mundo femenino, como Alessia, seguí ejerciendo como ingeniera en un cargo de consultoría en sistemas y conforme transcurrían los días comencé a notar las cosas pequeñas que antes pasaban casi desapercibidas: me cedían el paso al salir del ascensor, me saludaban de beso, dejaron de usar garabatos en las conversaciones y algunos otros detalles que no consideré importantes pero que me llenaban de alegría. Porque incluir esos gestos en el trato significaba que me aceptaban en mi identidad como mujer.

Así fueron transcurriendo los días en la rutina hasta que me tocó hacer una presentación sobre un proyecto al que le había dedicado bastante energía. Era una exposición sobre la inclusión laboral en un auditorio grande, frente a 80 o 100 personas. Había gente que yo conocía de antes en el público y gente que veía por primera vez. Recuerdo que estaba un poco nerviosa ese día aún que no era mi primera presentación frente a un público como Alessia. Era un tema que yo dominaba y que, a mi parecer salió muy bien. La disertación fluyó y llegué al final conforme con mi trabajo y con el mensaje que había logrado transmitirle a la audiencia. Pero lo que me extrañó y me marcó de ese día no fue lo que pasó sobre el escenario, sino que lo que ocurrió cuando me bajé de él. Una amiga a quien yo conocía hacía tiempo se acercó a mí y me abrazó para felicitarme. En un puñado de palabras me abrió los ojos a una realidad que yo todavía no percibía cuando me dijo: ¡felicitaciones! ¡te ves muy linda! En ese momento quedé marcando ocupado. ¿Qué acababa de pasar?

Alejandro jamás habría recibido ese comentario. A él lo habrían felicitado por el contenido, asertividad, consistencia o alguna otra característica relacionada al desempeño. Alessia, por su parte, recibió un comentario estético muy cariñoso, hecho con la mejor de las intenciones, pero que relegaba a un segundo plano el desempeño profesional.

A partir de ese momento comencé a ver el mundo con un ojo más crítico y a comprender que los espacios profesionales no son neutrales. Nos dicen que sólo están medidos por el mérito y desempeño pero a las mujeres nos evalúan a través de un prisma de expectativas diferente: la estética es más exigente, la vida familiar está bajo la lupa. Las formas de comunicar y las de liderar son constantemente comparadas con el estereotipo masculino. Y es que hay muchas diferencias en las expectativas y exigencias que dificultan nuestro camino.

Hoy, desde los espacios en que participo, uso historias como esta para que hombres y mujeres puedan notar los diferentes acentos con los que la cultura nos habla según el lado de la frontera del género en el que habitemos. Lo hago con la esperanza de que, despertando consciencias, avancemos hacia una sociedad donde la igualdad de género no nos suene como acento extranjero.

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