Cuarentena: Volver a vivir con mi madre




Mi familia está compuesta por mi marido, mis dos hijos mayores -de mi primer matrimonio- y mi 'conchito', como le digo a mi hija menor, que aún vive en nuestra casa. Ella tiene 24 años y está estudiando. Y también está mi mamá, que tiene un Alzheimer avanzado, lo que implica que no reconoce a mucha gente. Pero a mí sí. No sé si sabe que soy su hija, pero al menos me distingue como alguien cercana.

Hace ocho años, cuando partió su enfermedad, ella vivía en nuestra casa. Éramos los seis. Para mí ella siempre fue una ayuda, sobre todo cuando mi hija menor era chica, porque como mi marido y yo trabajábamos era mi madre la que la recibía del colegio y se quedaba con ella en las tardes. Eso, hasta que noté los primeros signos de su enfermedad. Partieron siendo cosas chicas como que se olvidaba de algunos nombres o se desorientaba en las horas y días, pero de a poco aumentaron sus problemas de atención y orientación hasta el punto de volverse un peligro para ella misma.

Recuerdo una vez que mi vecina me llamó al trabajo para avisarme que sentía mucho olor a gas y que creía que venía de mi casa. Además, me dijo que había tocado el timbre pero nadie le respondía. Me asusté tanto que tomé un taxi para llegar rápido. Efectivamente el olor venía de mi casa. Mi mamá había cocinado y se había olvidado de apagar bien el gas. Por suerte ella se había ido al segundo piso a dormir siesta en una pieza donde hay un ventanal grande que, como era verano, estaba abierto de par en par. Pero si hubiese estado cerrado, la historia sería muy distinta.

A esto hay que sumarle que las personas que tienen esta enfermedad cambian su personalidad. Mi madre, que siempre fue una mujer afectuosa y delicada, tuvo muchos episodios violentos. A veces se quería arrancar, otras, cuando la obligaba a quedarse en la casa o a tomarse los remedios, respondía con gritos. Y un par de veces incluso con golpes.

Todas esas cosas me obligaron a tomar diferentes decisiones. Coticé cuidadoras, pero no estaban en mi presupuesto. En ese tiempo, además, mi marido jubiló, entonces tampoco en la casa había tanto espacio para que él, mi hija universitaria, mi mamá y una cuidadora convivieran sin que todo se transforma en un caos. La opción que me quedó fue llevarla a un hogar. Me daba pena, sentía miedo de que la trataran mal, pero estaba tan atada de manos que no me quedó más que averiguar.

Y tuve suerte. Le encargué a todas mis conocidas que me dieran datos y llegué a un lugar en el que trabajaba la hija de una de mis compañeras de colegio. Es una casa de reposo chiquitita, relativamente cerca de la nuestra. Nada muy lujoso, pero sentí la seguridad de que mi mamá iba a estar bien y mucho más segura ahí. Esto fue hace casi cuatro años. La fuimos a dejar todos juntos, incluso me dejaron dormir con ella la primera noche. Y desde entonces, la visité sagradamente todos los días después de mi trabajo.

Cada vez que entraba, se alegraba al verme. Me contaba sus historias. Algunos días me decía hija, otros me miraba con la misma cara que puso Winona Ryder en los premios SAG, pero a mí me hacía feliz verla ahí. Estoy convencida de que es un buen lugar.

Todo esto hasta que llegó el coronavirus. Mi madre por supuesto está en el grupo de riesgo. Además, hace unos días se determinó oficialmente que los hogares de ancianos tienen que entrar en cuarentena. Eso significa que no podría volver a verla por no sé por cuánto tiempo, pero peor que eso, que quizás no nos veríamos nunca más. Y eso si que no lo podría soportar.

Su cabeza no entiende de pandemias, ni cuarentenas, pero si de algo estoy segura, es que, a pesar de su estado, me espera sagradamente todas las tardes. Y privarla de eso sería acercarla a la muerte.

Hace dos días conversé con mi marido y mi hija y les propuse traer a la abuela de vuelta a la casa. Ellos me entendieron y me abrazaron. Este fin de semana la vamos a ir a buscar. Tuve que pedir un par de días de plazo para armarle nuevamente una pieza.

No sé cómo será esta etapa, otra vez todos juntos y, más encima, encerrados. Pero lo único que sé, es que cuando mi madre ya no esté, me voy a sentir tranquila, porque aunque ella a veces no me reconozca, yo me encargaré hasta el último de sus días de devolverle con la misma moneda la maravillosa madre y abuela que fue.

Lucía Salazar tiene 64 años y trabaja como vendedora.

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