Desaprender del amor romántico después de una relación fugaz: “Me di cuenta de que sigo cayendo frente a la conquista o esa idea de que alguien viene y te salva”




“Por segunda vez pasé mi cumpleaños encerrada. Separada hace poco del padre de mis hijos, este 2021 recibí mis 42 años sin la presencia ni el cariño tangible de mis personas queridas. No estaba entusiasmada con este día, a diferencia de años anteriores y temía a la nostalgia y a la sensación de soledad. Venía de pasar una semana difícil y el contexto de cuarentena me tenía desesperanzada.

Sin resorte a mis temores, tuve un día hermoso, acompañada de mis hijos que me hicieron fiesta y con los que bailé y canté. En ese contexto, y sin nada más que esperar, recibí de pronto una solicitud, cual desafío posmoderno a mi día, a ser parte de mi celebración virtual. Una propuesta para aceptar y abrirme a lo nuevo y desconocido, en un formato en el que nunca había indagado. A mis 42 años, con el corazón dañado, esto no estaba dentro de los planes, pero el ímpetu cumpleañero me hizo estar abierta a la posibilidad. Fue ese día que conocí a R, una persona de casi 50 años con la que pasé, a través de una plataforma virtual, las horas que quedaban de mi cumpleaños. Eran cerca de la una de la mañana y la conversación seguía fluida y sincera y yo, invadida por el egocentrismo cumpleañero, me entretuve indagando en las razones por las que le había llamado la atención; disfruté sintiéndome atractiva, interesante y deseada.

Así comenzó una relación fugaz que duró un mes. Al día siguiente el objetivo era darnos la posibilidad de conocernos en persona, sin un equipo electrónico de por medio. La conversación había sido tan profunda y genuina, que solo queríamos conocernos, tocarnos y ver nuestras caras. Antes del encuentro me sentí como una adolescente entusiasmada y cuando finalmente nos vimos, nos fundimos en un abrazo como si nos hubiésemos conocido hace siglos. Y en poco tiempo nuestras fantasías se alimentaron de futuros proyectos, posibles viajes, y el más pronto, la idea de celebrar juntos su cumpleaños número 50.

Hasta el último día que estuvimos juntos, nunca dudé, al contrario, estaba convencida de que el sustrato de nuestra relación era sólido. Una de las cosas que me había llamado la atención cuando lo conocí fue, de hecho, la convicción con la que me dijo que me iba a enamorar de él. Mi primera reacción fue desde el escepticismo y mi respuesta dubitativa; no me sentía preparada ni estaba dentro de mis planes cercanos embarcarme en una relación afectiva, pero mirando hacia atrás puedo identificar que aun así, caí rendida frente a las estrategias de conquista que forman parte del imaginario imperante del amor romántico, ese que hemos visto desde chicas y que nos enseñó que el amor todo lo puede y que es lo más fuerte. Y eso me jugó en contra. Cuando después de un mes le dije que lo amaba, él respondió que tenía miedo y que los fantasmas del pasado lo perturbaban. Así como entró a mi vida, finalmente salió; a través de un mensaje de Whatsapp que me mandó al día siguiente y en el que me dijo que no tenía intenciones de continuar y que su decisión era definitiva e irreversible.

Yo siempre he sido crítica del amor romántico y cuando me separé del padre de mis hijos, una relación de 11 años, viví un proceso profundo de reflexión, en el que me concentré en identificar las pautas que se repetían o que había naturalizado en mis relaciones afectivas. En mis divagaciones caí en cuenta que nunca había elegido a los hombres que han marcado mi vida y más bien mis relaciones habían surgido fruto de la decisión, el acercamiento y diversas fórmulas de conquista desplegadas por ellos. Me había propuesto firmemente romper esos patrones y desafiarme a decidir por mí, pero mi historia con R, por más fugaz, se convirtió en una triste paradoja de mi norte y los principios que había definido resguardar, ante cualquier posibilidad de una nueva relación. El día que lo conocí en persona, de hecho, no hubo cordura ni racionalidad. Me empecé a convertir en la mejor versión de una princesa encantada, que ciegamente se entrega a los brazos de un caballero andante, que le ha prometido el reino y le ha asegurado su felicidad.

Hoy, a unos días de haber terminado esa relación, por la cual me sentí engañada por las distintas fórmulas del amor romántico, y en un escenario virtual que no conocemos del todo y que justamente tiene que ver con estas nuevas formas de relacionarnos pero que al final se prestan para confusiones, puedo identificar que si bien el feminismo me ha enseñado mucho y abierto los ojos en cuanto a ciertas prácticas nocivas que hemos naturalizado, en la práctica aun me falta. He pensado mucho en la teoría versus la práctica, y en el hecho de que todos estos años pensé que estaba capacitada para reconocer las trampas y los vicios del patriarcado y poder prescindir de ciertas cosas, pero en realidad hay imaginarios que están muy arraigados. En el fondo, seguía rendida frente a ciertas narrativas y eso quedó en evidencia cuando caí rendida frente a R.

Este último tiempo he pensado mucho en cómo he enfrentado y cómo voy a enfrentar de aquí en adelante mis próximas relaciones, el rol que cumple el espacio virtual en todo esto, que en cierta medida viene a transformar el cómo nos relacionamos, pero que aún sigue siendo un poco nuevo, y finalmente sobre cómo en la teoría hemos aprendido pero en la práctica nos falta. Desde las ideas y la reflexión hemos abierto los ojos, pero seguimos buscando esa magia y seguimos cayendo frente a la conquista o esa idea de que alguien viene y te salva. Pero todo esto ha sido un ejercicio necesario, porque con estas palabras decreto mi intención de desapegarme y de tener control sobre mis emociones. Que por muy enamorada e ilusionada que haya estado, este episodio no a va a afectar mi camino de desarrollo personal, sino que será un aprendizaje y una confirmación de que mi autonomía y mi autodeterminación, dependen solamente de mí”.

Claudia Mattos tiene 42 y es madre de dos.

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