Las madres no están empoderadas, están sobrecargadas

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¿Empoderada o sobrecargada? Con esta pregunta me respondió la socióloga, Doctora en Historia con mención en Historia de Chile, Coordinadora del Núcleo de Investigación de Género y Sociedad Julieta Kirkwood, y parte del Departamento de Sociología de la Universidad de Chile, Silvia Lamadrid, cuando le pedí una entrevista para hablar sobre la evolución y el camino que recorren las madres hasta convertirse en mujeres empoderadas. Porque claro, cuando pensamos en madres empoderadas imaginamos mujeres que cumplen con su rol familiar, pero además son económicamente independientes de su marido y son exitosas en lo profesional. Algo que hace medio siglo sonaba revolucionario, ahora parece la norma. ¿Pero qué tan de fondo es este empoderamiento?

Hace un par de años la autora pakistaní Rafia Zakaria escribió una columna para The New York Times titulada El mito del empoderamiento de la mujer, en la que criticaba que medidas como proporcionar una máquina de cocer o regalar pollos (propuesta por Melinda Gates) se definieran como fuentes de empoderamiento femenino en países en vías de desarrollo. "La hipótesis que subyace tras estas donaciones es la misma: el empoderamiento femenino es un tema de índole económica que puede separarse de la política", postula Zakaria, "así es posible que un benévolo donador de Occidente que ofrezca máquinas de coser o pollos resuelva el problema y libere, así, a las mujeres de India (o de Kenia, Mozambique o de cualquier lugar del Sur Global) de una vida sin aspiraciones de poder".

Lo que hay aquí es un error que, según explica Lamadrid, proviene de las primeras luchas feministas de la década de 1970. "La mujer ha conseguido muchos avances con la lucha del movimiento feminista en países desarrollados, pero consiguieron progresos en la vida pública y olvidamos que había que cuestionar mucho más, porque no bastaba con abrir esos espacios, sino que había que cuestionar lo que pasaba con el mundo doméstico", plantea. "No se politizó el trabajo doméstico y no se cuestionó que se siguiera haciendo gratuitamente y supuestamente por amor", agrega la socióloga, "no fue convertido en un problema político y social, sino que mucho más recientemente se empezó a plantear que esto también es trabajo". Según explica, en la medida que este trabajo es gratuito se invisibiliza y solo vuelve a ser visible cuando es pagado, mientras que cuando quien lo hace es la esposa o la madre, es como si no existiera. "Pero el mundo no funcionaría si las mujeres no hicieran esas cosas".

Luego, mientras entrevistaba a Silvia Lamadrid, me volví a equivocar, preguntándole si es que acaso las mujeres casadas con hijos querían demostrar que además de su rol familiar podían cumplir con su trabajo y sus relaciones. "Para la mayoría de las mujeres chilenas no se trata de demostrar nada, sino de llegar a fin de mes", me corrigió. Y con razón: "La mayoría de las mujeres chilenas no trabaja por realización, somos muy pocas las afortunadas que lo hacemos", me dijo.

"Hay muchas mujeres en el sector popular que, entre comillas, se quedan en la casa, porque toda la investigación que existe apunta a que estas mujeres en realidad hacen miles de cosas", asegura la especialista en investigación de género y sociedad. Y añade: "Conozco muchas familias que no habrían salido adelante si no fuera porque al sueldo visible del marido se sumaban todas las cosas que hacía la mamá en la casa, como vender comida y arreglar ropa, además de tener la pega de gerente". Pero no estamos frente a una problemática que solo incluya a los sectores populares o más vulnerables, pues es algo que toca también a la clase media y más acomodada, donde la carga doméstica se vuelve la base de la brecha salarial en cuanto las mujeres difícilmente pueden competir con hombres que tienen más tiempo libre que ellas.

Según datos entregados por el Instituto Nacional de Estadísticas, las chilenas usan en promedio 7 horas al día en tareas domésticas, mientras que los hombres se dedican a estas mismas tareas durante no más de 3 horas. Cómo no va a ser, entonces, que según el último informe Global Gender Gap del Foro Económico Mundial, en Chile la brecha sea del 27%.

La maternidad que viene

La irrupción del coronavirus a nivel sanitario, económico y social hizo que todo pronóstico se fuera por la ventana. Mientras sigamos viviendo esta crisis seguirá la incertidumbre sobre sus efectos, pero para Lamadrid hay un par de cosas claras que desde ahora se pueden prever: "Hay mayor diversidad en los modelos familiares, donde vemos aparecer con mayor frecuencia a madres solas y familias recompuestas", explica, y añade: "esto implica cuestionar el rol patriarcal del hombre, porque en algunos casos veremos que habrán dos figuras paternas- el padre biológico y la nueva pareja de la madre-, y por lo mismo viene una redefinición de roles y de afectividades, donde incluso la idea de pareja está en cuestión".

Así, pues mientras hace 20 años las mujeres se casaban con la esperanza de un "para siempre", ahora existe mayor consciencia sobre otras realidades y otras maneras de hacer familia, con más de un papá o más de una mamá con distintos roles de crianza.

Es difícil adivinar qué pasará con el rol de las madres, sobre todo considerando que la crisis actual, que llevó a hombres y mujeres a trabajar desde las casas, planteó de frente el doble trabajo que las mujeres llevaban haciendo por años. "Esto del teletrabajo y de trabajar desde la casa con los niños, que tanto está agobiando a algunos hombres, para las mujeres es una realidad que existe desde siempre".

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