"La gente de mi edad no conoce la marca, pero las personas de 50 sí. Se acuerdan de que sus abuelos se tapaban con estas frazadas. Y es que antes las cosas se heredaban", Antonella Casaccia

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La fábrica de frazadas El Castillo lleva casi 90 años funcionando en el mismo terreno en la comuna de Recoleta. Y si bien ha ido evolucionando con los años –ha crecido pero también ha tenido que optimizarse al máximo para ajustarse a los tiempos–, en esencia sigue siendo la misma que fundó a principios de 1900 un inmigrante italiano que llegó a Chile desde Rapallo, una localidad en el norte de Italia, con solo 15 años.

Parte del sello de este negocio familiar ha sido el que todos los integrantes de clan que se han integrado lo han tenido que hacer temprano y de forma un poco abrupta. Antonella, la última de los Casaccia en entrar a El Castillo, también lo hizo muy joven. Y antes que ella, su papá tuvo que hacerse cargo de una empresa que le daba trabajo a más de 90 personas con solo 22 años. Incluso antes, el abuelo de Antonella empezó trabajando en el negocio familiar a los 15. "Si bien yo tenía recién 23 años cuando terminé mi carrera y decidí venirme a trabajar con mi papá y siempre me dieron la opción de hacer otra cosa si lo hubiese querido, pensé 'todo esto lo empezó mi bisabuelo, ¿cómo va a morir aquí?'", cuenta la ingeniero comercial. "Hay un amor a la familia y un respeto hacia la trayectoria y lo antiguo, y yo no quería que eso desapareciera".

Para Antonella, trabajar acá es también hacer patria. Cuenta que en Chile cada vez quedan menos industrias textiles y que El Castillo es uno de los pocos frazaderos sobrevivientes. "Nadie hace lo que hacemos nosotros, que es crear la frazada desde cero. Compramos la lana directamente de los ovejeros, hacemos nuestra propia mezcla acá en la fábrica, teñimos, hilamos y tejemos. La mayoría trae las lanas desde el extranjero y las tejen. Otros incluso traen rollos de paño ya tejidos y solo les ponen una huincha de tela en el borde y con eso ya pueden etiquetarlas como frazadas hechas en Chile", explica. A pesar de que se siente orgullosa del producto que junto a los cerca de 30 operarios y administrativos crean a diario, sabe que el panorama es complejo para industrias como esta. "La gente de mi edad no conoce la marca, pero las personas de 50 años o más sí conocen nuestros productos y se acuerdan de que incluso sus abuelos se tapaban con estas frazadas. Y es que antes las cosas se heredaban".

Antonella tiene muchas anécdotas de las reacciones que tiene la gente cuando cuenta que trabaja en esta fábrica de frazadas. Desde personas que le han dicho que su familia los ha abrigado toda su vida, hasta señoras mayores que han llorado recordando por cuántas generaciones de su familia pasó una de las frazadas de la marca antes de llegar a sus manos. Y es que pareciera ser que, como dicen por ahí, ya no las hacen como antes.

Sin embargo, Antonella es categórica en afirmar que esta premisa no vale para ellos. "Las frazadas en El Castillo se hacen exactamente igual a como se hacían hace 90 años atrás. El proceso es el mismo", asegura. Las máquinas con las que trabajan –en su mayoría italianas y muy antiguas– han sido modernizadas y ajustadas personalmente por su papá con ayuda del mecánico de la fábrica para optimizar al máximo los procesos de transporte de la lana, el teñido, la separación de las hebras, el hilado y el enrollado en bobinas gigantes. Todo esto antes si quiera de que se pase a la fase del tejido de las frazadas propiamente tal. Todo se hace aquí mismo: desde la limpieza de la lana que llega cruda –incluso con restos de paja– a la fábrica, hasta terminar con la frazada lista para hacer la cama.

Antonella Casaccia (31) es ingeniero comercial y trabaja junto a su papá en la fábrica de frazadas El Castillo.

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