La muerte de mi pareja tras un año de amor: “Cuando hay una conexión tan grande, esa persona no se va del todo”.




“Conocí a Didier en el 2019, a los nueve meses de haber terminado mi última relación. Alcanzamos a estar juntos un año; un cumpleaños suyo, uno mío, una Navidad y un Año Nuevo. Dos días después de ese primer aniversario, él murió de cáncer al estómago. Era el 28 de junio del 2020.

Soy chilena y llevo 17 años viviendo en España, y él era francés. Un día llegó a mi restorán en el puerto y, con el poco español que hablaba, me dijo que quería cantar. Yo tenía un pequeño escenario donde todas las noches se armaban espectáculos, tocatas y karaoke. Venían músicos de toda la ciudad y la voz se iba corriendo. Él venía llegando de Francia, estaba con alguien que lo ayudaba a traducir y se dio cuenta de inmediato que había un piano en el salón. Me preguntó si conocía a Luis Miguel y se sentó a tocar ‘Historia de un amor’. No despegó su mirada de mí durante toda la canción. Por ese entonces era febrero, pleno invierno, y aun no partía la temporada de espectáculos. Le dije que podía empezar a tocar en junio. Pero entre medio, vino un par de veces a tomarse una copa conmigo. Hasta entonces yo había estado disfrutando mi soltería después de una relación muy larga y sentía una tranquilidad y libertad absoluta. Pero esa noche que lo conocí hubo una conexión innegable. Yo tenía 52 y él 60.

En junio, finalmente, empezó a cantar dos veces a la semana y luego tres. Cuando se terminaba la noche y todos se iban, nos tomábamos una copa juntos. Al poco tiempo empezamos a salir, conocí a sus amigos y él a los míos. Me di cuenta que hasta entonces, por más que había estado feliz en mi soltería, había dejado de lado mi vida; lo único que hacía era trabajar. Pero con Didier la pude retomar, porque con él realmente se disfrutaba. Era espontáneo, atento, preocupado, alegre y seductor. Disfrutaba de los pequeños detalles de la vida y de la música. Venía de otra cultura también y yo, que a ratos era pudorosa en ciertas cosas, no entendía del todo. Como cuando fuimos a la playa y se desnudó para ponerse el traje de baño ahí mismo. Todas esas cosas que a mí al principio me daban vergüenza y después aprendí a reírme y disfrutarlas.

Y así empezamos una relación muy linda. A mis hijos –Camila tiene 31 y Nicolás, 28– al principio les chocó verme con alguien así de rápido, pero al poco tiempo todos se llevaron bien. Pero nos faltó mucho tiempo.

Un día, mientras comíamos puré, tuvo dificultad al tragar. Pensamos que era un ahogo momentáneo porque al poco rato siguió comiendo sin problemas, pero ese episodio se volvió más frecuente. Él siempre había tomado protector de estómago, porque lo ayudaba a tragar y digerir, pero nunca pensamos que se tratara de algo más. Hasta que un día fuimos al doctor en Francia y le dijeron que era una gastritis. Al poco rato le volvió a ocurrir el ahogo y lo llevé a la urgencia. Lo que le estaba pasando no era normal, pero aun así él no quería ir. Yo le dije que si no íbamos no lo volvería a ver nunca más. Lo dejaron internado para hacerle exámenes y vieron que había algo. Finalmente le hicieron una resonancia y pudieron detectar un tumor que partía en el esófago y le llegaba hasta el estómago, con posible metástasis en los huesos. Había que empezar un tratamiento con oncología.

Llamamos a su familia y ellos coordinaron todo. A la mañana siguiente estábamos en un vuelo camino a Francia, donde él tenía su seguro médico y se podía atender. Mi hijo nos acompañó, pero desde ese día en adelante todo se fue dando muy rápido. Y yo no sé de dónde saqué la fuerza. Además, no entendía mucho de lo que pasaba, porque todos hablaban en francés. Quizás eso terminó siendo un poco una ayuda para mí. Estuve ahí tres meses y no podía creer lo que pasaba; después de haber vivido tantos momentos hermosos junto a él, tenía que asumir que se estaba yendo, y eso no era fácil.

No pude retener cómo se fueron dando los días, creo que simplemente me dediqué a cuidarlo y a estar lo más posible con él. En un momento en el que volvieron a abrir los restoranes en España, tuve que volver para poner el mío en marcha. Yo vivía de eso y mi personal también, así que había que hacerlo. Me fui por unos días y luego volví a Francia manejando. Cuando me vio nos pusimos a llorar. Nunca había dicho y escuchado tantos ‘te amo’.

Ese último mes fue muy duro. Había una enfermera que hablaba español y que nos ayudó mucho. La familia de Didier también fue súper atenta conmigo, me esperaban con comida en las noches, pero yo sentía que eran más independientes. No como nosotros los latinos, que aunque no hagamos nada, pasamos todo el día en el hospital, solo acompañando. Tenemos ese concepto de clan mucho más arraigado.

Cumplimos nuestro primer año de relación el 26 de junio, en el hospital. Y dos días después, cuando me fui una madrugada a dormir un poco a la casa de su familia, me tocaron la puerta y me dijeron que había muerto. Un verano, un otoño, un invierno, una primavera, un cumpleaños, una Navidad y un fin de años juntos. Eso es lo que la vida nos dio para este inmenso amor.

Estuve cinco días más en Francia, junto a su familia, y después volví a España. Ahí empezó mi duelo. Me derrumbé porque finalmente estaba con los míos; ese abrazo de mis hijos era lo que me había faltado. Allá en Francia intenté ser fuerte porque estaba su familia, y había que apoyarlos a ellos también, pero aquí pude llorar con mi gente cercana, incluso con muchos clientes que lo conocían y querían mucho. Todo del restorán me traía recuerdos.

Pasó el tiempo y fui a verlo al cementerio. Fue muy lindo reencontrarme con su familia, quienes me acogen siempre. Justo antes de morir, a Didier se le apoyó una polilla en la frente. Y cuando yo salí del hospital luego de su muerte, se me cruzó una mariposa por la cara. Luego, en España, se me cruzó una en la pieza y en el salón. Esa vez, cuando lo fuimos a ver al cementerio, supe que a su hermana también se le había cruzado una. Y en ese momento me acordé que una vez, cuando estábamos comiendo con Didier, él se levantó y volvió con un regalo: una pulsera con una mariposa.

En este tiempo me di cuenta que la vida se puede ir en tres meses, y por eso hay que disfrutarla. El 31 de diciembre entregué el restorán, porque yo estaba ahí sufriendo y matándome de a poco y esa no es manera de vivir. La felicidad son momentos y hay que disfrutarlos a concho, porque no se sabe lo que va a pasar después. Con él se disfrutaba mucho; a veces con las miradas nos decíamos todo. Ahora, con más tiempo libre, he podido revisar el dolor, cosa que con el trabajo lograba evitar. Pero también sé que cuando hay una conexión tan grande con una pareja que muere, ese lazo perdura y esa persona, de alguna forma, no se va del todo”.

Catalina Gutiérrez es empresaria, vive en España y es madre de dos.

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