Los 90: ser fan




“Mi adolescencia completa fue durante los 90. De hecho, el año 2000 cumplí los 18.

Me imagino que la mayoría de la gente piensa con nostalgia en esa época. Al menos ese ese mi caso. Mi vida no era perfecta, pero tuve la suerte de tener muchas amigos y amigas y de estar en un colegio en el que era feliz.

Otra de las razones por las que recuerdo con ternura esos años es por la ausencia de internet, más que nada en mi pubertad. Es evidente que los beneficios que ha traído son innumerables, pero también hizo que la velocidad cambiara, que perdiéramos la paciencia, que valoremos menos las cosas en su inmediatez. Probablemente sueno como una vieja melancólica, pero no es tan así porque yo -como todos- estoy ahí, sumergida en la intolerancia y ansiedad que nos trajo lo instantáneo.

Los cambios que conlleva la adolescencia tienden a hacer que los sentimientos sean más fervientes; las emociones son intensas y eso se puede ver en todo: en las amistades, los enamoramientos, los conflictos, las frustraciones. Todo se padece. Y eso también se grafica claramente en los intereses, algo que pienso también puede tener que ver con la necesidad de pertenecer y con el proceso de buscar quién se es en la vida. Mi foco principal era la música y, como además era idea de fija -algo que se mantiene hasta hoy pero que, agradezco, se ha ido suavizado un poco- estaba dispuesta a todo con tal de saciar la avidez que tenía, esa necesidad de tener un soundtrack para mi drama vital que hoy entiendo tenía un componente hormonal gigantesco.

Actualmente, considerar investigar sin internet es prácticamente imposible. Pienso en las cosas que hacía y llego a admirarme. Era un trabajo de detective, minucioso, demandante y fascinante; invertía una enorme cantidad de tiempo para llegar a las fuentes, la mayoría sonoras o en papel, además de MTV y la que se transformó en mi misa dominical: el legendario programa británico Top Of The Pops en el canal Rock & Pop.

Como nada era suficiente y tampoco tenía plata, como muchos otros usaba scotch para reutilizar cassettes y grabar encima algún concierto o las canciones del momento que me gustaban para hacerme una playlist que incluía la mención de la radio al comienzo. Me las sabía incluyendo esas locuciones.

Recorrer disquerías e importar discos y singles en el Portal Lyon me causaba una satisfacción enorme, pero avanzaron los años y la cosa se fue haciendo más fácil. Me acuerdo cuando la hermana de un compañero de colegio de mi hermano, que después se transformó en mi amiga, compró un aparato que copiaba compact discs. Cambio de vida. No podía creer que ahora tendría acceso a lo que quisiera de manera mucho más barata. Se me abrió un mundo más o menos en la época en la que me regalaron un equipo con reproductor de CDs, cuando cumplí 15 años.

Y llegó internet. Fue a los 16 cuando mis papás lo contrataron, con muchas restricciones, tanto horarias como de tiempo de uso. Jamás se me había pasado por la cabeza la posibilidad de encontrar o bajar música por ahí. Lo más cercano que había tenido eran los videos de Buddy Holly de Weezer y de Good Times de Edie Brickell y Barry White que venían en Microsoft 95. Ese fue el primer computador que hubo en mi casa y no podía creer lo que veía.

Con ese cambio el proceso de investigación varió, pero seguía siendo trabajoso. Quizás por eso la sensación de encontrar tesoros era inigualable.

Por distintas circunstancias hoy me encuentro con los ojos mucho más abiertos que en cualquier otra etapa de mi vida adulta. Me siento muy afortunada por haber recuperado la capacidad de asombro, no creí que me volviera a pasar.

Jamás será como era hace 25 años, pero de un tiempo a esta parte he vuelto a sentir esa satisfacción tan particular que da el descubrir algo inesperado, de notar detalles con una sensibilidad ajustada, más atenta. La diferencia es que lo que hoy me sorprende es más cotidiano, porque es parte de otro tipo de búsqueda, una búsqueda más profunda, menos ansiosa, mucho más pausada; pero lo lindo es que ambos procesos tienen algo en común: el recorrido puede ser tanto o más valioso que el hallazgo”.

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El objetivo de Metatool es investigar cómo el cerebro humano consiguió imaginar objetos para resolver problemas y traspasar esa información a los robots para mejorar sus habilidades.