¿Nos estamos autocensurando?




En una conferencia de la BBC, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, autora del reconocido ensayo Todos Deberíamos ser Feministas y líder de opinión en temas como discriminación racial e igualdad de género; criticó con fuerza la denominada cultura de la cancelación. Al respecto, la autora sostuvo que esta práctica ha constituido un atentado contra la libertad de expresión, al limitar el derecho de las personas a dar opiniones controversiales, solo por el miedo de ser víctimas del repudio social.

“Hay una diferencia entre hacer una crítica válida, que debería ser parte de la libertad de expresión, y este tipo de represalias, insultos personales desagradables, donde se expone el domicilio personal o las escuelas de los hijos en internet, tratando que la gente pierda su trabajo”, afirmó en BBC.

En 2017, Ngozi Adichie estuvo en el centro de la polémica cuando, en una entrevista, cuestionó los derechos de las mujeres trans, indicando supuestos ‘privilegios’ previos a sus períodos de transición. Luego de las críticas que surgieron por estos dichos, la escritora tuvo que salir a dar explicaciones y lo hizo mediante un ensayo titulado Es Obsceno: Un Verdadero Reflejo en Tres Partes, que aborda -según su visión- cómo las redes sociales se han convertido en caldo de cultivo para los insultos y polarización. Así, este tema la ha tocado de cerca, aunque esta vez -en la BBC- fue más allá, indicando que la sociedad está viviendo una epidemia de la autocensura.

Más allá de la controversia, ¿qué tanta razón tiene la autora? ¿Se están silenciando puntos de vista que aportan al debate público? ¿Estamos en una sociedad que no da espacio a las opiniones divergentes? ¿Cuánto pesa hoy la cultura de la cancelación en nuestro modo de expresarnos de manera libre?

El postdoctorado en Psicología de la Universidad de Harvard y académico de la Universidad Católica, Héctor Carvacho, explica que, si se mira en perspectiva, la autocensura está lejos de ser un fenómeno nuevo. De hecho, ya en 1982, la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann postulaba la teoría de la espiral del silencio, cuya base sostiene que algunas personas guardan sus opiniones al notar que van en contra de la mayoría. Con ello, se entra de a poco en una espiral, donde los puntos de vista disidentes quedan ocultos en la opinión pública.

Sin embargo, lo que marca la diferencia en este contexto -dice Carvacho- es la presencia de las redes sociales que, además de potenciar las burbujas de información, hacen que las consecuencias de mostrar una opinión divergente sean más extendidas, saliendo de las fronteras inmediatas. “Con las redes, no nos exponemos a otros puntos de vista. Y eso nos hace tener una falsa creencia de que nuestras ideas son las mayoritarias en la sociedad, cuando puede que no sea así. Como consecuencia, las personas pueden sentir que tienen el derecho a juzgar una opinión al sentir que va contra la corriente. Es decir, se generan visiones desajustadas y ahí el costo de ser minoría es muy alto”, dice.

“De hecho, hay estudios que sostienen que basta con que una persona exprese su opinión disidente para que otros, que estaban callados, hablen. Pero ser el primero es difícil. Nosotros, como seres humanos, estamos orientados a pertenecer a grupos. Por ende, las cosas que te ponen en riesgo de ser sancionado socialmente, son incómodas y las evitamos. Con tal de no llevar la contra, nos callamos”, agrega Carvacho.

En Estados Unidos, dice un estudio publicado en la revista académica Political Studies Quarterly, el porcentaje de personas que no se sienten libres de expresar sus puntos de vista se ha triplicado desde 1950 a la fecha. Así, en 2020, 1 de cada 4 ciudadanos americanos reconoció hacer esfuerzos activos para no emitir sus opiniones públicas por temor al qué dirán. Más que el temor a represiones estatales, esta investigación devela que, una de las razones principales para entender la autocensura, tiene que ver con el temor a ser juzgado o aislado por los círculos sociales próximos, ya sea de familia o amigos; frente a opiniones impopulares.

“Es como si de repente hubiese opiniones que tuviesen un mayor peso moral, al parecer más progresistas, inclusivas o modernas. Al darles ese valor, quienes piensan distinto, no quieren hablar porque hay resquemor a no encajar. Y eso nos está limitando, porque damos cosas por sentado sin discutirlas previamente”, afirma Gloria Jiménez-Moya, doctora en Psicología de la Universidad de Granada e investigadora asociada del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES).

Una de las consecuencias más graves de mantener este tipo de prácticas, dice la especialista, es que se limita el pensamiento crítico. “Por la presión de someternos a los puntos de vista mainstream, se limita ese aspecto, porque no siempre los temas están cerrados. Hay algunos que ni si quiera han sido debatidos con evidencia. Es un pésimo predictor de la sociedad el hecho de no ser capaces de sentarnos a conversar. En un mundo global y diverso, es necesario convivir con quienes piensan distinto por mucho que no nos guste. Si no lo hacemos -resguardando ciertos mínimos éticos y de respeto-, nos vamos a alejar cada vez más”, manifiesta Jiménez-Moya.

Más allá de los efectos en la cohesión social, este tipo de prácticas -sostienen en el estudio citado anteriormente- pueden generar secuelas graves para la salud de las democracias. Y es que el exponerse a diversas voces y creencias no solo da pie a alcanzar ciertos consensos políticos, sino que también permite encontrar mejores soluciones a problemas de carácter público. “Si aquellos que tienen puntos de vista diferentes mantienen la boca cerrada, entonces el discurso que avala la exposición a la diversidad puede convertirse en una cosa del pasado”.

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