Adriana Goñi: “La muerte en las pandemias pierde dignidad”




Unas horas antes de responder esta entrevista, la antropóloga y arqueóloga Adriana Goñi envió un correo que decía “A veces pienso en la muerte”. Esa era una de las temáticas de la entrevista: la muerte y la memoria, su principal campo de investigación junto a los derechos humanos, que en estos años ha analizado desde la vereda de lo virtual, preguntándose cómo se construye la memoria en ese espectro.

“Nadie muere realmente en el mundo digital” –dijo en un panel de conversación en el Congreso Futuro de este año– “porque nuestra huella digital permanece por los siglos de los siglos”. ¿Cómo se modula la memoria en una era digital, en la que todos pueden construir y validar su propio relato a medida? ¿Cuál termina siendo la memoria colectiva cuando existe la posibilidad de exponer millones individuales?

El correo decía: “A veces pienso en la muerte, en el contagio, en morir en medio de estertores. Pero desecho rápidamente esas imágenes, porque si llega, llega. ¿Para qué andar convocándola? Me doy cuenta de que en tiempos de pandemia, el morir se ha naturalizado, ya es cosa de mala suerte, es como una ruleta en la que apostaste a números poderosos. Pero no le temo a la muerte. He vivido 75 años y cuatro meses; he sobrevivido a la tos convulsiva siendo niña en Córdoba; resistí cuatro cesáreas antes de los 24; sobreviví a la dictadura de Pinochet y a la de Videla; superé –espero– la muerte de mi única hija y la de mi primer hijo, y la muerte de mi padre y de muchos seres queridos; sobreviví a tantos amores tóxicos y largos años de colegio de monjas; enfermedades incurables y pérdidas de todo tipo. Y ahora resisto, aislada y postrada, un virus poderoso que ha puesto el planeta en modo de estupor. Continuaré con la tarea diaria de construir la memoria de los míos, porque para eso estoy viva”.

Y es que desde que empezara a investigar, en 2005, la segunda y tercera generación descendiente de aquellos afectados por las violaciones a los derechos humanos –los hijos y nietos de exiliados, ejecutados políticos y detenidos desaparecidos de la dictadura– el trabajo de Adriana Goñi ha sido precisamente el de construir o rescatar la memoria. Y para eso ha recurrido al espectro virtual, donde según ella, la memoria de estas personas se mantiene viva e intacta. Porque se trata de un nuevo espacio antropológico y arqueológico, donde aquellos que sobreviven conmemoran a los que ya no están. “Hago antropología virtual como un correlato de la realidad concreta y cotidiana. Porque cuando somos testigos de un momento histórico, no nos podemos llevar lo que presenciamos; tenemos la obligación de hablar y de encontrar la manera de que esa memoria permanezca. Hay que transmitirla en las dimensiones que subsisten después de nuestra muerte”.

En 2018, los hijos de tres ejecutados políticos víctimas de la Caravana de la Muerte contactaron a Goñi para que emprendiera, junto a un equipo de arqueólogos y profesionales, la búsqueda de los restos de sus padres, cuyos cuerpos nunca fueron encontrados donde fueron fusilados en Copiapó. Y es que en 1991, con el descubrimiento de una fosa clandestina en el cementerio, se encontraron los restos de 13 de los 16 fallecidos en aquella operación. Los tres restantes son los que Goñi y su equipo han decidido buscar. Y recién hace dos días, la Municipalidad aprobó los fondos para financiar la excavación.

Ella también fue exiliada, y cuando en 1998 supo que ya no podía ejercer la arqueología por razones físicas y la invitaron al formar parte del Centro de Estudios de Memoria y Derechos Humanos, se dio cuenta de que nadie consideraba a los hijos de los exiliados. Ahí empezó su trabajo con la memoria. Desde entonces, todos ellos han sido –como ellos también le dicen– sus hijos putativos. “Cuando fuimos con el equipo investigador a Copiapó por primera vez desde que nos contactaron, íbamos en el bus y una de las hijas dijo: ‘ahora que Goñi está en el equipo, los vamos a encontrar’. Todavía se me aprieta la guata cuando lo recuerdo. Esta es gente que ha vivido siempre en función de esto, pero tienen que saber que en lo racional, no existe ninguna garantía. Buscan un cierre, y mientras se haga la búsqueda, van a estar en vilo”.

En tu opinión, ¿qué implica para ellos la clausura?

Los duelos inconclusos se heredan. Son presencias y ausencias permanentes que persisten incluso en generaciones posteriores. Volver crónico el duelo, en ese sentido, afecta la vida no solo de los hijos, si no que de los futuros descendientes. Es un daño transgeneracional que se va heredando, y que solo se detiene cuando hay un momento de clausura. Estos hijos de ejecutados políticos, que ya tienen sus propios hijos, han vivido en función de esto, y la ausencia de sus padres o seres queridos los ha marcado profundamente. Algunos tienen una historia de vida muy fuerte; una de ellas, incluso, cuando supo que no se habían encontrado los restos de su padre en la fosa clandestina de Copiapó se quemó a lo bonzo en México. Esta es gente que lleva décadas buscando, esperando alguna respuesta. Son los que andaban con sus madres buscando en el desierto, y sus vidas han sido una epopeya. Yo fui militante del MIR y por eso tengo un compromiso que va más allá de lo profesional, pero también tienen que saber que uno puede excavar el cementerio entero y no encontrar los restos. Decirles eso es hablar en términos racionales, pero ellos lo único que quieren es encontrarlos para cerrar el duelo. Somos parte de un gueto, con códigos y lenguajes. Y mi propósito es que esto salga del gueto, como en Argentina, donde los hijos de los detenidos desaparecidos emprendieron un compromiso que no muchos hijos tienen acá.

Tampoco ha habido educación al respecto en Chile.

Siempre cuento una anécdota; una vez, cuando mi nieto mayor era adolescente, le dije un 9 de octubre :“hoy se conmemora la muerte del Che”. A lo que me respondió: “no me digas que mataron al Che Copete”. Y es que esa es la memoria en Chile. Otra vez, en una comida familiar en la que mencioné algo de los detenidos desaparecidos, una nuera me dijo: “esas no son cosas que se hablan en la mesa”. Por suerte, esto ha ido cambiando. Y ha habido un cambio radical desde el 18 de octubre pasado. Lo veo en mis nietos, que han dado un viraje hacia lo público y han salido de sus burbujas. Es emocionante ver que por lo menos se han vuelto conscientes de sus privilegios. Ahora hay que accionar.

¿Cómo se configura la memoria colectiva?

La memoria colectiva es una memoria que circula entre gente que vivió, sufrió o experimentó la misma situación en un determinado periodo, y eso se ha hecho carne en ellos. Llevándolo al caso de los hijos de detenidos desaparecidos, es increíble ver que el dolor no es diferencial. Para estos chiquillos, la muerte de los papás del otro es tan propia y tan cercana como lo es la de sus propios padres.

¿Qué rol cumplen actualmente las redes sociales en esta modulación de la memoria?

En estos 15 años he recopilado cartas, fotos, mensajes, todo tipo de manifestaciones que estos hijos han hecho y que se encuentran en la web. Por eso, creo que todo depende de cómo uno enfoca su búsqueda. Por supuesto que hay intencionalidades para alterar las verdades, pero no atiendo lo panfletario. No existe para mí, porque son expresiones emocionales y subjetivas que no tienen voz. Todo depende del objetivo con el que uses las redes, lo que sacas y pones ahí, de acuerdo a una ética y un propósito. Uno se va manejando y sabe no caer en provocaciones inútiles. ¿Sirven las redes de desahogo? Claro que sí, y para putear también, pero eso no aporta.

En cuanto a la crisis sanitaria que vivimos, ¿de qué manera crees que condiciona nuestra percepción de la muerte?

La muerte en las pandemias pierde dignidad. Los viejos mueren solos, no hay rituales, no hay velorio. No tienes los gestos colectivos que consuelan a los que quedan. Las muertes en hospitales, solos, son indignas. Al igual que las muertes de los desaparecidos. Mi vieja me dijo el otro día que si ella se contagiaba, sabía que no la iban a enchufar a un ventilador. “Y por eso, ya tengo lista mi cajita de clonazepam”, me dijo. En este tiempo ha cambiado esa relación íntima con la muerte. Se ha vuelto cotidiana, pero a su vez es el enemigo implacable. Está ahí, hay que asumirla.

La muerte siempre ha estado presente en tus investigaciones, ¿has estado cercana a morir alguna vez?

Sí, de hecho tengo un cáncer y dos oncólogos ya me han dicho que no me pueden operar porque soy paciente de riesgo, tengo insuficiencia renal, insuficiencia cardiaca y fumo 40 cigarros al día. Pero no le temo a la muerte, a pesar de que viví la muerte de mi hija por un cáncer horrible. No tengo miedo a morir, tengo miedo a ahogarme. Y más bien me pongo a pensar en cosas prácticas, como un libro que no he publicado. ¿Qué tanto la muerte? Por último pienso que si me muero, me voy a encontrar con mis hijos. Soy más atea que la mesa, pero igual lo pienso. No temerle a la muerte debe ser una inconsciencia que uno tiene también. Lo que sí me da rabia, es cuando veo a jóvenes que no están cumpliendo la cuarentena o que salen sin mascarilla. Porque eso es no tener consciencia de la muerte propia, pero por sobre todo de la del resto.

En el Congreso Futuro 2020 dijiste que nunca nos morimos realmente en lo digital.

Y es porque dejamos una huella digital eterna. Todo lo que hacemos y decimos permanece, eso ya lo sabemos. Y eso te mantiene viva por los siglos de los siglos. Hoy en día, incluso, hay toda una ritualidad respecto a la muerte en el espacio virtual. Hay cementerios y memoriales virtuales. En España, por ejemplo, hay uno para las víctimas del Covid y los familiares pueden ir actualizándolo con fotos y escritos.

¿Qué sientes tú respecto de ese espacio?

Si lo aterrizo a mi cotidianidad, soy una vieja con mis tres gatos instalada en mi casa. Pero en ese otro espectro mi mundo se expande. Es como llegar a un territorio desconocido que como investigadores tenemos que conocer. Somos los nuevos conquistadores, estamos explorando un nuevo continente y conquistando un hábitat. Es un espejo de la realidad, absolutamente, pero también tiene características propias que la realidad concreta y presencial no tiene. Y eso me parece alucinante.

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