Paula

Hablemos de amor: Crecer entre mujeres

En la relación de mis bisabuelas, abuelas, tías y primas descubrí que algunas de las historias de amor más profundas no son románticas, sino las que las mujeres construyen entre ellas.

Hay una frase de Dolly Alderton que dice: “Casi todo lo que sé sobre el amor, lo he aprendido en mis largas amistades con mujeres”. Y yo agregaría algo más: la familia. Porque casi todo lo que sé del amor, lo he aprendido de las mujeres que forman mi familia.

He crecido rodeada de mujeres. Complejas, resueltas, intrigantes, sensibles, desesperantes, impredecibles, amorosas, distantes, cercanas, coherentes e incoherentes, pero magnificas.

Como la menor de todas, observarlas vivir y construir comunidad entre ellas para enfrentar cada temporada de la vida ha sido una de las experiencias más cinematográficas que he tenido.

Soy bisnieta de dos mujeres que no podrían haber sido más distintas entre sí, pero cuya historia de origen las une. Madres con muchos hijos, que tuvieron que aprender a salir adelante solas, con todo a cuestas, en una sociedad donde se esperaba que solo fueran amas de casa.

Esas mujeres criaron a mis abuelas, la primera y la segunda hija de sus respectivas familias. A ellas también las une una historia similar: hijas de la meritocracia y madres a temprana edad, que con sus decisiones le torcieron la mano al destino.

Mi abuela paterna fue madre por primera vez a los 18. 10 años después enviudó. Y aun así se convirtió en abogada de una de las escuelas de derecho más respetadas de este país. Hoy es jueza, viajera y una abuela que te mete billetes en los bolsillos cuando te abraza. Siempre la admiré por todos sus logros. Pero mi respeto por ella creció aún más una tarde, en la cocina de mi casa, cuando me contó los pormenores de esa historia.

Cada vez que pienso que algo me resulta imposible, la recuerdo en ese momento: su mirada, esa sola lágrima, y la tenacidad con la que siguió adelante. La misma que todavía la define.

Mi abuela materna es mi segunda mamá. Me secaba el pelo con cuidado después de la ducha, me peinaba todas las mañanas y, por las tardes, cuando me pasaba a buscar al colegio, casi siempre llevaba una bolsa con roscas para comer. Hoy todavía me cocina comida casera para que lleve almuerzo a la universidad y aún me rasca la espalda para que pueda dormir.

Pero es más que eso. Es una madre monoparental que priorizó la crianza y el bienestar de su hija. Una mujer que ha sido peluquera, secretaria y que logró convertirse en universitaria al mismo tiempo que su hija. Aprendió a manejar pasados los 50. Tiene un sentido del humor escandaloso y un estoicismo natural.

Es la que lo sostiene todo y a todos. Tanto, que a veces parece olvidar que ella también puede ser sostenida. Un poco dura, dice que la vida la hizo así, pero siempre provista de un corazón noble y una disposición generosa.

Detrás de mis abuelas, vienen sus hermanas, mis cinco tías abuelas. De las hermanas de mi abuela paterna entendí el valor de la pureza en la hermandad. Ellas se quieren, se cuidan, lo pasan bien, pero por sobre todo se colorean la vida entre ellas. Si bien la mayoría está en pareja hace tiempo, la verdadera historia de amor es la que han construido entre ellas. Un vínculo que han traspasado de manera orgánica a sus hijas y sobrinas, creando una unidad familiar que, sin ellas, simplemente no existiría.

La hermandad de mi abuela materna con sus hermanas es distinta. No muy dulce, no muy sutil y, francamente, complicada. Son tres mujeres de grandes temperamentos, y durante años no siempre fue fácil que llegaran a consensos.

Pero a pesar de eso me enseñaron algo importante cuando vi a mi abuela y a su hermana mayor dejar de lado sus diferencias eternas para mostrarse como un frente unido cuando su hermana menor enfermó. Ahí entendí que cuando amas a alguien no utilizas los peores momentos como excusa para peleas monetarias o sin sentido. Que, al contrario, te mantienes unido a los tuyos, intentando darle paz a quien más lo necesita.

Mis primas paternas comparten un vínculo como el de los personajes de Sex and the City. No solo lo pasan bien juntas: también son el espejo del que la otra no puede huir. Viven las alegrías y las penas de la otra como propias y, por sobre todo, siempre son honestas entre ellas. No desde la rabia ni la desidia, sino desde un deseo profundo de que la otra esté bien.

Mis tías, la hermana de mi papá y la prima de mi mamá, han sido confidentes, amigas y también mis mamás subrogantes. Me han amado toda la vida como si fuera hija de ellas. Y aunque a mi tía paterna la molesto diciéndole que su vida amorosa me ha traumatizado, espero que sepa que su corazón y su manera de llenar de alegría a todos quienes la conocemos es, en realidad, lo más valioso que tiene.

De mi tía materna he aprendido que se puede intentar hacerlo todo y, aun así, encontrar cierto balance. Ella es la verdadera mujer que resuelve. Admiro su forma de ser amiga, tía, prima, sobrina, hermana, mamá, esposa y una trabajadora comprometida. Siempre está lista para quien la necesite, casi siempre acompañada de humor. Cualidades que me recuerdan a su mamá, que siempre encontraba la manera de hacerte sentir que eras importante para ella.

Finalmente, está mi mamá. Le debo tanto que sería imposible escribirlo todo. Ella lo sabe, porque siempre se lo digo. Pero si quisiera destacar algo, diría que mi mejor parte como persona le pertenece a ella: una mujer sensible, cuya herencia más valiosa es su capacidad de amar y sentir. Aunque a veces sea demasiado, no lo preferiría de ninguna otra forma.

Hoy les agradezco a todas. Porque crecer rodeada de estas mujeres me ha enseñado la importancia de construir comunidad. Me han hecho reír, me han secado las lágrimas en momentos difíciles, me han cuidado y aconsejado para la vida. Pero, sobre todo, me han amado de una forma arrolladora.

Gracias Pauli, Pala, Clau, Nia, Isabel, Natalia, Margarita, Patricia, Valentina, Viviana, Javiera, Vivi, Silvia, Lila y Rosa.

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