Paula

Hablemos de amor: mi abuelo me escogió

Se suele decir que la familia no se escoge, pero para Fernanda no es así. En esta columna, la autora reflexiona del profundo vínculo que tiene con su abuelo no biológico y cómo se escogieron el uno al otro.

Mi vida ha estado extensamente documentada en fotografías, a veces pienso que no existió niña más fotografiada que yo. No es solo porque fuera la primera hija, sobrina, nieta y bisnieta por ambos lados de mi familia, sino porque casi todos los registros audiovisuales de mi infancia tienen un responsable y su nombre es Juvenal Norambuena, mi abuelo.

Se preguntarán, si leyeron quien escribe esto, por qué es que no compartimos apellido y por qué digo que es mi abuelo. Esta es la historia de cómo nos convertimos en familia.

Mi abuela enviudo joven y de forma repentina, literalmente, de la noche a la mañana. Un día despertó sola con 28 años y dos niños, mi papá de diez años y mi tía de apenas uno. Por circunstancias de la vida, al tiempo, mi abuela conoció a Juvenal y se emparejaron, resultando de esa unión, mi tío, el tercer hijo de mi abuela y el único hijo biológico de mi tata.

Al contarme esta historia, mi papá siempre repara en que a pesar de que Juvenal estuvo presente desde muy temprano en su vida, como todo niño que ha perdido una figura parental, que llegue alguien nuevo a su vida, a “ocupar esa posición”, trae dolores, tensiones, desconfianzas y peleas. Por eso, su relación nunca fue del todo positiva.

Relación que cambió cuando yo nací.

Mi tata es lo que uno se imaginaria cuando piensa en el gigante bonachón de Roald Dahl. De niña solía decirle que su estómago era como un barril sin fondo y, aunque con los años ya no me parece un gigante en términos de altura, me sigue pareciendo un gigante de corazón.

En su esencia, es un hombre de campo; tremendamente sencillo y curioso por las cosas que le gustan. Aún al hablar a veces le sale su acento cantadito. Su forma de vestir la tengo grabada en mi memoria: camisas manga corta, usualmente cuadrilles, jeans de los rígidos acompañados por algún tipo de calzado de trabajo, que evoluciona con las estaciones y los años.

El bolsillo en el pecho de su camisa es como la cartera de Mary Poppins, ahí alberga las herramientas que asegurarían nuestra supervivencia ante cualquier emergencia: un par de lentes de farmacia, una navaja suiza, una lapicera, y cuando tenía pelo, un peine. Es un hombre tan preparado, que de niña solía usar la frase de ‘No te preocupes, el tata lo arregla’, para cualquier cosa que se echaba a perder y necesitaba reparación.

Es siempre el primero en levantarse y el último en acostarse, estructura que le dieron sus días como militar. Clásico es verlo salir en la oscuridad a dar la última revisión al terreno siempre con una linterna frontal puesta en la cabeza que nunca falla en encandilar y hacer reír.

Tiene tantas particularidades que podría escribir páginas al respecto, pero tiene dos atributos que siempre me harán pensar en el cuándo ya no esté. Su profundo y extenso manejo con la fotografía y su amor por la Coca Cola, bebida de la cual podía saber la fecha de fabricación y vencimiento solo al probarla, placer del que lamentablemente ya no disfruta por razones de salud.

Y aunque no puedo saber la fecha de mi Coca Cola al tomarla, ni sacar fotografías espectaculares como él, mi abuelo está presente en el vaso diario que tomo de esta bebida, y en la colección de cámaras que he ido atesorando con el tiempo. Eso, no es biología, no es ADN, es simplemente imitación por una admiración profunda y sincera.

El año pasado se convirtió, por primera vez, en abuelo biológico, y nada menos que de una niña. Después de haber ocupado el puesto de nieta favorita durante 22 años, no lo voy a negar, sentí miedo. Pero luego entendí que esta es otra oportunidad para él de crear memorias nuevas, porque con cada uno de sus nietos tiene un mundo propio de chistes.

Hasta el día de hoy, mi tata sigue siendo la primera persona a la que quiero abrazar cuando llego al campo, porque sus abrazos son de mis lugares seguros en este mundo. No solo porque me han llenado de una alegría inconmensurable durante 23 años, sino porque son una muestra de la forma en la que me incorporó a su vida: con una generosidad inmensa y una fuerza que hace que los pies se separen del piso.

Por azares del destino no solo no conocí a mi abuelo biológico paterno, sino que tampoco conozco al progenitor de mi mamá. No lo llamo su papá, ni mi abuelo porque creo que son títulos demasiado grandes para alguien que ha decidido vivir ausente.

Pero, la vida me premió con la existencia de Juvenal. Porque como todo buen gigante bonachón que es, él solo llego a multiplicar el amor que yo podría haber llegado a sentir con dos abuelos en mi vida, incluso aunque el solo sea uno y ahora lo tenga que repartir entre tres nietos.

Si algo me ha enseñado el tata Juve en esta vida, es que quién quiere estar presente, lo está. Quién quiere amarte, simplemente lo hace y, sobre todo, que la familia no se constituye por sangre, sino por decidir estar y amar.

A menudo escucho que la familia no se elige, pero sé que no es cierto, porque guardo la certeza en mi corazón de que yo elegí a mi tata Juve y el me eligió a mi.

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