Paula

Influencers fit: la irresponsabilidad de vender dietas

Detrás de la estética “fit” y el lenguaje del bienestar, proliferan dietas vendidas sin formación clínica ni evaluación individual, con consecuencias reales para la salud física y mental.

Lo que leerán ahora no es nuevo. Cambian las plataformas, cambian los rostros, pero el mensaje persiste intacto: si bajas de peso, tu vida mejora. Hoy ese mensaje ya no llega solo desde revistas antiguas o programas de televisión de los años 90. Llega desde Instagram, TikTok y libros de editoriales reconocidas, envuelto en una estética cuidada y seductora, donde abundan palabras como “salud”, “hábitos” y “amor propio”.

El problema es que, detrás de ese discurso amable, muchas de estas propuestas no están respaldadas por formación real en salud, ni por criterios clínicos mínimos.

En el último tiempo hemos visto cómo personas muy conocidas —algunas con pasado televisivo, otras con carreras en áreas que poco o nada tienen que ver con la nutrición clínica— comercializan planes alimentarios estandarizados, rígidos y potencialmente peligrosos. Dietas que prometen resultados rápidos, cuerpos “definidos”, vientres planos y una supuesta versión mejorada de uno mismo, siempre y cuando se siga la pauta al pie de la letra. Sin preguntas incómodas. Sin contexto. Sin historia. Sin considerar salud mental, relación con la comida ni antecedentes médicos.

El problema no es solo que no sean nutricionistas. Eso ya es grave, pero el riesgo va mucho más allá, y aquí es donde quiero detenerme.

Dentro del mundo de la salud —y esto hay que decirlo con todas sus letras— también existen profesionales que actúan de forma poco ética, reproduciendo la cultura de la dieta, el miedo a la comida y el castigo corporal. El título profesional no inmuniza contra el daño. Pero cuando a la falta de ética se le suma la falta de formación, el riesgo se multiplica y las consecuencias pueden ser profundas y duraderas.

Vender dietas no es inocuo. Nunca lo ha sido, y hoy menos que nunca.

Cuando alguien entrega un plan alimentario sin evaluación clínica, sin conocer la historia de dietas previas, la posible presencia de trastornos de la conducta alimentaria, la relación emocional con la comida o las condiciones médicas de una persona, no está “ayudando”. Está tomando decisiones que no le corresponden y jugando a la ruleta rusa con la salud ajena.

Lo veo a diario en mi consulta: personas que llegan después de comprar estos planes con culpa por “no tener fuerza de voluntad”, con miedo a salirse de la pauta, con episodios de restricción seguidos de atracones, con ansiedad, vergüenza y una sensación constante de estar fallando. Porque cuando el plan no funciona —y no suele funcionar a largo plazo— el mensaje implícito siempre es el mismo: el problema nunca es la dieta; el problema eres tú.

Cuando abrí esta conversación en mi cuenta de Instagram, llegaron testimonios que dolió leer. Doxa me contó que siguió durante semanas una pauta promovida por un exanimador de televisión muy conocido, centrada en eliminar el azúcar, reducir al mínimo los carbohidratos y mantener porciones estrictamente medidas. La minuta era rígida, repetitiva, sin colaciones y sin margen para responder al hambre. En apenas un mes bajó cerca de siete kilos, pero a costa de hambre permanente, insomnio, fatiga extrema, irritabilidad y una falta total de energía, incluso para hacer ejercicio. Al abandonar el plan y volver a comer con mayor libertad, vivió un efecto rebote severo, recuperando rápidamente el peso perdido.

Relatos similares compartieron Daniela y Camila, ambas seguidoras de métodos ampliamente difundidos en redes sociales, asociados a apellidos reconocibles o a cifras calóricas convertidas en marca personal. Cambian los nombres, cambian los números, pero la lógica es siempre la misma. Los “métodos”, las “minutas milagro” y los planes con sello personal se multiplican. Y con ellos, también el daño.

Pero hubo un testimonio que me dejó especialmente impactada, incluso para alguien que escucha estas historias a diario. Andreas tenía 16 años cuando comenzó una dieta cetogénica promovida por una influencer a través de una aplicación. El plan incluía conteo calórico, recetas y “tips” como salir a trotar en ayunas. Siguió la dieta durante seis meses, ajustando toda su vida a ella, pese a ser menor de edad y deportista activo.

Con el tiempo comenzó a sentirse mal de forma constante: irritabilidad, hambre intensa, deseos compulsivos por azúcar y harinas, y desmayos durante el ejercicio. Al comunicar estos síntomas, la influencer se deslindó de toda responsabilidad, señalando que el plan no estaba dirigido a menores de 18 años, pese a que nunca verificó la edad de quienes lo adquirían.

Tras abandonar la dieta de forma abrupta, Andrea desarrolló un trastorno de la conducta alimentaria, con el que sigue lidiando hasta hoy, a sus 22 años.

Así opera la cultura de la dieta: promete salvación, pero deja culpa, daño y silencios incómodos.

Lo más preocupante es cómo estos discursos se camuflan bajo una falsa idea de salud. Se habla de “hábitos”, pero se promueve el control obsesivo. Se habla de “orden”, pero se normaliza el hambre. Se habla de “disciplina”, pero se romantiza la restricción. Y todo esto ocurre en un contexto donde sabemos, con evidencia científica suficiente, que las dietas restrictivas aumentan el riesgo de trastornos de la conducta alimentaria, deterioran la relación con la comida y no son una estrategia sostenible de salud.

Aun así, el negocio sigue creciendo. Porque vender dietas es rentable. Porque apelar al miedo al cuerpo es efectivo. Porque vivimos en una sociedad que sigue creyendo que adelgazar es sinónimo de éxito, autocontrol y valor personal.

Mientras tanto, las consecuencias no aparecen en los reels. No aparecen las crisis de ansiedad, ni el rebote de peso, ni el deterioro del vínculo con la comida, ni el daño psicológico. Eso queda fuera del encuadre.

Tal vez la pregunta no sea solo por qué hay influencers vendiendo dietas, sino por qué, como sociedad, seguimos validándolas, y por qué las autoridades sanitarias observan este fenómeno sin intervenir.

La salud no es una promesa empaquetada ni un atajo descargable. Es un proceso complejo, profundamente humano, que no cabe en un PDF ni debería depender de una transacción.

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