Paula

Las otras mujeres del caso Pelicot

El impacto tras el caso de violencia sexual más crudo y violento de la historia de Francia continua. Tras la publicación internacional de las memorias de Gisèle Pelicot en febrero de este año, los matices de sus consecuencias se viven en clave de mujer. Desde abogadas hasta activistas, narran cómo este juicio cambió sus vidas para siempre.

Es verano en el Sur de Francia y en las calles de Aviñón celebran la 79na versión del Festival de las Artes, el más antiguo del país. Las calles están llenas de turistas, actores, colores y música, con 32° a la sombra y el olor de las baldosas quemadas y la transpiración que flota por las calles. Al interior de los Tribunales de Justicia todo está en silencio y hace frío, una niña de ocho años vestida de rosado juega en las bancas. “¡Ándate con tu mamá ahora! En este lugar hay hombres muy malos que andan sueltos”, la reta Blandine Deverlagne. Pero fuera de nosotras, y la madre de la niña unos metros más lejos, el lugar está vacío. La niña se va corriendo asustada con su mamá, sus pasos hacen eco. “Amenazaron con violarme a mi y a mi madre”, recuerda Deverlagne sobre el juicio a los violadores de Gisèle Pelicot.

A la izquierda Blandine Deverlagne y a la derecha las calles de Aviñón.

El Caso Pelicot ganó fama mundial el año 2024 cuando comenzaron los juicios en contra de Dominique Pelicot por drogar, violar y ofrecer a su entonces esposa, Gisèle Pelicot, en foros online a otros hombres para que también la agredieran sexualmente, para después grabarlo. Más de 72 hombres abusaron de Gisèle Pelicot, de estos solo 52 fueron identificados y sentenciados. Lo diferente de este caso fue el llamado de ella a que “la vergüenza cambiara de bando” y tomar la decisión de hacer el proceso judicial a puertas abiertas, renunciando a su privacidad para exponer a los abusadores.

“Muchos de los violadores estaban libres, se conocieron aquí, y a medida que el juicio avanzaba, hasta tenían un saludo de la amistad entre ellos”, recuerda Blandine Deverlagne, una de las fundadoras del colectivo feminista ‘Las Amazonas de Avignon’. Ellas fueron el único colectivo que acompañó a Gisèle Pelicot y a las otras víctimas, las esposas y parejas de los violadores que llegaban a testificar. “Recuerdo una mujer que le pedía disculpas a Gisèle, por no haber accedido a cumplir las fantasías de violación de su pareja. Se culpaba ella por el crimen de él. A ella también la consolamos a la salida”, dice Deverlagne.

Colectivo feminista “Las Amazonas de Avignon”.

Gisèle Pelicot se transformó en un ícono en la lucha contra la violencia sexual hacia las mujeres. En febrero pasado, de la mano de Penguin Random House publicó su libro de memorias ‘Un himno a la vida’, generando expectación a nivel mundial. En la cadena de supermercados franceses Monoprix había una estantería especial para su libro, siempre con gente consultando un ejemplar. Además está la serie que está filmando HBO sobre el caso.

Deverlagne, profesora de enseñanza media de profesión, camina hacia los baños aferrándose a su pequeña cartera con ambas manos. “Recuerdo estar aquí de pie, esperando por usar el baño. Solo hay un baño y es unisex. Delante mío estaba uno de los violadores que estaba siendo juzgado ese día, detrás mío otros tres. Y todos esperábamos en la fila para usar el baño. Sentí que se me iba el alma a los pies y llamé a Valentine, mi compañera, para que viniera a darme la mano”, recuerda la activista.

Tras la exposición a este juicio, a los videos de violación y abuso sexual mostrados como evidencia, a los violadores que estaban en la sala y a los testimonios, Deverlagne reconoce que su vida nunca volverá a ser igual. “No he podido volver a tener intimidad con mi marido, o estar cerca de hombres después de este juicio. Tengo dos hijos, y siento que apenas puedo acercarme a ellos. Dejé de arrendar mi airbnb a hombres. Ya no creo en la justicia de los Tribunales, creo en que las mujeres tenemos que tomarlas con nuestras propias manos, porque los violadores al final, quedan libres”, cierra Deverlagne con la mirada perdida, sentada en una de las bancas de los Tribunales de Aviñón.

La mujer que defendió a Dominique Pelicot

El despacho de Beatriz Zavarro en Marsella se encuentra ubicado en el casco histórico de la ciudad, en la Rue Sainte, a pasos del Vieux Port. El departamento consta de dos habitaciones, en la sala de espera hay un gran sofá de cuero verde. Su despacho está lleno de libros, y tiene las paredes pintadas de color rojo, igual que los lentes ópticos de marco grueso que ella siempre usa y son su sello personal. Es una mujer que no mide más de 1,55, de contextura muy delgada, con ojos grandes delineados con negro y cabello corto. Ella es la abogada defensora de Dominique Pelicot.

Beatriz Zavarro, abogada de Dominique Pelicot

Zavarro vio los cerca de 300 videos de las violaciones y agresiones sexuales encontrados por la policía en el computador de Dominique Pelicot, para poder hacer la carpeta investigativa. “Puede parecer extraño pero no sentí nada al verlos. Son violentos, en sí mismos. Para algunos, son repugnantes. Pero para mí, eran una herramienta de trabajo. Había que pasar por eso, había que verlos para entenderlo”, cuenta la abogada, que tiene más de 40 años como criminalista y defensora. “Me di cuenta de que este caso sería distinto el primer día de la audiencia, cuando llegué al tribunal, y vi a la gente que esperaba frente a las puertas, a los periodistas de Le Monde y a todos los grupos de feministas que gritaban «violador, te vemos; víctima, te creemos». No pensé que iba a generar la tormenta que generó, no lo había imaginado en absoluto”, recuerda.

Debido a la capacidad del Tribunal de Aviñón y a la cantidad de violadores y testigos, debieron dividirlos en grupos para poder realizar los juicios. Podían ser entre seis o ocho violadores por día, cada uno con su abogado defensor. “Lo que más me marcó de este proceso fue lo que comencé a llamar como el desfile de la vergüenza, cuando estos hombres pasan por el estrado, y dan su nombre, apellido, dirección y el presidente les pregunta si reconocen los hechos o si los niegan. Y ahí, veo a todos esos hombres desfilar y me digo: «Ya estamos»”, dice sin esperanza Zavarro, sentada en su despacho mientras responde llamadas y correos electrónicos.

A diferencia de lo ocurrido con Blandine Deverlagne, para Zavarro este fue el comienzo de una nueva etapa a nivel profesional. “Mañana estaré en París, en el noticiero de France Inter, porque me han invitado a participar en un debate. Muchas facultades de derecho me han pedido que comparta mi experiencia. Una escuela de abogados en Burdeos me pidió que fuera su madrina. Mi vida profesional ha cambiado. Esta misma mañana, estaba en el tribunal y un señor me llamó, me dijo «la vi en la tele, la vi en la tele» . Son pequeñas cosas como esas. Cuando voy por la calle, la gente me reconoce y siempre me trata con respeto”, dice Zavarro orgullosa.

Para ella el desafío vino de representar a Pelicot no como un monstruo, sino como una persona, un hombre que fue víctima de abuso sexual en su infancia y que vivío a lo largo de su vida situaciones de violencia sexual, que según ella, lo transformaron en el hombre que se convirtió y que lo hicieron sentirse aliviado una vez que fue descubierto por la policia ante su imposibilidad de parar. “Dominique es un hombre de 72 años, condenado a veinte años de prisión. Mi único arrepentimiento es que el Tribunal no me escuchara más, si así hubiese sido, el resultado habría sido un año menos, eso me habría alegrado”, se lamenta Zavarro, acomodando sus lentes rojos. Para ella, la violencia es producto del sistema, tanto Dominique Pelicot, como Gisèle, también son víctimas.

“No hay violadores en Mazan”

Mazan es una pequeña ciudad del sur de Francia, no tiene más de 6.000 habitantes. Está rodeada por viñedos y árboles frutales. Las calles adoquinadas del casco histórico, cerca del edificio de la alcaldía están vacías a la hora de almuerzo, de los restaurantes llenos se escuchan risas y gente conversando, el olor a carne asada y quesos llena el aire, como una postal turística del Sur de Francia. Toda esta armonía se acaba al mencionar el apellido Pelicot.

La panadería “Perlinpainpain” ubicada en la Av. de l’ Europe está por cerrar, la mujer que la atiende es su dueña. Ella es nacida y criada en Mazan, por su aspecto debe rondar los sesenta años. Al preguntarle por el caso Pelicot, su expresión amable cambia y se cierra, no quiere decir su nombre. “Llegaron periodistas de todas partes del mundo, entraban con cámaras a mi panadería, no me pedían permiso y grababan mi cara. Yo jamás vi a Gisèle Pelicot, no la conozco, nunca la vi. Los Pelicot no eran de Mazan, vienen de París, y ahora a causa de sus malas costumbres, todo el mundo conoce mi ciudad, como la ciudad de los violadores. No hay violadores en Mazan”, dice la dueña de la panadería.

La mayoría de los hombres reclutados por Dominique Pelicot para violar a Gisèle Pelicot se encontraban dentro de un radio de aproximadamente 60 kilómetros de Mazan. Casi todos provenían de la misma región. Eran hombres con todo tipo de profesiones, insertos en la sociedad: periodistas, enfermeros, bomberos, padres de familia, camioneros, etc.

Un poco más lejos está la peluquería, al preguntarle por el caso Pelicot, la peluquera cierra la puerta del negocio tras de sí. “Esa señora es muy linda, y me habría encantado arreglarle el pelo, pero no la conozco, no quiero conocerla, y no quiero que me vuelvan a preguntar por este tema. En esta ciudad no somos así, no los queremos, no queremos gente de París”, dice la peluquera, también de forma anónima.

La dueña de la confitería de la ciudad está contenta, llevaba años juntando dinero de su trabajo como enfermera para poder abrir su tienda. El olor a azúcar se siente desde afuera. “Yo soy nacida y criada en Mazan, y no quiero que me pregunten más por esto. Yo trabajé en el Hospital de Mazan, nunca la vi, no la conocí, no sé nada sobre ella, y no soy responsable por lo que le ocurrió. Su casa estaba casi en el límite saliendo de Mazán, no tienen nada que ver con nosotros”, concluye. Se rehúsa a dar su nombre.

De los 72 violadores solo 52 fueron sentenciados. Los otros no pudieron ser identificados. En el semáforo para cruzar la Av de l’ Europe en Mazan hay una mujer que va a cruzar la calle, está vestida elegante, falda larga negra, pelo rubio ondeando al viento. Hay un hombre en moto que pese a que el semáforo está en rojo, le dice que pase y le sonríe, ella le sonríe de vuelta. Él último video en que Gisèle Pelicot era violada se llamaba “El motociclista”, nunca lo pudieron identificar.

Mural: @diane_olympie_lor.
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