Mamá, sé que no me convertí en lo que creías pero te prometo que soy feliz




Salí del clóset a los 23 años, después de darme mi primer beso con una mujer en una fiesta. La verdad es que antes ni siquiera me lo había cuestionado mucho. Me acuerdo que, de hecho, una sola vez cuando chica lo pensé, luego de ver una película en la que había una escena lésbica, pero me obligué a bloquear esa sensación. Sin embargo, cuando di ese beso me di cuenta de lo bien que me hizo sentir y quedé mal. Lloré todo ese fin de semana. Tenía miedo y recuerdo que me llegaba a doler la angustia. Me preguntaba qué iba a ser de mí, si ser lesbiana me iba a cambiar, si nunca iba a poder tener una familia.

Durante esa época, me empecé a juntar mucho con un amigo de mi hermana que es gay. Y mi mamá me comentaba que iba a ser difícil encontrar pareja si salía con ellos. Yo me reía. Porque también me pasaba que una parte de mí no quería reconocer lo que estaba sintiendo. Y es que siempre me habían gustado los hombres hasta antes de ese beso. O al menos eso creí. La verdad es que estaba en un estado de negación. Incluso, después empecé a salir con la mujer de la fiesta y recién a los tres meses me atreví a que me tocara. Quería estar con ella –me gustaba mucho– pero no me atrevía a dar ese paso porque si lo hacía, significaba que esto era una realidad. Nací en los 80 y si bien ser lesbiana no era tan tabú, tampoco había una libertad como ahora. Además, creo que en cualquier contexto es difícil tener que asumirlo.

Se me pasaron dos temores por mi cabeza. Primero me cuestionaba mi identidad y cómo esto me podía cambiar. Pero por lejos lo que más me complicaba era contarle a mi mamá. Las dos siempre hemos tenido una relación increíble. Ella es súper abierta y se interesa mucho por saber de mí, no es como de esas mamás que ‘prefieren no saber’. Cuando adolescente me preguntaba si había perdido la virginidad y me dejaba súper claro que ante cualquier duda, podía contar con ella. Además, nunca sentí una restricción de su parte respecto al género. No me hablaba de cómo tenía que ser una mujer. De hecho, siempre he sido poco femenina, buena para el fútbol y para relacionarme con hombres como amigos, y mi mamá encontraba que eso era algo positivo.

Sin embargo, de alguna u otra manera, sabía que no estaba siendo lo que ella hubiese esperado y me daba pena tener que contárselo. Que esto pudiese dañar nuestra relación. Y es que me ponía límites a mí misma. Pensaba que las cosas eran blanco o negro y que no iba a ser la misma una vez que saliera del clóset. No quería que mi mamá me mirase de una manera diferente. Y es que uno se autoimpone esos prejuicios porque igual al ser homosexual sientes constantemente que eres una desilusión.

Creo que después de seis meses cuando le conté. Un día, estábamos comiendo las dos solas y me miró y preguntó cómo estaba. Yo obviamente tratando de esquivarla le respondí que estaba todo bien, igual que siempre. Pero ella me comentó que sabía que no era cierto y que la Verónica, quien trabajaba en mi casa en esa época, le había dicho que me había encontrado varias veces llorando sola. Apenas escuché eso, exploté. Me vino de esos ataques de llanto incontrolables. Mi mamá me agarró y me propuso que fuésemos a la plaza a conversar.

Cuando llegamos, nos sentamos en un banquito y volvió a hacer la misma pregunta. Sin embargo, esta vez la miré y le contesté: Ay mamá, parece que estoy enamorada de una mujer. Después de eso no me acuerdo de mucho, pero sí sé que me abrazó y me aconsejó que me dejara fluir. Que si era lo que sentía en ese momento, me permitiera sentirlo de verdad. Yo sé que se mostró fuerte por mí, pero que le había destrozado el corazón.

Efectivamente no había cumplido con sus expectativas. Y es que las de ella, eran que yo fuese feliz. Nada más que eso. Pero sabía que se me venía una vida complicada por delante. Ella lo vivió muy de cerca con un primo, quien desde chico supo que era gay, y tuvo una experiencia muy dolorosa que terminó marcándola un montón. No quería eso para mí, ni que me sintiera diferente o me tuviese que esconder para abrazar o darle un beso a mi pareja.

Para ayudarme, siempre trató de incentivar que me sintiera cómoda en la casa. Me decía que podía invitar a mis parejas y trataba de involucrarse conmigo en ese sentido. No quería que yo sintiera que porque me gustaban las mujeres mis inquietudes iban a ser censuradas. De todas formas, me costó años tener una relación seria y estable. A la primera persona que conoció fue a una finlandesa con quien pololeé durante ocho años. Estaba feliz. Me acuerdo que al día siguiente de que yo la conociera, salimos a tomarnos un helado y me dijo que la invitara. Obviamente no lo hice, pero me enterneció su iniciativa.

Ahora, después de casi 20 años, la relación que tengo con mi mamá es igual a como si yo fuese heterosexual. Muy fluida y de mucha conversación. Siento que soy una afortunada por haberla tenido a mi lado durante este proceso. Ella, además, cumplió con un rol de comunicadora que fue fundamental. La verdad es que nunca tuve que contarle a mi papá que era lesbiana –tema que también me preocupaba­– porque ella se hizo cargo. Y nunca, pero absolutamente nunca, me ha hecho sentir que la he decepcionado como hija. Soy feliz y sé que ella tiene mucho que ver en eso”.

Bárbara Rebolledo (39) es diseñadora y vive en Finlandia hace ocho años.

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