Paula

Tejiendo oportunidades: La iniciativa que impulsa la independencia de mujeres a través del tejido

Trece mujeres de La Araucanía llegaron a un taller de tejido sin imaginar que la experiencia sería completamente transformadora, no solo en sus habilidades, sino también en su vida cotidiana. Juana y Magaly son parte de ese grupo y hoy coinciden en algo esencial: tejer volvió a conectarlas con la alegría, la esperanza y la confianza en sí mismas.

Desde las comunas de Collipulli, Victoria y Ercilla, trece mujeres se reunieron gracias a un programa impulsado por CMPC, que puso en marcha un taller orientado no solo a perfeccionar saberes previos, sino también a incorporar una nueva técnica: el jacquard, un método que permite crear figuras y patrones directamente en el tejido y que exige concentración, paciencia y precisión.

Guiadas por la reconocida diseñadora de tejidos, Jandi Gardiazabal, las participantes se sumergieron en un proceso formativo que busca rescatar oficios tradicionales y, al mismo tiempo, abrir oportunidades concretas de desarrollo. El objetivo es que, a futuro, los productos que nacen de esta instancia puedan ser comercializados, cumpliendo con estándares de calidad que permitan transformar el oficio en una fuente real de autonomía económica.

Pero el impacto del taller fue mucho más profundo que las piezas terminadas. Juana Cañuta, una de las participantes, cuenta que tras las distintas sesiones se siente “como otra persona, como una mujer más contenta”. Magaly Valdebenito comparte esa percepción y lo resume así: “soy una mujer distinta, más alegre. Ahora estoy más contenta, me siento orgullosa de mí misma”.

Las sesiones del taller se realizaron de manera itinerante, recorriendo las distintas comunas donde viven las participantes. Al inicio, muchas no se conocían entre sí, pero bastó el primer encuentro para que la distancia se diluyera y comenzara a tejerse entre ellas un vínculo bien entramado, que se afirmaba puntada a puntada, igual que su trabajo con la lana.

Desde la primera sesión los palillos entraron inmediatamente en acción: mientras tejían, cada una se presentaba y compartía fragmentos de su historia. El tejido se volvió así una excusa para conversar, escucharse y encontrarse.

Aunque todas tenían conocimientos previos, ninguna había trabajado antes la técnica del jacquard. Su complejidad inicial generó nervios e inseguridades, pero con la guía constante de Jandi y el apoyo mutuo entre las participantes, las manos comenzaron a soltarse. El proceso partió con la confección de un cuello de lana y avanzó, paso a paso, hasta la elaboración de un chaleco con diseño.

Juana Cañuta vive en Collipulli y aprendió a tejer a los ocho años. Sin embargo, en los últimos años se había dedicado principalmente al telar, por lo que el jacquard también representó un desafío nuevo para ella. De esos primeros encuentros recuerda: “De repente habían algunas compañeritas que decían ‘No voy a ser capaz, parece que lo voy a dejar’. Ahí nos ayudábamos, estábamos unas con otras y decíamos, ‘tenemos que entender esto y salir adelante entre todas’”.

Magaly vive en Rucamilla, comuna de Ercilla. Encontró en el taller una oportunidad para reconstruirse y destaca cómo ese apoyo fue clave para fortalecer los lazos del grupo. “Con todas las chiquillas nos hicimos muy buenas compañeras, nos fuimos conociendo una a otra, y ahora somos un grupo muy unido”, dice con cariño.

Jandi también destaca la conexión entre personas que pueden generar espacios de este tipo. “El tejido es transversal: conecta vidas, territorios y emociones. Verlas aprender algo que parecía imposible y descubrir que pueden emprender con esto es lo más lindo de enseñar”, comenta.

Una herramienta de autonomía

Más allá del aprendizaje técnico, el taller abrió una posibilidad que muchas de las participantes no habían considerado antes: transformar este oficio en una fuente concreta de ingresos. A medida que avanzaban las sesiones, no sólo dominaban la técnica del jacquard, sino que también comenzaban a verse a sí mismas como creadoras capaces de producir piezas con valor comercial. Así, el tejido dejó de ser solo un pasatiempo o una herencia familiar para convertirse en una herramienta real de autonomía.

Jandi reconoce que para ella fue sorpresivo el efecto que tuvo esta instancia en las participantes: “Yo siempre supe que podían, pero nunca pensé que para ellas iba a ser tan significante. No tenía dudas del resultado, pero no pensé que iba a tocar tantos corazones”. Como le pasó a Juana: “Es impresionante cómo uno puede hacer tantas cosas a la vez, y eso significa que somos mujeres con fuerza, con ganas de salir adelante”, dice.

Magaly ha dedicado gran parte de su vida a trabajar en la cosecha, por lo que hoy esta oportunidad le permite pensar en un futuro distinto, donde sus confecciones puedan ser vendidas y el tejido se transforme en una alternativa real de trabajo.

Para ella y para otras participantes, el taller abrió una posibilidad que antes no estaba sobre la mesa: proyectar el oficio más allá del aprendizaje, imaginarlo como un ingreso propio y como una actividad que pueden sostener en el tiempo.

“Es algo hermoso porque nace de uno y con las propias manos de uno. Aparte, puedo ser mi propia jefa, no estar dependiendo de nadie”, cierra con una sonrisa.

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