Enrique Ahumada: “Más que vivir con dolor, siento que es un aprendizaje de controlarme y cuidarme para que el dolor no venga”




“Fue algo que me debió haber pasado hace veinte años atrás, según una especialista, sin embargo, me pasó ayudándole a mi abuelo: hice una mala fuerza y quedé con un problema en mi espalda. El dolor iba y volvía, hasta que en un momento se quedó.

Fui a un médico y me diagnosticaron con escoliosis, pero no me quedé tranquilo por el dolor que sentía. Decidí buscar otra opinión y un compañero de colegio –médico– me dio el contacto de una traumatóloga especializada en columna. Fue complicado encontrar hora, porque son especialistas super demandados. Encontré al mes siguiente, mientras el dolor se tornó insoportable.

En un comienzo, estaba concentrado en la zona lumbar y de a poco se fue extendiendo hacia la pierna. Al presionar, sentía que pasaba a llevar el nervio ciático y fue así expandiéndose de forma progresiva hasta que me agarró toda la pierna y hasta el pie.

Muchos cercanos me comentaban “se nota que te sientes mal”, porque no paraba de quejarme. Llegó a un punto en el que me molestaba hacer todo. Tuve que dejar de ir al gimnasio, no podía ni estirarme ni hacer un rato de trotadora. Simplemente no podía.

Después de todos los exámenes, entre ellos una resonancia magnética, apareció el nuevo diagnóstico: una hernia discal. La alternativa que me dio la especialista fue operar. La mejor alternativa involucraba un procedimiento con tornillos en la columna, que tiene un valor aproximado de 16 millones de pesos. A pesar de pertenecer a Fonasa –y esto reducía la operación a la mitad del valor– me significaba programar esto en un hospital público, y ahí el gran problema es la disponibilidad. Tenía que esperar un año y mi dolor estaba cada vez pronunciándose más fuerte. Opté por la segunda opción que se enfocaba en remover la hernia.

Mientras esperaba a la fecha del procedimiento, quede prácticamente en cama. No me podía mover. Probé incluso tecitos de marihuana para ver si pasaba algo porque el dolor era insoportable.

La operación se hizo y salió todo bien. Tan bien, que a los pocos meses cometí el error que me hizo darme cuenta que esto no se había ido: hice una fuerza –que no debí hacer– y volví a sentir ese dolor.

Pasaron los días y la intensidad iba creciendo, hasta que un día me levante de la cama hacia el baño y en un momento caminé por sobre un desnivel y no sé exactamente qué pasó, pero se me movió todo.

Después de eso no me podía mantener en pie. Pasé otros días en cama hasta que me inyectaron algo para el dolor en la posta y volví a consultar con la especialista: me dijo que deberían venirme al menos dos crisis fuertes al año.

Con lo que pasó, le tomé el peso a esto. Me di cuenta que tengo que cuidarme para siempre. Ya sé que no puedo hacer más fuerza que la que acostumbro en un contexto tradicional, porque si no terminó con problemas. Me pasó una vez que en un trabajo me dijeron: “oye movamos esta cosa entre varios” y lo hice porque era por la buena onda, hasta que sentí el dolor y me di cuenta que fue una pésima idea.

Más que vivir con dolor, siento que es un aprendizaje de controlarme y cuidarme para que el dolor no venga. Descubrí que me viene con el frío. Este año tuve dos episodios, pero gracias a un cinturón terapéutico que me regaló una prima, he logrado aliviar las molestias. Se puede calentar un poco en el microondas o el horno y es algo que me ayuda cuando siento que el dolor está manifestándose.

Algunas veces me molesta si paso mucho tiempo sentado o al revés, si paso mucho tiempo parado. Antes de que pasara esto era bueno para ir a conciertos. La última vez que lo hice fui a ver a Radiohead en 2018. Ahora no tengo claro si podría ir, porque no puedo estar mucho rato de pie.

Hace un tiempo se me murió uno de mis perritos. Empecé a hacer el hoyo, y entendí que no iba a poder seguir paleando porque implicaba mucha fuerza. Justo andaba un maestro dando vueltas por el barrio así que le pedí ayuda y él lo terminó.

Mi familia siempre ha estado ligada a construcción. Mi papá es jefe de obras, mi abuelo era carpintero, entonces el no poder ayudar en estas cosas, me molesta. Ya no puedo reparar goteras. Me siento dependiente. Mis padres son mayores y ‘me da lata’ no poder ayudarlos a mover cosas y tampoco a repararlas. Jugando con los perros de la casa, me di cuenta que había perdido movilidad al tirarles la pelota o correr con ellos. Ya no es lo mismo.

Al tiempo llegué a la conclusión que las cosas hay que aceptarlas. Simplemente son así. Son cosas que no puedo controlar, entonces quizás desde ahí empaticé más con las personas que tienen movilidad reducida. Subir y bajar las escaleras del metro para mí significaba un tremendo esfuerzo al comienzo de mi recuperación y muchas veces me ‘daba plancha’ a ponerme a esperar el ascensor con los adultos mayores y personas de movilidad reducida. En ese sentido, pienso que Santiago no es una buena ciudad para todos y faltan muchas cosas por hacer en este ámbito.

Decidí que en esto que se está yendo la pandemia, consultar con otro especialista para que evalúe si es necesario hacer el otro procedimiento que involucra tornillos, porque esto es algo que me ha restado movilidad y tengo que estar muy pendiente. Siento que tengo un límite y quiero tener una mejor calidad de vida”.

Enrique Ahumada, periodista, trabaja en el Departamento de Astronomía de la U. de Chile. Actualmente está con teletrabajo

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