Un año sin Martín

Foto: Marcelo Segura

El 2 de diciembre de 2017, en una portada de este suplemento sobre los millennials en el Ejército, apareció el soldado Martín Rodríguez. Justo una semana después, en un accidente al interior de un pozo de agua en Quinta de Tilcoco, el joven de 24 años perdió la vida. ¿Cómo continúa la historia después de un hecho tan inesperado como trágico?


Las sirenas de rescate comenzaron a sonar cerca de las diez de la mañana en Quinta de Tilcoco. Aquí, 40 kilómetros al sur de Rancagua, sus habitantes recién despertaban después de la primera noche de la Fiesta del Melón y la Chacra, la más importante de la zona. Era el sábado 9 de diciembre de 2017. El bombero Ignacio Riveros las escuchó. La única información que le dieron en el cuartel era que debían rescatar a una persona que estaba dentro de un pozo.

Fue uno de los últimos rescatistas en llegar al lugar del accidente. A lo lejos escuchó a una mujer llorando y su voz le pareció conocida. Era Rosa Miranda, la madre de Martín Rodríguez, su amigo de infancia. La mujer lo miró y le pidió que sacara a su hijo.

La noche anterior, Manuel Rodríguez les había pedido a sus hijos Martín y Luis que lo acompañaran a limpiar un pozo de agua. Manuel toda su vida trabajó en eso y siempre sus hijos lo acompañaban. Esta vez, el padre les había prometido que lo ganado en la jornada lo gastarían en la fiesta.

Ese sábado, Luis fue el primero en entrar al pozo. Mientras bajaba, comenzó a perder la conciencia. Tuvieron que sacarlo y lo dejaron recostado en el suelo. Unos minutos después entró Manuel, quien también empezó a desvanecerse. Martín se tiró al pozo para sacar a su papá. No pudo. El gas que había al interior hacía que perdieran la conciencia. Los bomberos debieron esperar seis horas para poder sacar los cuerpos.

La corazonada

La mañana en que comenzaron a sonar las sirenas, Rosa Miranda tuvo un presentimiento. “Sabía que ellos estaban limpiando un pozo, y en una cosa loca pensé que quizás mi nieto se había asomado y se había caído”, explica. Se puso extremadamente nerviosa.

Ella estaba trabajando en una verdulería. Las sirenas seguían y ella no podía concentrarse. Se acercó la dueña del local y en su cara creyó ver sus preocupaciones. “Empecé a gritar y le digo ‘dígame, dígame, qué me oculta’”, recuerda Rosa. Salió corriendo. Hasta que llegó a la entrada de su pasaje y se encontró con su vecina Gladys, quien estaba arriba de su auto. Rosa se subió y le pidió que la llevara a alguna parte. Entonces Gladys recibió una llamada. Se volteó hacia ella y le dijo: “Vas a necesitar mucha fuerza, Rosa”.

Su corazonada era cierta, explica la madre. Su hijo Luis estaba en el hospital. Su marido y Martín habían muerto.

Justo una semana antes del accidente, Martín había aparecido retratado en la portada de Tendencias. El reportaje ‘Millennials en el Ejército’ contaba la historia de 11 jóvenes que habían decidido ingresar a esta institución. Cada uno hablaba sobre sus orígenes, sus motivaciones y lo que habían aprendido. Martín, de 24 años, era de los más entusiasmados por aparecer en el diario.

No es lo mismo

Fotos de Martín cubren todas las murallas del living de Rosa. Es como un santuario dedicado a su hijo. “No es por darme fuerza, pero pienso que a lo mejor no era para esta Tierra y por eso se fue”, dice Rosa. “Él siempre estaba observando todo y riéndose. Era calladito”, cuenta la madre, mientras abraza a su hija menor, Isidora (8). La niña tiene los mismos ojos achinados que su hermano muerto.

Después del accidente, los hijos de Luis -Araceli y Tomás- se fueron a vivir con Rosa. Ella cree que Luis lo decidió así como una manera de escapar de lo que había vivido ese día amargo.

Hace un año que en esta casa no se ve televisión y sólo se escucha música triste. Sólo las canciones que los hacen pensar en Manuel y en Martín: “Qué más quisiera yo”, de Los Vásquez; “Dónde estará mi primavera”, de Marco Antonio Solís; y “Sólo un besito más”, de Jessie & Joy.

-Rosa, ¿cómo se reconstruye una familia después de algo así?
-No se construye más. Ya no vuelve a ser lo mismo. Mi vida ahora son mi hija y mis dos nietos. Ellos me necesitan y yo a ellos. Son el oxígeno que necesito.

Conteniendo el aliento, para mantener controlada la pena, Rosa cuenta que se creó una “mentira-verdad” para poder seguir adelante: “Veo a Martín y no pienso que se fue, pienso que está en Haití, o en Concepción, o Colombia, o Ecuador de campaña”. Esas campañas lo tenían fuera durante meses. La más larga fue en Haití: siete meses por una misión de paz.

“Es algo que no se entiende, uno no puede vivir con esa realidad, no puedo decir que mi hijo se murió. Cuando yo esté en el cajón, voy a ser la muerta más feliz porque voy a estar con mi hijo”, dice Rosa y explota en llanto.

Recuerda que la última vez que vio a Martín fue en la madrugada del día del accidente. El hijo había ido a Quinta de Tilcoco por el fin de semana a ver a su familia. Sus labores en el Ejército, como soldado de tropa profesional, lo mantenían en Santiago.

Martín era el cuarto de los cinco hijos de Rosa y Manuel. Dice ella: “Era muy mamón, se acostaba y había que llevarle cosas ricas. Él era mi bebé hasta que la menopausia me hizo una mala jugada y nació la Isidora”. Recuerda que Martín la acompañó en el parto y que desde entonces se encargó de ayudarla con la niña. “Yo lo llamaba porque iba a bañar a la Isidora y él corría del colegio a ayudarme”.

El amor

La primera vez que Martín vio a Denis (28) fue en la foto de WhatsApp de una amiga en común. De inmediato le gustó. Le pidió el número a su amiga, pero ella sólo le dio el nombre. Él la agregó a Facebook y de a poco comenzaron a hablar. Martín era todo lo que a ella no le gustaba -militar, más bajo y menor que ella-, pero terminaron enamorándose.

Denis dice hoy que lo que más le encantaba de Martín es que era “sencillo y súper amable. No veías mal en él, era un niño”.

Al poco tiempo de conocerse se fueron a vivir juntos a San Vicente de Tagua Tagua. Martín era detallista con ella. “No estaba acostumbrada a este tipo de romanticismo y me daba vergüenza al principio. Hacía demostraciones de amor delante de mucha gente, todos se enteraban”, dice ella. “Un día llegué a la casa y vi que había gente sacándose fotos frente a mi reja. Él había escrito ‘te amo’ en la entrada. Había estado toda la tarde haciéndolo para mí”.

La madre de Martín también recuerda las cosas que hacía su hijo por su polola, como dejarle flores en todo el camino a la casa. “Le decíamos que era el niño que se enloqueció de amor. Ella era todo para él”, dice Rosa.

Martín y Denis estuvieron juntos tres años y siete meses. El último tiempo lo vivieron en Rancagua. Cuando él murió, ella tenía cuatro meses de embarazo. Muy luego después del accidente, ella se enteró de que sería un niño.

“Habíamos planeado casarnos en febrero del 2018 por la Iglesia y el Civil. Me quería casar antes del parto”, dice Denis, mientras sostiene a Martín León en sus brazos. Hoy, agrega, las relaciones con la familia de Martín están tensas y no comparten mucho. Denis cuenta que hace poco los demandó para que reconocieran legalmente a Martín León como hijo de Martín.

Martín (a la izquierda) junto a su compañero Alans Delgado en la portada. | Foto: Marcelo Segura

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Perro chico

El sueño de toda la vida de Martín fue ser militar. “Miraba la Parada pegadito a la pantalla”, recuerda su madre. Dice que su familia nunca creyó que fuera a lograrlo. “Aquí no existe la corbata y la juventud se pierde en el campo; los jóvenes no salen y siempre terminan en lo mismo del papá: siendo agricultores o campesinos”.

Pero Martín estaba empecinado en romper esa regla. Por eso se retiró en primero medio del colegio y se presentó voluntariamente al servicio militar a los 17 años. Sin embargo, llegó un día tarde a la inscripción y le dijeron que volviera al año siguiente. Lo hizo, y al segundo intento fue destinado al Regimiento de Artillería Tacna, en San Bernardo. Ahí terminó segundo medio y se preparó para postular como Soldado de Tropa Profesional, que implica un trabajo de cinco años como militar. Denis cuenta que Martín quería llegar a ser comando.

Pasó las pruebas e ingresó el 2013 a la Brigada de Operaciones Especiales Lautaro, en Colina. Ahí vivía de lunes a viernes; y los fines de semana se iba a su casa con Denis en Rancagua.

Cuando estaba en su quinto año como Soldado de Tropa Profesional, postuló a la Escuela de Suboficiales. Le faltaba exactamente un mes para saber si había quedado o no, cuando se reunió con Tendencias para la entrevista de los millennials en el Ejército. Fue el 15 de noviembre de 2017.

Ese día, él y su compañero Alans Delgado hablaron sobre lo que hace un soldado, por qué eligieron ese camino y las expectativas con que entraron. En esa conversación, Martín dijo que sentía mucho orgullo de representar a la brigada en la Parada Militar. Que cada vez que terminaban de cantar y sentía los aplausos de la gente, a él se le erizaba la piel.

Su madre y su polola coinciden en que Martín siempre fue tímido y poco sociable. “Tenía pocos amigos, pero de toda la vida”, dice Rosa. Sus compañeros de pelotón lo apodaron “perro chico” porque era el más bajo y el que siempre se ofrecía para hacer los ejercicios, recuerda su sobrina Araceli.

Al día siguiente del accidente, se realizaron sus funerales junto a los de su padre. Rosa dice que sintió el calor de todo su pueblo acompañándola. Los equipos de fútbol tiraron fuegos artificiales. Su amigo Ignacio Riveros, el bombero, recuerda que fue algo distinto, que fue escoltado por su brigada y le cantaron el himno de Boinas Negras. Cubrieron su ataúd con una bandera de Chile. Y entonces se procedió a leer la carta de alumnos aceptados a la Escuela de Suboficiales.

Los nombres se leyeron en voz alta. Uno a uno. Entre ellos se escuchó el de Martín Nicolás Rodríguez Miranda.

 

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